Así: cansado, me he ido a la cama; y como no me dormía, y como temía despertar a mi señora con mis vueltas y revueltas, me he levantado y aquí estoy, garabateando estas líneas mientras oigo la lluvia. La lluvia… Después de la risa de un niño, nada más agradable al oído que la lluvia.
Estoy cansado porque soy maestrillo, y hemos entrado en el último tercio del mes de mayo: mucho curso a la espalda… Sé que no nos cansamos por igual los de mi oficio; pero yo no recelo de los que se cansan menos. Y creo que tampoco los envidio. Cada cual su vida. A mí la mía me dice que, si el sueldo es sagrado, serlo ha parmente el trabajo. Y ya está.
Estoy cansado también porque mi cuerpo ya no me responde igual que hace unos años, o unas décadas: he entrado en la prejubilación. Este curso he tenido, por ser mayor de 55 años, derecho a una reducción de dos horas lectivas (es decir, de estar en clase con los alumnos), que me han sido conmutadas por dos horas de Biblioteca. Claro que, como en nuestra Biblioteca no ha habido otros profesores responsables ni de guardia en el último lustro, o en la última década, el trabajo que en tal Templo del Saber se ha acumulado sobrepasa con mucho lo que yo he podido hacer en mis dos horas prejubilares; incluso en mis dos horas más una, en la que no he sido Profesor de Apoyo Flojo, sino también Bibliotecario.
En fin, que estoy cansado, insisto. Pero no quiero cansar a mis lectores (a ese puñado de miles de lectores que abre este blog). Por eso ya termino. Acabo aquí, copiando un poemilla que escribí hace justo un par de años; cortito, de ocho versos. Lo escribí cierto día que, al igual que esta noche, me sentía
Cansado
Aunque es verdad que a veces me empecino
al optar por el llano o por el monte,
hoy nada le discuto a mi destino
y dejo que él decida mi horizonte.
Pídole, sí, que de este andar cansino
no me saque ya más, hasta que afronte
el sitio que me tiene señalado.
No por miedo sin prisa: por cansado.
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