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Oración (¡Oh ración!)

Ayúdanos, Señor, en los trabajos

o nos convertiremos en despojos

que serán las delicias de los grajos:

seremos esqueletos entre abrojos.

 

Condúcenos, Señor, por tus atajos.

Al enemigo quiébrale los ojos

y a nosotros machácanos los ajos

para el gazpacho, y los tomates rojos.

 

Con tu ira, Señor, no nos aflijas.

No nos falten cazuelas con almejas,

calamares y otras sabandijas.

 

Al enemigo, quiébrale las cejas,

no des prole a sus hijos ni a sus hijas,

y danos a nosotros sus ovejas. Amén.

El último

El último poema salido de mi pluma,

tan malísimo es que he decidido

adjudicarlo a ese poetastro granadino

que jamás ganó un premio;

y que no ha publicado

ni en la pescadería de su pueblo;

aunque últimamente tiene un blog

donde cuelga sus bodrios con mi nombre.

 

Veni, Creator Spiritus

Si los lingüistas tuviéramos un patrón religioso (me asaltan dudas: ¿acaso no lo tenemos?, ¿acaso yo soy un lingüista?), éste debería ser el Espíritu Santo, que, con la llama simbólica sobre sus cabezas, infundió a los apóstoles el don de lenguas. Esto ocurrió en Pentecostés, o sea, cincuenta días después de Pascua de Resurrección, es decir, en una fecha próxima a ésta en la que escribo.

Un magnífico don, éste “de lenguas”: ¡quién lo pillara!… Saber todos los idiomas del mundo sin estudiarlos, poder entenderse con cualquier persona del planeta Tierra con toda naturalidad y sin esfuerzo alguno… Aunque, ¿quién sabe? Tal vez el Espíritu Santo anda ya preparando ese regalo para los humanos del futuro; por una vía más sencilla: la de que todos los humanos usen el mismo idioma. ¿Un empobrecimiento de la especie? Yo no lo creo. Tampoco lo creía Juan Ramón Lodares (acerca de éste, fallecido hace dos años en accidente de tráfico, no tengo ninguna duda de que era un lingüista ‘conplido’), quien en su libro Gente de Cervantes (Taurus, 2001) escribía lo siguiente:

“A finales del siglo XV la población suramericana se repartía unos dos mil idiomas. Cinco siglos después, todo el continente puede recorrerse en tres lenguas: inglés, español y portugués (añada la lengua francesa si visita Québec) para un número de habitantes treinta veces mayor. Se calcula que, en los próximos siglos, la convergencia lingüística habrá sido tan severa que desaparecerán nueve de cada diez lenguas vigentes. Hay quienes ven en ello un presagio pesimista. Pero puede igualmente verse de otra forma: el curso de los acontecimientos juega a favor de aquellos rasgos que nos unen, entre ellos los idiomáticos. Nos entenderemos con menos trabas.”

Y si los humanos nos entendemos con menos trabas, a lo mejor también nos peleamos menos, nos matamos menos entre nosotros, nos ayudamos más unos a otros.

Actualmente estamos empleando, entre todos, unos 3600 idiomas. Pero sólo 120 de esos idiomas son lengua oficial de algún Estado. ¿No es evidente, dentro de los Estados, la tendencia a reducir las trabas en la comunicación? Por supuesto, cualquier imposición de un idioma por la fuerza, cualquier coacción para que alguien hable en una lengua y no en otra, debe ser considerada delictiva. Esto tiene que ser un proceso basado en la tendencia natural a comunicarse con los semejantes, no un proyecto político dictatorial.

Y para terminar mi apunte de hoy: ¿Han caído ustedes en la cuenta de que el latín sigue siendo idioma oficial en un Estado? Claro: en el Vaticano.  Pues con el comienzo de la letra del himno-oración, en latín, al Espíritu Santo, que yo tantas veces canté rutinariamente en mis años de seminarista (quizá por eso el Paráclito no ha querido hacer de mí un lingüista indudable), acabo:

Veni, Creator Spiritus,

mentes tuorum visita,

imple superna gratia

quae tu creasti pectora.