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Dos sonetos a Marga

Amor venido

Tu nombre en mis oídos suave canta

y tu voz en mi pecho siempre suena.

Vivir unido a ti es dulce cadena,

vivir ligado a ti es vida santa.

Nunca pensé encontrar de dicha tanta

la eterna fuente que mi vida llena.

Si estoy contigo, ya nada me apena;

si estás conmigo, ya nada me espanta.

¡Cómo gozo por ti, amor venido

como viene el pájaro a la rama!

Juntos tú y yo haremos nuestro nido,

juntos tú y yo tendremos nuestra cama;

que es amargo del amor el triste olvido

y es bien todo en la vida del que ama.

Tus manos

Comenzó mi salud cuando a la aldaba

de tu puerta llegué: bendito quicio,

templo de salvación, umbral propicio

que el cuenco de tus manos me guardaba.

Tus manos que me alzaron cuando estaba

agarrado a un muñón del precipicio.

Tus manos, oh tus manos, el hospicio

donde todo mi hielo se hizo lava.

Tus manos me acogieron en sagrado,

curaron mis heridas con caricias,

borraron el dolor y el desconsuelo.

Súpete al fin el ángel enviado

a regalarme un huerto de delicias,

a guiarme en mi senda por el suelo.

Columnas en verso

Con frecuencia mis alumnos de 2º de Bachillerato comienzan su comentario de texto de la siguiente guisa: “El texto es una columna periodística. Está escrita en prosa”. Yo les repito una y otra vez que la segunda parte de esa secuencia es innecesaria por obvia, sin dejar de reconocer que hay columnistas que, por amor al verso, al juego, a la palabra, se permiten la travesura de una columna en versos de cualquier tipo. Recuerdo alguna de Ussía en versos de cabo roto, para mayor regodeo del autor y sus lectores. Juaristi es otro que derrocha talento cuando le da en su columna por la coña versada. Y en lo poco que he llegado a leer a Jaime Campmany, me pareció bastante aficionado a este pasatiempo de columnista poeta (¿o se debe guardar el sacro nombre de poeta para los divinos como Fernando de Herrera?); y se ve que en esta distracción, su hija Laura no le va en zaga. Para muestra, su columna de ayer en ABC. Aunque en esta ocasión hay más gravedad que humor, dado que lo que en esa columna hallamos es un himno, con las servidumbres y los guiños obligados a la anécdota periodística, un himno a la paz y la libertad; y en versos de romance heroico, para que no quepan dudas. Lo copio tal cual:

 

La paz como lema

POR encima de toda circunstancia, la Historia tercamente nos enseña que la paz es aquello que se implora cuando uno está vencido en una guerra. No hay nadie, mientras tenga expectativas de alzarse con el triunfo en la pelea, que pida paz o esté dispuesto a darla, a menos que el rival se le someta. En eso consistió la «pax romana», o ya la de Pisístrato en Atenas, así se fabricaron los imperios y así debe de ser la paz eterna: un campo donde sólo sopla el viento de quienes lo apaciguan por la fuerza.

Ambicionar la paz es razonable. ¿Qué español no quisiera que la ETA dejara de poner a nuestro paso todos los «accidentes» que perpetra? El anhelo es muy libre de ser puro -también se nutre el alma de quimeras-, pero los sueños son para la almohada, para el verano son las bicicletas. ¿Qué gobernante entregará sus llaves a cambio de que cese la violencia si no es porque la plaza está perdida y ha optado por el sálvese quien pueda? A Zapatero ya le pesan tanto, y tanto se arrodilla al ofrecerlas, que si un nuevo Velázquez las pintara, hiciéralas igual que las de Breda.

No es paz lo que los vascos necesitan, por más que disfrutarla merecieran, sino esa libertad que hace a los hombres garantes de su propia convivencia. Libertad de expresar un pensamiento, libertad de habitar tu propia tierra, libertad de votar o ser votado a poco que respetes unas reglas. Libertad de vivir sin que te impongan, lo que has de hacer, los buitres y las hienas, y libertad de no sumarte al ruego de una paz de temblor y miedos hecha. Hay otra paz, pero ésa no se pide en una confusión de cuatro lemas: la que no da un favor que se suplica, la que otorga una ley que se respeta.

Alatriste

Aunque Pérez-Reverte, en un pricipio, se comprometió a escribir seis novelas sobre este personaje, compruebo con alegría que el capitán sigue vivo al final de la última, la sexta, por lo que me inclino a pensar que habrá más entregas protagonizadas por tan interesante y atrayente personaje, para sustento de la envidia de algunos escritores sin éxito y para deleite de infinidad de lectores. Aunque no sólo deleite: también instrucción, que estas novelas se atienen al principio clásico de “docere delectando”; y no sólo son emocionantes, y cuesta soltar el libro antes de llegar al final, sino que son una lección de Historia de España o, sencillamente, de Historia. Está claro que su autor se documenta concienzudamente y por mil medios antes de meterse en la faena de diseñar y redactar su historia. “Concienzudamente” he escrito. Y lección para conciencias es también esta novela, Corsarios de Levante. Porque, aunque está claro que cada uno de nosotros manifestamos ante los demás cada día cómo somos, en las acciones más nimias, en las frases más simples o más breves, es nuestro comportamiento ante las grandes dificultades y ante la muerte lo que exterioriza nuestra talla humana, nuestra valía personal o individual. La lectura de esta novela puede ser una ocasión para que pensemos en estar prevenidos; porque esas dificultades graves o extremas, ese ver de cerca el rostro de la muerte, puede llegar a cualquiera en cualquier momento; y no está bien que en ese trance se nos dibuje ante los demás un gesto de papanatas asombrado, airado o asustado: como si los graves daños sólo pudieran ocurrirles a los otros. Para decirlo con las palabras de Íñigo, el narrador: “Sólo los regalados, los cómodos, los menguados que viven de espaldas a la realidad de la existencia, se rebelan contra el precio que tarde o temprano todos pagan”. Como lo estaban pagando él y sus compañeros en el combate de cabo Negro.