• Páginas

  • Archivos

  • octubre 2008
    L M X J V S D
     12345
    6789101112
    13141516171819
    20212223242526
    2728293031  

Un decálogo

¡Ojalá hubiera un libro que gozara del dichoso privilegio de circular incesantemente de mano en mano en esa inmensa población diseminada en nuestras vastas campañas, y que, bajo una forma que lo hiciera agradable, que asegurara su popularidad, sirviera de ameno pasatiempo a sus lectores!

Pero:

  1. Enseñando que el trabajo honrado es la fuente principal de toda mejora y bienestar.
  2. Enalteciendo las virtudes morales que nacen de la ley natural y que sirven de base a todas las virtudes sociales.
  3. Inculcando en los hombres el sentimiento de veneración hacia su Creador, inclinándolos a obrar bien.
  4. Afeando las supersticiones ridículas y generalizadas que nacen de una deplorable ignorancia.
  5. Tendiendo a regularizar y dulcificar las costumbres, enseñando, por medios hábilmente escondidos, la moderación y el aprecio de sí mismo; el respeto a los demás; estimulando la fortaleza por el espectáculo del infortunio acerbo, aconsejando la perseverancia en el bien y la resignación en los trabajos.
  6. Recordando a los padres los deberes que la naturaleza les impone para con sus hijos, poniendo ante sus ojos los males que produce su olvido, induciéndolos por ese medio a que mediten y calculen por sí mismos todos los beneficios de su cumplimiento.
  7. Enseñando a los hijos cómo deben respetar y honrar a los autores de sus días.
  8. Fomentando en el esposo el amor a su esposa, recordando a ésta los santos deberes de su estado; encareciendo la felicidad del hogar, enseñando a todos a tratarse con respeto recíproco, robusteciendo por todos estos medios los vínculos de la familia y de la sociabilidad.
  9. Afirmando en los ciudadanos el amor a la libertad, sin apartarse del respeto que es debido a los superiores y magistrados.
  10. Enseñando a hombres con escasas nociones morales que deben ser humanos y clementes, caritativos con el huérfano y con el desvalido; fieles a la amistad; gratos a los favores recibidos; enemigos de la holgazanería y el vicio; conformes con los cambios de fortuna; amantes de la verdad, tolerantes, justos y prudentes siempre.

Un libro que todo esto, más que esto, o parte de esto enseñara sin decirlo, sin revelar su pretensión, sin dejarla conocer siquiera, sería indudablemente un buen libro; y por cierto que levantaría el nivel moral e intelectual de sus lectores aunque dijera naides por nadie, resertor por desertor, mesmo por mismo, u otros barbarismos semejantes.

José Hernández, La vuelta de Martín Fierro.

[Yo me he permitido añadir los números: sólo los números]

Vade retro, magíster

Todo el mundo sabe que los escolares actuales cultivan cuerpo y alma con un montón de materias; y, en consecuencia, necesitan una ingente cantidad de materiales: libros de texto, cuadernos, cuadernillos, zumitos, diccionarios, estuches, archivadores, carpetas, pegamentos… Una carga que no los abruma aunque suponga el ciento cincuenta por ciento de su peso propio (porcentaje, por cierto, que algunas familias, confundidas, intentan corregir convirtiendo al niño en un españolito obeso), no los abruma sino que los conciencia acerca del inmarcesible valor de las labores que ejecutan.

Los muchachos de ahora en cada clase han de llevar a cabo incesantes tareas, porque la escuela tiene que ser eminentemente práctica. La escuela es un taller donde se va construyendo la personalidad del joven: los niños retintan, colorean, copian, calcan, rellenan huecos con palabras, escriben letras dentro de cuadritos, hacen dibujos figurativos, abstractos o surreacubistas, escriben extensas redacciones que llegan incluso a sobrepasar la línea y media… Todo ello con mucha libertad: ¡cómo se podría forjar una personalidad sin libertad…!

¡Ah! ¡Ojo, un peligro!… El que constituyen esos arcaicos profesores apegados a las prácticas antiguas, dispuestos a torturar los oídos, la vista y el tierno entendimiento de los inocentes escolares con explicaciones de más de cinco minutos de duración. ¿Qué se creen esos profesores?, ¿acaso se creen los dueños de las mentes de los niños? Desarrollan extensas demostraciones, exigen memorizaciones de palabras, de teoremas… Siguen apegados, en suma, a las llamadas “clases magistrales decimonónicas”: explicaciones magistrales, correcciones magistrales… Son maestros prehistóricos que se proponen ser maestros durante todo el tiempo que están con los alumnos, tiempo que, en algunas parcelas curriculares, supera las tres horas por semana.

Vade retro, magíster. La escuela es una verdadera comunidad, es la encarnación de la Edad de Oro, es la fraternidad universal, el franciscanismo laico, el paraíso del conocimiento…

Queridos niños queridos: el próximo lunes vais a procurar acordaros de echar en vuestra grave y liviana mochila una barra grande de plastilina del color más feo posible; que vais a modelar con ella la efigie impresionista-expresionista de uno de esos maestros magistrales que aún quedan en el colegio. Será un certamen que ganará el alumno que la haga más horrible. Y el premio consistirá en apedrear al magíster representado arrojándole a la cabeza las plastiesculturas de los compañeros; mientras que la obra escultórica realizada por el ganador quedará guardada para siempre en la vitrina de trofeos y genialidades del colegio.

Este no era S

Se han editado ya muchos libros con recopilaciones de disparates que perpetran los alumnos de Enseñanza Media, o de Educación Secundaria, en los exámenes. No son libros que a mí me hagan mucha gracia, porque son síntomas de una desgracia que me afecta doblemente, como padre y como profesor. Como le comentaba ayer a mi mujer una compañera (antigua alumna mía, por cierto), acerca de una de esas joyas de la infancia que cada vez abundan más en los colegios y en los institutos: “Es como para preguntarse: ¿qué clase de maestra habrá tenido la criatura? Pero es que su maestra ¡he sido yo!” La misma frase podría pronunciarse en otra situación, sustituyendo la palabra ‘maestra’ por la palabra ‘madre’.

No me gustan esos libros a los que me refería antes, pero hoy he recordado una anécdota de las que encajan en estos libros, una sorprendente interpretación que un alumno de segundo de Bachillerato hacía de un pasaje, parte de un artículo de Muñoz Molina. Consideraba este autor cómo en los años setenta parecía que esta sociedad moderna, especialmente España, avanzaba hacia el laicismo; pero, con el paso del tiempo, se había producido una reafirmación del factor religioso en la vida social, y uno de los síntomas de la nueva religiosidad era la abundancia de canonizaciones que había llevado a cabo Juan Pablo II, ampliando sin tregua la nómina de los santos. Más o menos esto era lo que decía el pasaje. Pero mi alumno S interpretó que el Papa no paraba de subirles el sueldo a los santos.

Hoy lo he recordado porque, mientras podaba la hiedra de la puerta de mi casa, he visto acercarse a un muchacho que, con su carrito de la compra, venía dejando en los buzones algunos folletos publicitarios. Y cuando ya lo tenía más cerca, me he dicho: “¡Anda! Este es S. Seguro que pasa de largo sin dejarnos nada ni a mí ni a mi buzón”. Pero este no era S; y, después de saludarme con mucha corrección, me ha preguntado si dejaba los folletos en el buzón o me los daba en la mano.