• Páginas

  • Archivos

  • septiembre 2008
    L M X J V S D
    1234567
    891011121314
    15161718192021
    22232425262728
    2930  

Vino, miseria y crisis

Cuando yo era un niño de los de escuela, catecismo y tirachinas, en mi pueblo, pequeñito, había no pocas tabernas: todas para aliviar el escozor de gaznate de los machos. Las mujeres, sólo cuando cocinaban un guiso que requería algo de vino, mandaban al niño, con un vaso de cristal en la diestra: “Ve a que Fulano a por una peseta de vino blanco”.

Entre aquellos taberneros de entonces, había uno llamado Zaragoza, orondo como un queso en manteca que, cuando el camión del reparto se retrasaba, se reservaba la última arroba: “Ya no se despacha más vino; ése que queda es pa la casa”.

Me he acordado de Zaragoza pensando en la crisis, en el Gobierno y en la que nos espera. Primero el Gobierno decía que no había crisis, y que eran unos antipáticos antipatriotas los que hablaban de crisis. Ahora dice que sí hay crisis, pero: a) no bajará la ayuda a los más necesitados; b) la culpa de que la haya la tienen los americanos, especialmente su presidente. Me temo que mañana el Gobierno nos diga: “Se ha roto la banca del Gobierno; y (como Zaragoza) la poca tela que queda nos hace falta a los del Gobierno”.

Dos lecciones

De las dos lecciones de este curso,

la primera

(igual que el teorema de Pitágoras)

pronto la aprenden los jóvenes:

Nuestra vida es una lucha.

La segunda,

que acabaremos perdiendo,

requiere más largo aprendizaje.

Elogio de la página en blanco

Cuántas veces, caro visitante de Certe patet, hemos leído, tú y yo y cualquiera que tenga la lectura como una de sus aficiones, alguna alusión de un autor al agobio de no hallar un tema para su escrito, al síndrome de la página en blanco; especialmente a los columnistas, que no han acabado de regodearse de lo redonda, cilíndrica y capitélica que les ha salido su columna reciente, cuando descubren, ¡qué horror!, que se les ha echado el tiempo encima, si no como una losa, sí como el aplastante y paralizante caparazón de una tortuga gigantesca, y van a llegar tarde a la próxima, inminente ya, publicación.

Qué suerte tiene quien vive de las rentas, y no se ve obligado a presentar ante nadie, para que displicentemente lo evalúe, el resultado de sus esfuerzos y desvelos.

Sin embargo, si los lectores de periódicos tuviéramos un poco más de pesquis, qué bien comprenderíamos el significado de esa columna del periódico que un día se nos pudiera ofrecer limpia de letra e inservible para nuestra distracción. Y lo mismo nos sentiríamos agradecidos con el novelista que en alguna ocasión nos pusiera en el escaparate una deliciosa novela de doscientas cincuenta y cinco páginas inmaculadas, en las que bien podrían cabernos las meditaciones de una extensa secuencia de nuestra vida.

Estimado lector de Certe patet: agradece el silencio de este atrevido bloguero el día en que a este espacio accedas y compruebes que ha quedado vacío el correspondiente recuadro del calendario. Gratitud te pide este autor porque su silencio tal vez no se deba a la carencia de un asunto que lanzar al ciberespacio, sino a una no poco meditada contención. Y con ello este triste aficionadillo a la literatura se atreve a asimilarse al mismísimo Cide Hamete cuando “pide no se le desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir.”