1
Hoy he bebido
porque Hebe servía
fuego con nieve.
2
Hoy he brindado
con mi esposa y mis hijas
por mi pequeña.
3
Mi corazón
hoy se siente florero
de cuatro rosas.
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1
Hoy he bebido
porque Hebe servía
fuego con nieve.
2
Hoy he brindado
con mi esposa y mis hijas
por mi pequeña.
3
Mi corazón
hoy se siente florero
de cuatro rosas.
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MÓNICA F. ACEYTUNO
ABC. Hoy.
Cada vez que se habla de memoria histórica me acuerdo de Rebeca, la niña que apareció en Macondo con los huesos de sus padres en un talego, y no sabían qué hacer con ellos, al no haber en el pueblo cementerio porque nadie todavía había muerto.
Y cuando Úrsula emprendió la reforma de la casa con lo que ganó haciendo caramelos, aquellos huesos estorbaban en todas partes a los obreros y hacían un ruido, cloc, cloc, cloc, «con su cloqueante cacareo de gallina clueca». Son tristes los huesos. Es lo más triste de nosotros. Pero imagino que una vez que se han envuelto en la tierra y en el tiempo, acaban por revivir de alguna manera, y si bien no es lo mismo que reposar en camposanto con el canto de los jilgueros que anidan en los cipreses, al menos tal vez germinen sobre la tierra que cubre la osamenta los cardos de flores malvas que dan unas semillas que encantan, precisamente, a los jilgueros.
No creo que yo quisiera que alguien me viera de esa manera, en los huesos, después de más de medio siglo muerta. Que me arrancaran de la tierra que a lo peor no es la mía pero es donde fueron a parar mis huesos. Que me la quitaran con pincel después de haberme hecho a ella. Y que me guardaran el esqueleto en una caja de tan poco peso que podría llevar un niño, haciendo un ruido de sonajero, cloc, cloc, cloc, de mis huesos chocando unos contra los otros.
Por eso comprendo que los herederos de Federico García Lorca no deseen que exhumen sus restos. Empero acatan la ley.
Una ley que no respeta la voluntad de la familia si se trata de los huesos de un poeta.
Y que escarba la tierra como los perros en las noches blancas de luna.
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Eladio era un joven maestro cuando empecé yo a estudiar. Luego él pasó de la enseñanza a la Administración Educativa y yo pasé de ser un buen estudiante a ser un mal estudiante, huraño y problemático. Hemos llevado vidas distintas y distantes; y a la vez próximas: por el trabajo y por el pedazo de tierra donde se nutrían nuestras raíces, terruño que nos ha hecho copartícipes de muchísimas experiencias. Ahora él es un jubilado de oro y yo soy un MAY 55, un trabajador mayor que ya disfruta de esa reducción de dos horas lectivas que la Administración concede a los que ya cumplieron los cincuenta y cinco tacos.
Quiero creer que no sólo porque tiene tiempo, como jubilado, sino porque le ha parecido una forma grata de perderlo, ha hecho alguna visita a este Certe patet, e incluso ha dejado algún comentario que yo le agradezco enormemente (no suelo responder a los comentarios a pesar de que son muy pocos; creo que “no procede”: yo ya he dicho lo que he dicho, quod scripsi, scripsi. De todos modos, insisto, me encanta leerlos y que formen parte, sustantiva y no adjetiva, de este blog).
La última vez que nos vimos, hace unas tres semanas, sin apenas tiempo para charlar porque era tarde, le comenté de pasada que me había acordado de él viendo la foto de un poeta sevillano en un libro recién editado: yo encontraba bastante parecido en los rasgos faciales. El libro es Vieja amiga (Poesía 1975-2008); ed. Almuzara; y el poeta, Fernando Ortiz, también jubilado, según leemos en algunos poemas y en la cronología del autor.
A continuación, para los visitantes de Certe patet y principalmente para mi amigo Eladio, voy a copiar dos poemas de Vieja amiga, el primero y uno de los del último libro (Último espejo), separados por treinta y dos años; aunque, claro, la amistad de Fernando Ortiz con la vieja amiga, con la poesía, tiene más de los treinta y tres años que acota el subtítulo: yo diría que tiene los mismos que el poeta.
PRIMERA DESPEDIDA
A mi hermano Manuel
Ahora imagino una mañana clara
en la que soy un niño y los ojos
están despiertos. Ando por el campo
del Aljarafe. Aún la hora es temprana
y aún el fresco del alba va conmigo.
El canto de los pájaros retorna
a mi memoria. Suenan las campanas
de la primera misa, alegres tañen.
Mojada está la hoja de rocío
y mojada la hierba que mi mano
hacia los dientes lleva. Lentamente
voy caminando. Un gallo lejos se oye.
Y aquí, desde lo alto de una higuera,
blancas las casas, los olivos verdes.
DE VITA BEATA
¿Viajar? Viaje el que quiera, pero que a mí me deje
su coche en esa plaza que suelo frecuentar;
donde compro la prensa y hay un bar que me fía
–lo que viene muy bien si las cosas van mal–,
bancos donde sentarse cuando es invierno al sol
y árboles que en verano muy grata sombra dan.
¿Leer? Yo nunca leo, ojeo, aunque me gusta
ver los escaparates y también los stands
de alguna librería, boutique, zapatería…
Como español, me quejo de los juegos de azar
–ni un décimo premiado en treinta largos años–.
y así vamos tirando, pues pasó nuestra edad.
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