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Loca dilecta

“A mí no me gusta ir a ninguna parte”, le oía decir recientemente a cierto familiar. Pero no creo que responda este pariente mío a la tendencia general, en los tiempos que corren. La inmensa mayoría desea tener cada año (si es posible, en agosto, “como todo el mundo”) unas vacaciones que transcurran, cuanto más lejos de su casa, mejor; y luego tener fotos y vídeos  que enseñar a los amigos, y experiencias envidiables que contar a los vecinos y a los compañeros de trabajo.

Sin embargo, sin ser yo psicólogo, me atrevo a decir que lo más sano en esta materia es similar a lo sano en otros aspectos de la vida en que la afectividad está fuertemente implicada: el amor, la amistad, la profesión, la religión… La juventud es una etapa de experimentación y de búsqueda, de probar experiencias nuevas, de tantear cuál puede ser el puesto de trabajo en el que encajamos como la pieza correspondiente en un engranaje. Durante ese tiempo va actuando nuestra capacidad de selección, vamos viendo los paisajes y paisanajes que “nos van” y los que no; se van arraigando en nuestro mundo íntimo personas, actividades, sitios que, si llegan a faltarnos, nos sentiremos mutilados.

Quiero decir, por tanto, que, para los treinta años de edad, lo ordinario es que los humanos hayamos encontrado a la persona, frecuentemente del otro sexo, con la que queremos compartir la vida, constituir una familia. Y también que hayamos descubierto ese lugar o lugares que parecen atraernos como un imán, y a los que volvemos en cuanto tenemos ocasión. Y viajar cada año a un país distinto una vez rebasada la juventud, más me parece señal de fracaso que de éxito.

Naturalmente, estoy hablando de aficiones y de gustos: ideas muy diferentes deben regirnos cuando la necesidad nos impone unos desplazamientos o unas determinadas relaciones. En estos casos, “para el hombre magnánimo todo el mundo es patria”, escribió el padre Feijoo. Pero en lo que son nuestros anclajes afectivos en el mundo, nada más gozoso que limitar voluntariamente nuestra libertad: “mi pequeña libertad”, llamaba Richard Harris a la guapa india de la que se enamoró en Un hombre llamado caballo.

Es decir, buscamos hasta que encontramos: sea lugar, sea señora o señor, sea profesión o dedicación, sea todo ello a la vez, como fue el caso de San Agustín; actitud que el santo formuló muy bien en aquella famosa exclamación: “Nos hiciste, Señor, para ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti”.

El milagro de Rosillo

Sábado. Después del desayuno y el aseo, un rato de lectura. Una revista literaria: Clarín. Comienzo leyendo muy por encima, con muy poco interés, un artículo sobre el poeta catalán Joan Brossa. Le sigue un artículo de Eloy Sánchez Rosillo titulado “Los toros y el milagro del arte”, tres páginas preciosas. Tanto, que dejo de leer y me pongo a escribir esta nota.

De la poesía completa de Sánchez Rosillo, sacaría yo una antología personal de la que quisiera sentirme siempre acompañado. El poema más reciente que de él leí apareció en El Cultural de El Mundo, el 9 de noviembre de 2006, en un homenaje a Caballero Bonald. Como tiene una estrecha relación temática con el artículo de hoy, lo he recordado enseguida. El milagro de Rosillo es el milagro de la creación artística, que se produce (¡ay!, sólo de vez en cuando) tanto en la creación literaria como en el toreo. Y para no ponerme pedante con estúpidos análisis (“el poema despliega su propio comentario / y lo demás es ruido”, Jon Juaristi), me limito ahora a copiar “Una palabra y otra”, y un párrafo completo del artículo, ya digo, precioso, poético o, mejor, milagroso, de “Los toros y el milagro del arte”:

Una palabra y otra
Para J. M. Caballero Bonald

Qué poder tan inmenso y qué sencillo
le resulta ejercerlo a aquel que lo posee.
Ni el más grande monarca pudo nunca
decidir de manera semejante.
Ilusión y deseo, papel, pluma,
y decir poco a poco lo que ahora está ocurriendo,
lo que tus ojos ven, lo que piensas o sueñas,
tu verdad de este día. Y nada más.
Así se hará el poema, si la buena fortuna
te acompaña y decide que de un hombre
brote una luz tan alta y verdadera,
tan pura y para siempre. Es increíble.
Una palabra y otra, y una música
pequeña y suficiente. Y va surgiendo
delante de tus ojos, de tu asombro,
una tarde con sol, un pájaro, la lluvia,
la luna, una muchacha, la hierba, el mar, la nieve.
En el camino hay mucha incertidumbre,
pasos titubeantes que no saben
si se aproximan al lugar del canto
o si de allí se alejan de forma irremediable;
la vida en vilo hasta que todo acaba.
Después ya sólo queda la alegría
y un corazón con mucha gratitud.
                Eloy Sánchez Rosillo

 

Se dice con frecuencia que el toreo es en esencia la lucha de la inteligencia contra la fuerza bruta. A mi entender, nada más lejos de la realidad. El auténtico toreo no tiene nada que ver con una lucha, y menos aún con un fútil contender de la inteligencia sin más contra la fuerza bruta monda y lironda. Una pugna de esas características se daba en el combate entre el gladiador y la fiera de los circos romanos, y se produce también en lo que antes he llamado la simple lidia de un toro. Pero en el toreo más hondo y verdadero lo que sucede es una transfiguración, un hecho que pasa de un estado intrascendente de la realidad a otro más intenso, más alto y por completo lleno de inusitada luz. Ese estado genuino y puro de lo real es el espacio del milagro, del milagro ineludible sin el que como ya he dicho no puede haber ninguna forma de arte. El auténtico toreo, pues, es un asunto del espíritu, como Juan Belmonte decía. No se torea con los brazos, con las piernas o con la mente: se torea con todo el ser, afinado en ese trance hasta su ápice por el espíritu y por él gobernado. Y no se produce allí ninguna lucha; hay encuentro y colaboración de un hombre habitado por la fuerza y la gracia del espíritu con un toro lleno de instinto y de conocimiento (de conocimiento no de hombre, claro está, sino de toro, de toro bravo y noble, que es precisamente lo que en esos momentos se requiere). Y tal prodigioso encuentro, pleno de emoción, de recogimiento y de intimidad, no se produce en soledad, como es habitual en el trabajo del artista; por el contrario, ocurre increíblemente ante los ojos de miles de personas. El torero y el toro, transfigurados, crean a la vista de todos, en el corazón de la luz, una fugacísima eternidad, una certeza palpitante que en seguida se desvanece, dejando todavía unos momentos en el aire de la tarde una rara vibración, una delicadísima fragancia.

Eloy Sánchez Rosillo.

Tapones

Hasta ayer me he sentido preocupado por la rapidez con que este año han transcurrido mis vacaciones. He querido consolarme pensando que el tiempo que pasamos bien es el que más deprisa se desliza, pero no me he consolado; sino que le he dado vueltas al tema de mi edad, de mi avanzada edad: estoy entrando en la vejez, en la cual el tiempo, primero se acelera y luego se precipita; y a veces, en medio de ese vértigo, nos deja atrapados en un bucle, que puede ser un martes, como le ocurrió a Úrsula Iguarán, o el día de nuestra primera comunión, o la fiesta de la Patrona de nuestro pueblo. Y en él quedamos hasta que la Piadosa Muerte nos rescata.

Hasta ayer. Porque ayer recordé, en medio de este brocinal de olvidos por el que avanzo últimamente, que durante el último trimestre del curso andaba aquejado de una sordera rumorosa que era como vivir en medio de la bruma, como tocarlo todo con manoplas, como comer sin sal. Me fui medio habituando a esa penosa situación, y transcurrían los días, y no tuve cita médica hasta el 2 de agosto. Me presenté en la clínica con el temor de llegar cuando ya la habían cerrado para un mes: porque cierto familiar me había dicho que cierto empleado de la clínica había asegurado que la cerraban en agosto. Pero no hubo tal: me presenté con media hora de antelación y enseguida me pasaron a la consulta del otorrino, que, asistido por una señora (ambos sin la típica bata de sanitarios), en dos minutos, incruenta e indoloramente, me dejó los oídos como nuevos. Y me fui para la calle, a disfrutar del hermoso estruendo urbano de agosto, que es un estruendo mucho más grato que el del resto del año en las ciudades alejadas del mar. ¡Qué delicia volver a percibir con claridad los ruidos y las palabras! Distinguir, en la moto destartalada que nos rebasa por la estrecha callejuela, el berrido que le sale por el tubo de escape, de la queja polifónica que emite por las distintas coyunturas de su ensamblaje. Oír en el pequeño parque el agudo silbido de las golondrinas que andan a la caza del mosquito, y oírlo con la misma nitidez con que antaño nos llegaba el de aquellas golondrinas de nuestros veranos infantiles, en las Eras Altas de Gójar.

Para celebrar mi cura, tiré para la librería y me compré la última de Luis Landero; y, para postre, los tres gruesos volúmenes de La novela de un literato, de Rafael Cansinos Assens. ¡Y qué alegría leer con el oído a punto! ¿Quién ha dicho que no hace falta el oído para la lectura mental? Pues claro que hace falta, no sólo para esa lectura que se está poniendo de moda entre amigos y colegas, que prefieren leer caminando; mejor dicho, que les lean; y pasean con el MP3 en la cintura y el “pinganillo” en la oreja.

Y qué delicia ahora leer la novela de Landero (lean a Landero: es un pedazo de clásico, íntegramente un clásico quiero decir); y qué frescura la prosa de las memorias de Cansinos, aunque habla de hechos y de gentes de hace un siglo, aunque su autor la escribió hace medio siglo: fresca como una ensalada recién hecha, con todos sus aliños y su sal.

Queridos amigos, ya sé por qué este año han sido tan cortas mis vacaciones de maestro: hasta el día 2 de agosto he tenido tapones en mis setecientos sentidos.