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La luz de América

IGNACIO CAMACHO. ABC. Domingo, 23-11-08

TIENE razón Zapatero: América ilumina nuestra democracia. América del Norte, o sea, los Estados Unidos, que la del Sur no es más que el triste espejo de nuestros demonios y nuestros fracasos históricos. Lástima que el presidente haya descubierto tan tarde la luz tocquevilliana de los padres fundadores; esa democracia es la misma cuando elegía a Bush que a Obama. Y los americanos saben, como también lo sabemos los españoles, que la grandeza y la miseria del sistema consiste en que se puede elegir a cualquiera para gobernarlo.

Pero ya que ZP anda deslumbrado por las virtudes democráticas que hasta no hace mucho le dejaban sentado, podría tomar nota de algunas saludables prácticas que son comunes en las instituciones estadounidenses. Esta semana hemos asistido a dos muy aprovechables. La primera, la comparecencia en el Senado de los magnates de la industria del automóvil, sometidos a intenso interrogatorio para ver si se merecen las ayudas que demandan al Estado. Ahí es nada: tres poderosos chairmans, tres intocables amos del universo, respondiendo a los senadores sobre la calidad de sus coches, la gestión financiera de sus empresas y la competitividad de sus métodos productivos. ¿Es mucho imaginar que el Parlamento español pudiese pasar revista a los grandes banqueros o a los responsables de las constructoras en apuros antes de socorrerles con fondos públicos? Por ahora lo que hemos visto ha sido una reunión a puerta cerrada en La Moncloa, que olía a pasteleo oligárquico a espaldas de la soberanía popular. ¿Nos iluminaría Zapatero con una comparecencia de este tipo en cualquiera de nuestras cámaras? Miren por dónde, ése podría ser un modo de dar cierta utilidad al Senado.

Segundo ejemplo: Barack Obama, neurótico del teléfono móvil, usuario compulsivo del correo electrónico, tendrá que entregar su blackberry y cerrar sus cuentas de e-mail cuando tome posesión de la Casa Blanca. Sencillo: el presidente del país más poderoso de la tierra no tiene conversaciones privadas. Todo lo que diga y escriba ha de quedar registrado para la Historia. No pasa escrutinio inmediato, pero con los años se desclasificará el archivo y tendrá que retratarse ante la posteridad. Y siempre queda la posibilidad de que, como a Nixon, el Congreso o el Supremo le requieran las cintas para examinar su conducta. ¿Se apunta ZP a ese grado de transparencia? ¿Estaría dispuesto a que alguna vez se supiera el contenido de sus reuniones con los «brujos visitadores» de La Moncloa?

Sí, la democracia americana es estupenda. Tiene primarias abiertas para elegir directamente a los candidatos y alejarlos de la influencia decisoria de los aparatos de partido. Es taxativamente inflexible con la obligación de dar cuenta del dinero público. Prohíbe la financiación de las campañas a cuenta de los contribuyentes. Incluso establece una limitación de mandatos; ocho años, más allá de los cuales el sistema entiende que empieza la degradación del poder. A Zapatero le quedan tres para demostrarnos hasta qué punto le han impresionado las luminosas virtudes regenerativas que acaba de descubrir.

Décima dedicada

A mi alumno Lamine

Si para quejas son buenas

las décimas, por qué no

lo ha de ser para que yo

certepatee mis penas.

Serán facecias amenas

para quien vive dichoso.

El que en medio de este coso

deja que mires su herida,

sabe que es savia su vida,

sabe cuál es su reposo.

ZAPATERO SALTA A BORDO DE LA NAVE…

…DE LAS BARRAS Y ESTRELLAS

Editorial de EL MUNDO. Hoy.

El presidente del Gobierno y el líder de la oposición compartieron ayer mesa y mantel en la sede de EL MUNDO durante un acto tan significativo como la entrega de unos Premios de Periodismo que honraban por un lado la trayectoria admirable de Manu Leguineche como gran jefe de la tribu que forman los enviados especiales a zonas de conflicto y, por el otro, las denuncias sobre los abusos de la clase política italiana de los dos redactores de Il Corriere -Stella y Rizzo- autores de La Casta.

Zapatero y Rajoy proclamaron sin ambages el trascendental papel de la prensa en las sociedades democráticas, flanquearon a Leguineche en una muestra del reconocimiento y cariño que sectores muy diversos de la sociedad española le profesan y lidiaron con habilidad las implicaciones del best seller de nuestros colegas italianos. El jefe del Gobierno marcó respetuosas distancias y el de la oposición recurrió a su fina ironía y acreditado ingenio para «anunciar» una obra equivalente sobre «la casta periodística», soslayando la esencial diferencia que existe entre quien maneja dinero público y quien sólo depende de su empresa y sus lectores.

Hasta ahí todo era tan grato como previsible. Lo inesperado surgió cuando Zapatero aprovechó la ocasión para, a modo de coincidencia con el director de EL MUNDO, declararse fervoroso «admirador» de la democracia norteamericana, explayándose sobre «su Historia» y «el legado de sus padres fundadores revestido de un cierto carácter épico». Hizo incluso suya toda la carga emocional de los versos favoritos de Lincoln -citados por Pedro J. Ramírez hace dos domingos- cuando describen a una «Humanidad que mantiene la respiración» pendiente de la «suerte» del navío en el que boga una «Unión fuerte y grande».

Nunca un líder de la izquierda del sur de Europa había mostrado tal empatía hacia los valores de la democracia yanqui, pues Zapatero llegó a decir que lo que ocurre en Estados Unidos «nos ilumina a todos». No está mal para quien aún es recordado por su desaire a la bandera norteamericana en el Desfile de la Fiesta Nacional de hace cinco años, un mal gesto por el que, según Esperanza Aguirre, debería pedir ahora perdón.

Es obvio que Zapatero pretende lanzar el mensaje de que su animadversión por la administración Bush no suponía hostilidad hacia los valores norteamericanos sino todo lo contrario. Y es cierto que en su singular macedonia ideológica siempre ha incluido, junto a elementos mucho más tópicamente izquierdistas, algunos de los ingredientes de la Nueva Frontera kennediana.

Pero también nos parece claro que Zapatero no fue capaz de hacer esa distinción en 2003 porque los símbolos nacionales no representan al Gobierno de turno sino al Estado en su conjunto y, ahora que le conviene pujar por la amistad de Obama, trata de purgar ese pecado con una cierta sobreactuación.

Viendo las cosas con pragmatismo, más vale que peque de exceso de entusiasmo por los Estados Unidos que de lo contrario. Porque, en efecto, se trata de la mayor y más fuerte de las democracias, es nuestro principal aliado y acaba de dar una fantástica lección de vitalidad política al mundo.

Muchos fieles acólitos de la demagogia antiyanqui que caracterizaba entonces a la izquierda española vieron tambalearse sus esquemas cuando Felipe González dijo en 1980 que prefería «morir acuchillado en el metro de Nueva York a una vida de aburrimiento en Moscú». Han tenido que pasar 28 años para que su sucesor no presente la opción norteamericana como la menor de dos calamidades. Zapatero ha sido valiente y claro. No podemos por menos que celebrar que haya sido en nuestra casa donde haya rodado, un tanto melodramáticamente, tan añejo prejuicio.