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Libro y navaja

Tanto por la ciudad como por el monte, ando, no sólo errático y errabundo, sino también desherrado. Mi navaja duerme el sueño del limbo en el lapicero. Mi navaja no es el puñal de Borges (“En el cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres”). No. La mía es una pequeña navaja de las que llevaban antes los hombres del campo en el bolsillo; que lo mismo les servía para cortar la estaquilla de olivo que habría de convertirse en un instrumento para arrancar esparto, que para destripar un zorzal desplumado, junto a la fogata en la que la carne del ave se iba a convertir en un bocado exquisito.

Mi navaja, ya digo, no hace nada; duerme en el lapicero. A veces me imagino a mi padre haciéndome el reproche:

–Hay que ver, gastarse los dineros en una navaja tan buena para nada.

¡Ah! Hoy la estoy usando. Acaba de llegarme un precioso librito, de esos que piden ser llevados en el bolsillo con el mismo mimo que una foto de la novia en la billetera. Y resulta que viene con las hojas sin cortar.

–Mira, padre, cómo sí uso mi navaja. Mira qué bien corta las hojas de este libro… Es un libro de poesías a los pájaros: a la cotorra, a los tordos, al jilguero, al zorzal, a la tórtola montaraz: “Bajo el denso tallar cuyo reposo / Promete al alma soledad eterna, / Se compunge su arrullo misterioso / En musical retumbo de cisterna.”

–Lo de escribirles poesías a los pájaros está bien. Un día toca hacerles una poesía y otro día toca meterlos en la olla.

–Que no, padre. Tú estás todavía en el Neolítico; ahora la comida se compra en los supermercados.

En fin; voy a leer mi Alas de Lugones.

Santiago Serrano

Nada me congratula tanto como la risa de mis hijas. Y sí me congratula casi tanto la risa de mis alumnos (alumnas mayormente) mientras leen en “ocio atento, silencio dulce” un texto que yo acabo de presentarles para eso.

En las últimas semanas he tenido la (suso)dicha satisfacción cuando les he proporcionado, en unos folios, un par de obras –-no las dos el mismo día, ni la misma semana—de Santiago Serrano. Son obritas por su extensión, y obras maestras por su calidad. Dos piezas de teatro breve con las que los alumnos de 2º de Bachillerato se han divertido sin dejar de comprender la hondura humana, la clásica tragedia que las dos contienen. He aquí los títulos: La disección de un colibrí y Chimeneas sin humo.

No sólo hemos hecho lectura mental, sino también lectura dramatizada para disfrute de los compañeros, que igualmente se han reído oyendo y viendo a los que no son, precisamente, consumados actores.

Certe patet casi se estrenó, hace dos años, con un comentario a La disección de un colibrí. Ahora, otra vez, no tengo más remedio que agradecer al autor su generosidad por poner sus textos a nuestra disposición (http://usuarios.lycos.es/Santiago_Serrano); ni más remedio que animar a mis compañeros de profesión, y a los aficionados al teatro en general, a leer, representar y difundir estas breves piezas maestras.

Yo confieso, sin orgullo ni tristeza, que no soy ni entendido en, ni aficionado al teatro. Pero sí sé que en el arte esta la magia de lo humano que merece ser eterno. Y que en estas obras esa magia se ha alcanzado. Gracias, de nuevo, al autor.

Basura literaria

De entre todos los géneros

que cultivarse puedan en la literatura,

desde el simple aleluya a la epopeya,

desde el himno al ensayo o la novela,

pasando por mil híbridos engendros,

uno tan sólo encuentro deleznable

(por cierto, de no pocos autores favorito):

el manifiesto.