No hagas nunca nada
de lo que al día siguiente te avergüences.
Ni te avergüences nunca
de lo que juzgan malo
únicamente hipócritas o estúpidos.
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No hagas nunca nada
de lo que al día siguiente te avergüences.
Ni te avergüences nunca
de lo que juzgan malo
únicamente hipócritas o estúpidos.
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Macarena Gutiérrez. La Razón. Lunes, 09 de agosto de 2004
Madrid- El martes 27 de julio un joven negro de 42 años habló en la Convención Demócrata de Boston. Su discurso, apasionado y directo, caló hondo en las filas del partido. Arrancó aplausos y gritos de júbilo en el Fleet Center. El público de bares y cafeterías adyacentes también siguió sus palabras alrededor de los televisores, en silencio, casi hipnotizado. El carisma del aspirante a senador y el ritmo que impuso dejó boquiabierto al personal. El ex presidente Bill Clinton había abierto la convención un día antes, y el aspirante a presidente John Kerry fue el encargado de clausurarla. Dos pesos pesados y las palabras protagonistas fueron las de Barack Obama. Su nombre recuerda a un político israelí y su apellido hace pensar en algún lugar de África. De este continente procede la familia Obama, concretamente de Kenia. Su abuelo era un sirviente de una familia británica que tras el Día de la Infamia I (el ataque a Pearl Harbor) se alistó en las filas del general Patton y marchó por toda Europa. Su padre, «con gran perseverancia y entrega», logró una beca para estudiar «en un lugar mágico, América», donde se casó con una mujer blanca. Este breve repaso de su biografía más antigua constituyó el principio de su discurso ante los delegados del partido. Barack (que significa «bendecido») se presentó a sí mismo como el mejor producto del sueño americano, «un tipo delgadito, de la parte sur, con un nombre raro». Al menos en su caso, el «american dream» es un hecho. Ahí estaba el joven Obama, ante miles de enardecidos demócratas, con dos carreras universitarias bajo el brazo, una de ellas «cum laude», una esposa afroamericana llamada Michelle, dos hijas, y el futuro político más prometedor para un hombre negro de la historia reciente. Aunque es bien cierto que las figuras que nacen en las convenciones no siempre pasan de «promesas», con él ha llegado la «Obamanía». La Prensa de diversas tendencias ha legitimado en cierta medida el entusiasmo demócrata y ha regalado a Barack el calificativo de «estrella emergente». Si logra hacerse con el sillón de senador por el Estado de Illinois (lo que es muy probable dada la nula oposición republicana), será el único miembro negro de la Cámara alta, y el tercero desde la Guerra de Secesión. Éste no será el único récord que figure en su curriculum. En la Universidad de Harvard fue el primer director afroamericano de su revista de leyes antes de mudarse a Chicago para trabajar como abogado de derechos civiles. Todavía ejerce de profesor. A pesar de que no cuente con un pasado estéril de proezas y servicio a la comunidad, su gran momento llegó el pasado 27 de julio. Él sabía que se jugaba mucho. Nada más llegar a la convención reconoció que iba a haber «algo de adrenalina» en un discurso que había dejado listo hacía dos semanas. Horas antes de subir al estrado, donde apenas echó un vistazo a sus notas, ofreció un par de entrevistas, salió a hacer footing y tomó «una larga ducha». Su carrera política a nivel nacional estaba a punto de empezar. Preguntado sobre su estado de ánimo ante la cita de Boston, Obama echó manó de una respuesta un tanto populista que estuvo muy presente en su discurso. «La presión que voy a experimentar no es nada comparada con la que sufren los hombres y mujeres con los que me encuentro a diario, que son despedidos… Eso sí que es presión». Las palabras de este político, que en Europa serían calificadas de «dema- gogas» y en Iberoamérica quizá de «revolucionarias», han entusiasmado en EE UU. En su exaltación de la América «unida como una familia», donde se reconoce que «todos los hombres han sido creados iguales», también hubo sitio para las críticas a la guerra de Iraq o a la gestión económica de Bush. Todo ello sin nombrarle ni una sola vez. Es que no es su estilo. Su talante optimista, como el de Clinton en sus mejores tiempos, hacía parecer en ocasiones que entonaba un himno más populista que certero. «Estoy hablando de algo sustancial. De la esperanza de los esclavos alrededor del fuego cantando canciones de libertad, de la esperanza de un joven y valiente soldado patrullando el Delta del Mekong (…) De la esperanza de un chico delgado con un nombre raro que cree que en América también hay un lugar para él». Si hacemos caso de los cientos de mensajes que circulan por Internet, el lugar para este joven en los huesos no será otro que la Casa Blanca. El carisma de Obama ha desatado una euforia colectiva. Estos días se pueden leer toda clase de augurios encabezados con varios «Wow! Wow! Wow!» (algo así como «¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!») Algunos le ven en el Despacho Oval en 2012 y otros no creen poder esperar tanto. Hay quien prometió cambiar el signo de su voto en noviembre; otros confesaron no haber pegado ojo en toda la noche; algunos incluso aseguraron que se mudarían a Illinois. Los más pragmáticos aportaron donaciones para que, si la carrera de este figura se trunca, que al menos no sea por dinero. La mayoría coincide en la creencia, casi dogma de fe, de que el 27 de julio vivieron un momento histórico. De madrugada, Ben Martin, un ciudadano cualquiera, dejó escrito un mensaje que resume el entusiasmo: «Kennedy, estuve allí. Doctor M.L. King, estuve allí. Malcom X, estuve allí. Quizá el momento de todos ellos haya llegado por fin con el señor Barack Obama».
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Editorial de El Mundo. Hoy.
Juan Carlos Rodríguez Ibarra ya no es el presidente de Extremadura… pero como si lo fuese. Antes de que el político socialista dejara el cargo para convertirse en un simple ex, la Asamblea aprobó una ley que le otorga una serie de privilegios de forma vitalicia, entre ellos el uso de una oficina en cuyo acondicionamiento los extremeños llevan ya gastados más de 300.000 euros en lo que va de año, además de un coche oficial y un gabinete de cuatro funcionarios dedicados exclusivamente a su servicio personal. Como supuesta excusa de este dispendio, Ibarra afirmó en su día que esta ley no estaba hecha para él, sino pensando en sus sucesores. Es increíble lo generosos que pueden llegar a ser los políticos cuando se trata de gastar el dinero de todos.
Que se lo digan si no a la consejera de Cultura de Galicia, la nacionalista Anxela Bugallo, que se hizo acompañar a la Feria de La Habana por un séquito que no tendría nada que envidiar al de George W. Bush, nada menos que un centenar de personas, todo a costa del contribuyente que ha tenido que apoquinar dos millones de euros por la excursión. O a los cuatro concejares del PSE, PNV, EB y EA que, unidos a 10 técnicos del Ayuntamiento de Vitoria, viajaron a Japón a todo trapo para conocer la acústica de unos auditorios de carácterísticas similares a las de unos que ya habían visitado en California.
La lista de casos escandalosos de despilfarro a cargo del erario público es por desgracia muy larga y se extiende por toda nuestra geografía, tal y como recoge hoy EL MUNDO. Los políticos que los protagonizan parecen guiarse por un principio tan sencillo como perverso, y es que el dinero que es de todos no es de nadie y puede gastarse a espuertas para tener los lujos que uno no se permitiría si tuviera que sufragarlos con su propio bolsillo.
Los regalos más rumbosos, los restaurantes más caros, los coches más potentes, obras que cuestan el doble de lo presupuestado y despachos con mobiliario de diseño. Son muchos los políticos y cargos públicos que parecen convertirse en auténticos sibaritas cuando la cuenta se pasa a los contribuyentes. Y, lo que es peor, a ninguno parece caérsele la cara de vergüenza cuando se descubre su dispendio; algunos hasta se dan incluso por ofendidos, como esos cinco miembros del Consejo Audiovisual Andaluz que entendieron que sus encuentros «con carácter oficial» acompañados de mariscos, buen vino y copas eran un gasto «inherente» al cargo.
La concatenación de abusos no es sino un terrible insulto hacia ese ciudadano al que se le está pidiendo austeridad en tiempos de crisis. Va siendo hora de que éste pase la factura.
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