• Páginas

  • Archivos

  • abril 2008
    L M X J V S D
     123456
    78910111213
    14151617181920
    21222324252627
    282930  

La castra

Psicosociólogos como Erich Fromm nos enseñaron –a algunos con deplorable retraso—que una madre excesivamente protectora es una madre castradora.

El joven que ha de iniciar el vuelo de la vida independiente, a poco sensato que sea, percibe los riesgos, el sufrimiento que acecha; pero comprende igualmente que no hay otra salida que la salida del hogar paterno si se quiere vivir de verdad.

Estoy hablando de los años setenta, de mi generación, de una “generación bisagra” que entre los dieciséis y los veintiséis años experimentó el giro de ciento ochenta grados que fue pasar del Nacional Catolicismo al Ateísmo y al Comunismo. Luego vinieron otras decepciones…

Ahora vemos que la generación siguiente no sólo está encantada de tener una hipermadre y un superpadre, sino que se siente felicísima con tener un Mega Estado, un Estado Matriarca que los proteja de ser ellos mismos. ¡Qué costra!

La diosa Fortuna

En la Antigüedad se la representaba dueña del cuerno de la abundancia y ciega… Era la diosa del reparto fortuito de bienes y desgracias.

En el siglo XV, en Castilla, estuvo especialmente activa en sus vaivenes, y se convirtió en tema permanente, en tópico, de los poetas cultos. Así, Santillana escribe su diálogo del sabio Bías contra Fortuna. El sabio no teme a la diosa; pero

Grandes son los tus poderes

contra quien non ha saber.

Juan de Mena le rinde homenaje y le manifiesta su odio en el Laberinto:

Así fluctuosa Fortuna aborrida [aborrecida]

tus casos inciertos semejan atales [los del inquieto mar],

que corren por ondas de bienes e males,

faciendo non cierta ninguna corrida.

Y Jorge Manrique la llama “señora” con retintín:

Los estados y riqueza,

que nos dejen a deshora,

¿quién lo duda?

No les pidamos firmeza,

pues que son de una señora

que se muda;

que bienes son de Fortuna…

Pasaron los siglos, llegaron otros tiempos… Se inventó la televisión. La gente ya no tenía que mirar a su alrededor, ni a su propia conciencia… sólo a la pequeña pantalla. Y siempre las desgracias ocurrían a los que estaban al otro lado de la pantalla. Para los que estaba a este lado, fumando tranquilamente en su sofá, Fortuna se convirtió en una marca de cigarrillos. Y si algo como una sombra de amenaza se cernía sobre los televidentes algún día, a éstos les bastaba con tocar madera para eludir el peligro. No obstante, a veces, las desgracias les ocurrían a ellos (las excesivas capas de barniz sobre la madera habían impedido el contacto de la piel humana con el cuerpo salvífico). Entonces todos los médicos y enfermeras parecían pocos, todos los santos y vírgenes eran invocados; todos los psicólogos hacían su agosto poniendo paños calientes sobre las almas de los que habían sacado los cuerpos indemnes.

Hoy todos estamos libres de los reveses de la diosa Fortuna, porque todos nos hemos pasado al otro lado de la pantalla; todos somos sólo unas imágenes que circulan por los cielos de Internet; y que de pronto aparecen, o desaparecen, en cualquier monitor.

¿Qué hacer?

JUAN JOSÉ MILLÁS

EL PAÍS – Última – 04-04-2008

Estábamos aún en trance de resolver qué destino dar a los zapatos del difunto, a sus trajes, a sus corbatas, a su reloj, a sus cinturones y a su máquina de afeitar, cuando apareció en un bolsillo de la chaqueta, al amortajarle, este trasto, el móvil, con la agenda del finado, con sus mensajes de entrada y de salida, con sus borradores, con su relación de llamadas (la mayoría, perdidas), su calendario, su álbum de fotografías personal, sus correos electrónicos, su despertador, sus archivos, sus ajustes, su navegador… Dios mío, si parece una sucursal del fallecido, una dependencia de sus intereses, una delegación de su existencia. Parece, más que un aparato, un órgano extrañamente vivo todavía del desaparecido. Aunque extinto, continúa viviendo en su móvil, en donde no dejan de entrar mensajes de amantes o clientes o amigos que aún no han recibido la noticia.

¿Qué hacer con ese móvil que palpita en nuestras manos como un corazón recién arrancado de su pecho? ¿Sería lícito revisar sus mensajes, atender sus llamadas, contestar sus correos? ¿Deberíamos dejarlo fallecer poco a poco, de modo que su final coincidiera con el agotamiento de la batería, o sería mejor arrancársela de golpe, como el que retuerce el gaznate a una gallina? ¿Lo damos de baja ya o esperamos un poco, por si entrara una llamada importante? ¿Lo enterramos en el jardín, como el que entierra un miembro amputado, o se lo trasplantamos, como el que trasplanta un hígado, a uno de sus deudos? ¿Qué hacer con el móvil de un muerto cuando suena en medio de la noche, a los dos días de haberle dado sepultura? ¿Contestar la llamada, ignorarla, rechazarla? ¿Qué hacer después con nuestro insomnio? No habíamos sido capaces de resolver el problema de los zapatos (siete pares, algunos muy viejos), cuando viene el maldito móvil a complicarnos la existencia.