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Un verbo de cuidado

· Todo el mundo sabe que evangelizar significa ‘comunicar la buena noticia’ (la del Evangelio es que Cristo ha resucitado). Nada que objetar a este verbo ni a su sujeto. “Si es una buena noticia, mensajero, toma la albricia, la propina, y lárgate”.

· El verbo adoctrinar me gusta menos. El sujeto que adoctrina, acota una parcela de enseñanza, la “materia docenda”, y exige al discípulo que olvide lo demás: “No hay verdad fuera de nuestro libro.”

· El verbo que de verdad me parece peligroso es concienciar. El sujeto de este verbo es un maestro canalla o estúpido, que pretende provocar en sus oyentes un estado de culpa; para, acto seguido, decirles: “No obstante tenéis suerte; porque me habéis encontrado a mí, a quien tiene la clave de vuestra redención.”

De niños y ancianos

El jueves, o sea, anteayer, mi esposa y yo estuvimos en la Fiesta de las Becas: nuestra hija Hebe, de once años, celebraba, con sus compañeros, la finalización de la etapa de la Enseñanza Primaria. La Directora del colegio, en su discurso, se hartó (o nos hartó) de practicar el lenguaje “no sexista” del Gobierno “progresista”: “todos y todas”, “vosotros y vosotras”, profesores y profesoras”, “madres y padres”, “alumnas y alumnos”… Para concluir, volvió a dar la enhorabuena a “la treceava promoción del colegio”.

Y ayer, viernes, nos vinimos a Granada, a ver a nuestras hijas mayores y a nuestras ancianas madres. Como esta hermosa palabra, anciano, queremos relegarla al corral de los significados ofensivos o despectivos, la repetiré: mi madre y mi suegra son dos ancianas, de torpes y lentos movimientos; y si mi suegra mantiene la cabeza en buen estado, para su edad, mi madre anda (apenas anda…) bastante desmemoriada.

Mi suegra se cayó hace una semana en su casa y está sufriendo importantes daños. Al parecer tropezó en un escalón de un centímetro de altura, a pesar de que está suavemente matado en rampa, para que no constituya obstáculo.

Mi suegra, con toda la familia, estuvo viviendo en esta casa donde ahora escribo –aquí nació mi esposa–, hasta que ahorraron para hacerse otra mejor y más grande en la otra punta del pueblo. Si mi suegra ahora viviera en esta casa, estaría prisionera en la habitación que se la dejara: aquí no hay dos habitaciones a la misma altura, todas están separadas por severos desniveles. Para pasar del cuarto de la entrada a la salita, dos habitaciones contiguas, hay que subir tres escalones, y luego bajar otros tres: ¡misterios de la arquitectura de los pobres!

Esta casa tiene cosas interesantes: un alto ciprés que yo planté hace veintitrés años; y muchos recuerdos. También tiene una terracita desde donde vemos la sierra: Sierra Nevada. Yo le tengo mucho cariño a esta casa, pero no es una casa para ancianos. ¿Dónde viviremos mi mujer y yo cuando lo seamos, si llegamos a serlo?

El Ebro como metáfora

ISABEL SAN SEBASTIÁN

EL MUNDO, hoy.

Pocos ejemplos ilustran tan bien el grado de despropósito alcanzado por la política territorial en nuestro país como el referido al agua y a la demagogia que rodea su gestión. Tan es así, que el Ebro se ha convertido en la metáfora perfecta del catastrófico desbordamiento que padece el Estado de las Autonomías.

La España mediterránea sufre sed, no tiene con qué regar sus naranjos o sus huertos y se ve obligada a emplear literalmente el cuentagotas a fin de ahorrar el preciado líquido en sus regadíos, mientras la cuenca del río que no sólo da nombre a la península, sino que podría abastecer con su cauce las necesidades de todos, es víctima de las enésimas inundaciones. Y lo peor es que muchos de los que contemplan esas imágenes en televisión se alegran de la desgracia ajena. Se alegran, sí (dejémonos de disimulos) de ver cómo son rescatados de sus casas anegadas aquellos a quienes atribuyen la mezquindad de no querer cederles el agua que a ellos les sobra, cuando la realidad es que se trata de una batalla política, completamente ajena a quienes pagan los destrozos a ambos lados de la trinchera.

Quiero creer que ni los aragoneses de a pie desean mal alguno a los murcianos o los valencianos ni éstos experimentan el menor placer al contemplar la explanada de la Expo de Zaragoza convertida en una piscina. Dejo aparte a los dirigentes catalanes y su Generalitat, porque ellos resuelven el problema mediante eufemismos de quita y pon, dependiendo de la generosidad del cielo con las lluvias. Los demás aspiramos a que nuestros gobernantes sean capaces de paliar tanto la sequía como las inundaciones recurriendo a los mecanismos que brinda el progreso; esto es, mediante las infraestructuras necesarias para trasvasar agua de un sitio a otro, de manera que se pueda cubrir el cien por cien de la demanda y evitar peligrosos sobrantes. En otras palabras; llevando a efecto el difunto plan hidrológico, arrumbado exclusivamente por razones partidistas.

Sin embargo, el grado de sectarismo alcanzado por algunos a rebufo del nacionalismo victimista les ha llevado a convertir algo tan español como el río Ebro en bandera de sus frustraciones. Los líderes socialistas aragoneses (y también alguno del PP, movido por el viento dominante) se han agarrado al Ebro como otros a su lengua vernácula, al grito de «¡nos quitan lo nuestro!», que, como es público y notorio, es un reclamo tribal muy del gusto de los electores. A CiU, el PNV, ERC o Batasuna / ETA lleva décadas funcionándoles. Y así nos va, unos sin una gota y otros empapados hasta el cuello, mientras ellos se forran a sacar votos.

Un sainete absurdo, grotesco, que nos sale por un pico.