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La paz de la oración

De aquel tiempo en que fui seminarista

pocas cosas añoro. Algunas las recuerdo con pavor:

el frío de los cuartos en invierno,

el potaje impotable de habichuelas,

los sermones sin fin del legionario

reconvertido en padre espiritual.

Alguna evocación hay, sin embargo,

que mantiene vigente su atractivo

o que tal vez lo aumenta según pasan los años:

los ratos que pasaba en la capilla

recluso y en silencio; cuando el ruido del mundo se apagaba,

incluidas las voces de los curas.

Entonces yo charlaba muy amigablemente

Con el dios que en mí mismo se alojaba

y se sigue alojando.

¡Qué paz me deparaba su palabra! La paz de la oración…

Todavía después de tantos años,

recluido en mi estudio algunas madrugadas,

me quedo quieto, ajeno a cuanto me rodea;

y ese dios ermitaño que en mí tiene su gruta

se asoma al exterior;

y aunque está cada vez más taciturno,

me saluda y me habla. Si me ve decaído

afirma que no soy tan miserable

como a veces me siento;

e insiste en que este mundo es muy hermoso

a pesar de la mugre.

Y concluye aceptando que él tampoco es joven,

que ya le va pesando lo vivido;

mas no por eso añora la mocedad lejana

de aquel tiempo en que fue seminarista.

Septiembre de 2006

Día santo

Leer una novela de aventuras,

tender en la terraza la colada,

sufrir el frío, disfrutar del sol.

Almorzar en familia, ricamente;

visitar a mi madre, a mis sobrinos;

recordar a mi padre, fallecido

hace veintitrés años, en abril.

Conversar por teléfono con Clara,

mi estudiante en Escocia.

Beber con los amigos en el bar,

hablar de tonterías, de cuando éramos jóvenes,

de lo bien que vivimos, si Dios quiere.

Y, antes de dormirme,

escribir estos versos, donde conste

que sí que dan de sí los días santos

en el hermoso abril.