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Gonfertonio

Tengo un buzón en la puerta, como la mayoría de mis vecinos. No puedo decir “como todos mis vecinos”: se ve que algunos, más que acuses de recibo, reciben acosos por impago, y prefieren que el cartero eche tales acosos en los buzones vecinos, como el cuco hembra, que, muy cuca ella, pone los huevos propios en el nido de la alcaudona para que ésta se los críe; porque la alcaudona es tonta, como su mismo nombre indica, y se deslomará por alimentar al cuco impuesto.

Tengo, repito, un buzón, como la mayoría de mis vecinos. Y hasta hoy nunca había sentido la tentación de tener dos: uno que diga “Cartas” y otro que diga “Propaganda”. Es una tentación que no he necesitado vencer: se ha vencido sola, por su propio peso. Porque en el buzón de las “Cartas” jamás entraría una carta. Ni una sola de aquellas de antes, de cuando Miguel Hernández (que hoy repite cartel) escribió lo de “El palomar de las cartas. ¡Qué hermosura de “Cartas, relaciones, cartas, / tarjetas postales, sueños”. En fin: que con un buzón seguiré teniendo más que suficiente para propaganda, acuses de recibo y acosos del vecino.

Y por la misma razón, me he dicho, estoy haciendo el imbécil con eso de tener dos cuentas de correo electrónico: una para las declaraciones de amor y otra para las de odio. Si en mi vida he cosechado otra cosa que manifestaciones de indiferencia, del tipo “Perdona, es que no te había visto”… Con una ID (¿o es “un ID”; o “un I+D”?) tengo bastante.

Que lo sepas, lector de Certe patet, mi correo electrónico sólo es este que aquí te copio: gonfertonio@gmail.com

A esta dirección puedes enviarme todas las manifestaciones de indiferencia que te apetezca, las cuales yo te pagaré –porque es mi vecino el de los impagos—con unas cuantas líneas, con un textículo o gonfertonía, en esta tu casa que es Certe patet.

Para hoy, sin esperar a mañana, se me ha ocurrido que podría pagarte con un haiku de entretiempo, reversible como para que te lo puedas poner lo mismo con calor que con frío, con treinta grados de autoestima o con veinte menosgrados de desamor. Se titula “Los tres estados del hombre”, y rueda así:

1

Soy una flor;

mañana seré fruto;

pasado, humus.

2

Ya soy un fruto;

mañana seré humus;

pasado, flor.

3

Ahora soy humus;

mañana seré flor;

pasado, fruto.

Hasta pasado mañana, lector.

Economía de trueque

El mundo en el que me crié, el arcaico medio rural, es un mundo en el que las tradiciones arraigan lo mismo que los esquejes o las semillas. Y por lo mismo que arraigan con fuerza, tardan lo que ya se sabe en ser erradicadas.

En mis años de estudiante me producía asombro que, habiéndose inventado el arado de vertedera en el siglo XIV, todavía durante mi infancia, en mi casa y en las casas de todos los convecinos que poseían un trozo de tierra, se continuara conservando y usando, junto con el de vertedera, el modelo anterior: el arado de punta o arado romano…

Aprovecho para hacer constar que no fui un “niño yuntero”, aunque guié el arado por los “paterna rura” algunos ratos, más por empeño y cabezonería propios que por imposición paterna. Yo no fui niño yuntero, pero Miguel Hernández está entre la media docena de poetas españoles que sin duda habrán sido coronados por Apolo y las Musas en las cumbres de su amor.

Y vuelvo a mi tema: el apego a las tradiciones en el mundo rural; y por ende, el apego a la economía de trueque, que hoy hemos llevado al título. La economía, por definirla, anterior al dinero…

No voy a hablar de lo que mis padres intercambiaban con sus vecinos, ni de lo que mis hermanos mayores intercambiaban con sus amigos. Sólo de lo que yo, niño, intercambiaba con otros niños; o, muchacho, intercambié con otros muchachos de mi edad; o, estudiante, con otros estudiantes.

Lo malo es que me he vuelto a extender en el exordio… Estamos empezando a navegar y ya toca replegar las velas. Ya no me cabe más que un recuerdo en esta entrada: yo explicaba Matemáticas a mi vecina Mari Trini, y ella me prestaba su máquina de escribir (Olivetti Lettera 36) y sus obras completas de Vicente Blasco Ibáñez (editorial Aguilar). Imposible olvidar aquel verano.

La religión de la apariencia

MARTÍN PRIETO

El Mundo. Lunes, 02 de junio de 2008

Somos lo que creemos ser, lo que los demás creen que somos y hasta lo que pudimos ser y no fuimos. Lo importante es cómo nos ven, misterio que no resuelven las agencias de imagen y que no desvelan los sondeos de opinión. Como en las viñetas, ya las mujeres de Atapuerca debieron adornarse la cola de caballo con un hueso, y siempre los hombres han pretendido influir en la decisiva visión ajena; pero mudan los caprichos y hoy no serían dirigentes de masas un obeso alcohólico como Churchill o un poliomielítico como Roosevelt. La mitad de Obama es su flacura, esa forma elegante que tienen los negros de mover las manos y la visión de un mulato cosmopolita criado en un país islámico. Más vale caer en gracia que ser gracioso.

La valoración que de nuestros políticos da el Centro de Investigaciones Sociológicas es desconcertante. El continuado aprecio de los españoles por la vicepresidenta, Fernández de la Vega, es un arcano. Gracias a su suerte o habilidad nunca se ha publicado de ella una biografía mínimamente crítica, desde su infancia privilegiada a sus oropeles judiciales. Será muy simpática en la privacidad, pero se dirige a los ciudadanos en un tono didáctico regañón, insufrible, como si no entendiéramos nada o le debiéramos algo. Quizá valoremos su aspecto anoréxico, el epatante vestuario o sus banales giras africanas repartiendo buenismo entre las negras. Trabaja mucho, pero no se sabe si para procurar el bien de todos.

Carme Chacón resulta más apreciada que el propio Zapatero. No se sabe si por catalanista o por cómo susurra «¡Viva España!» en las paradas. Como ministra de Vivienda hizo un proyecto de retales para un cajón, y en Defensa está inédita. Me malicio de que la alta consideración que merece se debe a sus viajes embarazados a Afganistán y el Líbano. En eso, el mejor hombre nunca la podrá emular, damos en el feminismo biológico. La gestación como rédito político para consumo del pensamiento débil. ¿Y qué suponemos de Cristina qué? Parece que es ministra de Ciencia e Innovación, e innova con aprobado alto entre los españoles que no conocen ni su voz y menos lo que pretende hacer.

Como representantes de otras ministras desaparecidas en combate destacan la de Igualdad, que no tiene ni sede, y la de Vivienda a la que mandan a los actos oficiales para que vayamos conociendo su aire impávido a la familia Adams. Parece la ministra del Nicho.El lema del Estado Mayor alemán: «Ser antes que parecer». Aquí, todo lo contrario.