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Leer o ser leído, leer o escuchar, leer cómo y dónde

  1. Quien es aficionado a leer termina sucumbiendo ante la tentación de escribir. Cuando se es muy joven, a ese lector convertido, al menos parcialmente, en autor, le puede bastar con saber que ha escrito algo que no merece ser inmediatamente quemado, que merece ser conservado en un cajón, en espera de un lector o en espera del veredicto del tiempo. El joven que, nada más comenzar a escribir, se pirra por encontrar editor, está manifestando un deseo más intenso de vivir como escritor, de vivir de la escritura: no está manifestando, obviamente, escribir mejor.
  2. Tengo amigos aficionados a las largas caminatas y amigos que dedican su tiempo de ocio a cultivar su propia viña; amigos que se han ido aficionando a escuchar libros mientras están en su faena. Se han vuelto oyentes, al estilo de cómo lo era  la mayoría de la gente antes de que se extendiera la alfabetización. Oyentes como aquellos a los que dirigía Gonzalo de Berceo sus alejandrinos: “Amigos e vasallos de Dios Omnipotent, / si vos me escuchássdes por vuestro consiment, / querríavos contar un buen aveniment”. U oyentes entre los que Juan Palomeque se incluía en estos términos: “Porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno de estos libros en las manos, y rodeámonos de él más de treinta y estamos escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas”.
  3. Las librerías están desapareciendo de las pequeñas ciudades. El lector que gusta de seleccionar, el libro que va a leer, en un moroso ojeo/hojeo en esa librería donde lo dejan deambular y mirar y hojear, cada vez tiene menos de estos espacios a su alcance. Y tal vez ese lector pasa más tiempo leyendo los productos que la Red le ofrece: periódicos, blogs, libros, enciclopedias, diccionarios…
  4. También suele ocurrir que los lectores de más edad van siendo progresivamente menos curiosos de las novedades editoriales, y suelen contentarse más volviendo a lo ya leído… Hace por lo menos veinte años que G. García Márquez confesaba en alguna entrevista que él ya leía pocos libros nuevos, y en cambio releía mucho las obras ya leídas, las que habían pasado la prueba de su gusto o de su admiración. Aunque yo creo que las personas mayores, en la medida en que se cansan más leyendo, prefieren, mientras pasean sin auriculares o mientras dormitan, leer los pasajes que el tiempo ha ido grabando en sus mentes y en sus almas, prefieren leer el libro que llevan dentro, o el libro que ellos mismos son.

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