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Himnosis

España padece una enfermedad llamada himnosis. Probablemente no la más grave de las que padece, y seguramente la más fácilmente curable; pero, en fin, una enfermedad de la que hay que sacarla.

Nuestra querida España viene sufriendo molestias y trastornos originados en su himno desde hace mucho tiempo. Eran trastornos, por lo tanto, crónicos. Pero ahora la dolencia se ha agravado: la inflamación de origen infeccioso ha llegado a un extremo de imposible recuperación. Sólo cabe la extirpación del órgano dañado y el consiguiente trasplante.

Han sonado y sonando siguen muy autorizadas voces que expresan una opinión menos rotunda: a España el himno se le cura si se le cambia la letra… ¡Paños calientes, alivio hoy y gravedad mañana! Ya la letra de Pemán lo dejó muy tocado: era una letra de derechas (aunque, en aquella escuela unitaria que esté en gloria, ni éste que suscribe ni ninguno de sus compañeros articulara de tal letra una letra a derechas): porque Pemán era de derechas y amigo de Franco y de los prebostes del franquismo. Pero, a estas alturas, cambiar la letra sería una solución ilusoria. Ayer leíamos en el periódico ABC una letra que podría, aparentemente, sustituir a la de Pemán. Está escrita, en colaboración, por cuatro poetas, a dos de los cuales un servidor admira sin ambages: Jon Juaristi y Luis Alberto de Cuenca (de los otros dos no sé nada). Es, lo digo con toda seriedad, una preciosidad de letra. La copio aquí:

HIMNO NACIONAL

Canta, España,

Y al viento de los pueblos lanza tu cantar:

Hora es de recordar

Que alas de lino

Te abrieron camino

De un confín al otro del inmenso mar.

Patria mía

Que guardas la alegría de la antigua edad:

Florezca en tu heredad,

Al sol de Europa

Alzada la copa,

El árbol sagrado de la Libertad.

Pero Juaristi y Cuenca fueron altos cargos en el gobierno de Aznar (¡Aznar: ese hombre…!), y acometieron la tarea de la creación de tal letra a propuesta del mismísimo. ¡Y además…!, como la música es la misma, los poetas que escriben la nueva letra no tienen más remedio que usar, para el corte de la tela, el patrón existente: el patrón de Pemán.

O sea, que es tarde para el cambio sólo de la letra: sería como apañar con legrado y recubrimiento de membrana ortopédica lo que no tiene otro arreglo que la entera extracción.

¡Fuera himno! España es un país superpoblado de jóvenes poetas y de jóvenes músicos. Músicos que saben más de música que los serafines celestiales; que lo mismo interpretan a Bach a la zambomba que componen un bolero sin rabel. Poetas laureados o laureables, tan precoces que echaban babas endecasílabas cuando eran bebés. Tiremos el órgano infectado, canceroso, a la basura; y saquemos a concurso el nuevo himno de la madre patria, o de la padre matria, para emplear un lenguaje políticamente impoluto. Surgirán enormidad de candidatos, que darán patriótico o matriótico trabajo a los miembros del jurado que tendrá que elegir: un jurado amplio, tribal, un tribunal popular representativo de todos los gustos y tendencias, en el que haya políticos, panaderos, estudiantes, jubilados, pintores de brocha gorda…

Y todos lo volveremos a cantar con la debida unción, cuando suene en cualquier solemnidad su melodía. Los maestros comentarán su letra ante los alumnos; los profesores de música enseñarán solfeo con sus notas. Lo cantará el jardinero cuando florezcan las hortensias, el ciclista que se hace el amo de la pista…

No hay otras soluciones: o una España gangrenada por su himno enfermo; o una España sin himno, deshispanizada, desespañolizada; o una España de himno nuevo y vida nueva, una España rehimnotizada y resoldomizada. Ya me dirán ustedes.

Sin tocar el suelo

En mi última caminata sabatina, por los parajes del río Dílar, llegó de pronto a mis oídos, con extraordinaria nitidez, el golpeteo de cascos de caballos. Y pude verlos: muy pequeños por la distancia a la que se encontraban, en la otra vertiente del profundo y ancho valle. No eran más de tres o cuatro… Se me ocurrió intentar imaginarme lo que sería el estruendo producido por una carga de caballería: mil caballos al galope montados por mil demonios de la guerra, que empezaban a aullar cuando olían la sangre del enemigo.

Siempre me han gustado las películas con caballos, que generalmente son también películas de amplios paisajes, de vida al aire libre. Las películas del oeste americano son las que más hemos visto casi todos los de mi generación; pero no menos nos han gustado, cuando han sido buenas, las películas de caballeros europeos anteriores a las armas de fuego, cuyo aborrecimiento tan encarecidamente manifestó el caballero don Quijote en su discurso de las armas y las letras. Porque no sólo son atractivos los caballos en el cine: también en la literatura. No sólo por los caballeros, seguramente también por los caballos tuvieron tantos aficionados las novelas de caballería del siglo XVI, cuya serie se cierra y se culmina con la de Cervantes; quien, como ha hecho notar algún crítico de las últimas décadas, fue un voraz lector del género; de modo que su novela, si es una parodia de los amadises, los palmerines y los olivantes, también es un melancólico homenaje de todos ellos.

¿Y qué me dicen de los libros en que el protagonista es el gaucho de la pampa? Ese don Segundo Sombra con su tropilla que es como su casa, o el mismísimo Martín Fierro…

El caballo es sin duda el animal más hermoso de la Creación, el regalo de Poseidón a los atenienses, pueblo que, precisamente por ser mucho más marítimo que terrestre, antepuso el regalo de Atenea, el olivo.

Muy pocas veces he montado a caballo… La primera de ellas, cuando tenía no más de ocho o nueve años. Lo recuerdo muy bien por la impresión tan fuerte que me produjo; y porque fue el día en que gané mi primer jornal como trillero. Mi tocayo Antonio, el gañán de Enrique Gómez (uno de los ricos del pueblo), me alzó en volandas y me colocó sobre el lomo en pelo de Babieca (nombre, como todo el mundo sabe, de ilustre abolengo), una yegua percherona como un transatlántico encaramado en cuatro torres, que formaba yunta con un mulo blanco tan enorme como ella. ¡Y hala!, ¡a romper parva!, a deshacer los haces del cereal con el pataleo potente de las bestias, hasta dejar la parva en condiciones de meter la trilla.

No creo que vuelva a montar a caballo en lo que me quede de vida. Entre otras razones, porque ya me voy acercando a esa edad en la que no me aceptarían como alumno en la escuela de hípica. Pero me sigue atrayendo con fuerza la bella estampa del animal más noble, solo o con un jinete que lo sepa tratar con el tacto, la lealtad y el cariño que se merece ese quizá inmerecido regalo del dios del mar a los humanos.

El gazpacho en la era

Estábamos en la era, ocupados en las tareas de la parva: mi padre, mi tío Santiago, mis hermanos… En la sombra del granado cercano estaba colgada la damajuana del agua, forrada de pleita. En los alrededores los pollos picoteaban. Se trabajaba desde las primeras luces del alba, de modo que, cuando apretaba el calor en las horas cenitales, el cuerpo nos pedía un descanso. “La hora del Ángelus”, decía mi tío sin pensar para nada en el rezo de la oración. No sé si para él tendría algún sentido religioso la operación que seguía: los prolegómenos del gazpacho. En la glorieta formada por un grupo de olivos grandes nos juntábamos para colaborar en aquel sabroso menester: pelar el pepino, picar el tomate, migar el pan. Con frecuencia acudían amigos: los que no tenían parva, o salud, o edad para trabajarla, los que vivían en un mundo de inocencia, más allá de las agrias obligaciones del trabajo, y se sostenían al arrimo de vecinos y familiares. Ciertamente era un rito aquel frugal almuerzo de cuchara –¡malo para quien no tuviera la suya en la mano!–; rito también por lo mucho que nos reíamos. Desaparecía misteriosamente la cuchara del Antoñico, que ya andaba enredado en los vericuetos de la demencia senil. Y el tío Santiago decía solemne: «Antoñico no quiere gazpacho.» «Sí quiere», respondía Antoñico compungido. «Antoñico no quiere gazpacho», repetía, como si no lo oyera, el tío Santiago, provocando varias veces idéntica respuesta, cada vez más vehemente y desolada. Hasta que Antoñico soltaba su «sí quiere» precedido de una contundente blasfemia. Entonces estallaban las risas, y aparecía, con idéntico misterio, la cuchara del Antoñico. Y ya todo era paz y todo era concordia en torno de aquella fuente, a la que acudían diligentes las cucharas de todos. Y los ruidos y las voces del parco refrigerio  formaban como una isla, rodeada por la monodia cansina de las chicharras.