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Valle

Hace casi tres lustros. Andaba yo por los cuarenta y pocos. Ella era un encanto de alumna: de las que uno quisiera tener al menos una en cada grupo. En cierta ocasión me preguntó alguna duda al final de una clase. Y al terminar mi explicación siguió mirándome, indagatoria y concentrada. Y como conclusión me soltó: “¡Hay que ver lo que se parece usted a mi abuelo!”.

Algún otro día me habló, posteriormente, de su abuelo (mucho mayor que yo); de cómo, en los malos tiempos que había vivido trabajando en los campos y montes de esta comarca, había aprendido, autodidacta, a leer y escribir; de que leía mucho; de que estaba escribiendo un libro sobre su pueblo, una especie de memorias. Algún libro de los clásicos, recuerdo, le dejé prestado para su abuelo…

Pasaron algunos años. Ella acabó sus estudios de Enseñanza Media. Creo que comenzó la carrera de Derecho. Algún día la vi trabajando de cajera en un supermercado… Y otro día, se presentó en el instituto a traerme… ¡el libro de su abuelo!

Cuando pude leerlo, me pareció maravilloso. Se lo hice saber al anciano en una carta; y me contestó con otra emocionada y emocionante. Yo guardo esa carta. Pero aún no es tiempo de releerla, ni de releer el libro que la motivó. Esperaré, todavía, algunos años.

De la nieta no sé nada. Ojalá haya conseguido todo lo que, por buena, merecía. Desde aquí le mando un beso.

Hoy

No por Antonio sino por

ÁNGEL GONZÁLEZ

Todo lo que yo tengo de animal,

de vertebrado,

de mamífero,

hoy se adueña de mí con descaro exultante.

Hoy no tengo razón, y estoy contento.

¿De qué me serviría,

salvo para evaluar ciertas catástrofes?

No pienso, luego existo

aunque sea a duras penas, malamente.

Soy esto

–dice o casi relincha, desafiante, mi cuerpo—

y nada más que esto:

cuadrumano o solípedo

y poca cosa más: sedentario, nocturno.

Si me quedara ánimo trotaría por los campos

como un caballo joven bajo la luna llena.

Pero no tengo fuerzas;

igual que un elefante centenario

–vertebrado, mamífero—

me voy por una senda sin regreso.

Nada grave. Poemas recientes.

Revista Litoral, nº 233. Málaga, 2002.

[Hoy no ha muerto el poeta Ángel González]

¡Ni un céntimo!

Querido lector de Certe patet: no sigas buscando en esta web un número de cuenta bancaria al que mandarme un donativo. Porque no lo encontrarás.

Es verdad que los artistas se mantienen (o esperan, o aspiran a…) con las aportaciones pecuniariarias de los accedentes a sus obras. Es verdad. Pero yo no soy un artista. Sólo soy un modesto funcionario de la JA (no de la ja-ja-ja: ¡de la JA!) que vive, con su familia, de su parco sueldo. Al que la JA le permite alguna distracción no remunerada en el llamado “tiempo libre”, pero de ninguna manera actividadades que conlleven percepción de emolumentos que pondrían en entredicho la dedicación laboral exclusiva al servicio de la JA.

Además, querido lector de Certe patet, te voy a confesar un secreto. Yo no escribo nada. Sólo soy amanuense. Es decir, cuando menos lo espero, a cualquier hora del día, de la noche o del crepúsculo, oigo una voz que me dice (como Yahveh a Jeremías): “He aquí que pongo mis palabras en tu boca”. Claro que no es Yahveh quien me dicta; es una musa menor que en su vida ha pisado ni el Reino de los Cielos ni el Olimpo ni el Parnaso. Habita en un monte entre el mar y esta ciudad, donde el conejo pasta entre las vacas, donde el hurón se alimenta del conejo, y donde el buitre siempre sobrevuela. No sé cómo se llama esta musa que me musita al oído, pero yo la llamo Tina, acortamiento de Certepatina. Si os agradan, agradeced a ella estos escritos. Pero, ¡por favor!, no penséis más en mandarme dinero; por favor.