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Tierra delito

Hay un niño en mi calle que se llama

Miguel, pero lo llaman Miguelito;

y así lo llamarán aunque la Fama,

por obras literarias o de cama,

eleve su renombre al infinito.

Que aquí al que en candelabro se encarama

por en puto o en santo ser un hito,

no le quitan del nombre el –ito –ito

por más que la eufonía lo reclama;

no Hércules a Heracles: Herculito.

Auto con troles

Hoy mis alumnas (hay que decirlo así porque son chicas una amplísima mayoría) de 2º de Bachillerato están especialmente despendoladas: ayer hicieron huelga, hoy es viernes y apunta, aunque estamos en noviembre, un fin de semana primaveral. Les reprocho que, igual que ha descendido el nivel de corrección en la escritura, ha descendido el de su autocontrol; el comentario a la compañera hay que hacerlo en cuanto a una se le ocurre, no tiene espera. “Si el control de los esfínteres fuera similar al de las bocas,–les digo–, aquí no habría quien parara”. Algunas se ríen.

A mí mientras tanto me viene el recuerdo de la mi costilla, con veinticinco parvúnculos de los que algunos no han llegado a su tercer cumpleaños. Sin más ayuda que el papel higiénico y dos inodoros que cuando se atascan hay que esperar, con la pinza en la nariz, durante no se sabe cuántas largas jornadas hasta que los técnicos de mantenimiento se presentan.

Ser maestra con tantos años de vocación, dedicación y experiencia para llegar a la cincuentena y trabajar con los niños sólo de cintura para abajo: control de cacas y pipís.

Aunque eso es lo que lamenta ella al final de casi todos sus laborables, la verdad es que también se tiene que ocupar de las párvulas bocas: de lo que por ellas entra y de lo que por ellas sale. Porque llega una madre con su tierno retoño, por ejemplo, y le dice: “Ponlo a desayunar, que no ha tomado nada, que a mí no me hace caso”. O porque, por otro ejemplo, a otro incipiente vástago de estirpe le salen por la suya expresiones tan gruesas que para sí las quisiera el patán más montaraz.

En fin, la lucha diaria de los servi paedagogi…

Topo con alas

Consulto atentamente mi nuevo atlas (ayer lo recibí y condené al ostracismo el antiguo). Me encanta mirarlo, aunque me hace echar de menos una vista mejor, una vista de águila, para pasearme sobre sus páginas como el águila de Júpiter sobre los continentes.

Ello a pesar de que noto que cada día profundizo más en mi defección de las imágenes… Ya sabéis: que no creo eso de que una imagen valga mil palabras. Lo creí mientras mis hijas me dejaron que las fotografiara a mis anchas. Desde que se pusieron tontas o pavas y comenzaron a despedirme con cajas destempladas cada vez que me acercaba a ellas cámara en ristre, he vuelto a la palabra; o sea, la palabra se ha adueñado de mi carne como Jesucristo de la suya: Et Verbum caro factum est.

Mi compamigo DB me cuenta como un acontecimiento maravilloso –¡porque lo es!—del día en que le hizo a su madre su postrero reportaje fotográfico… Yo, ya digo: me inclino a las palabras; a leerlas con mi vista de topo en mi atlas nuevo. Soy un topo con alas. Tal vez sólo un murciélago.