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Ese sol de diciembre

Ese sol que acaricia los tejados,

ilumina la nieve y enciende la sonrisa

de la gente en diciembre,

ha matado a inocentes,

ha incendiado pinares y cosechas

en verano; y ha hecho enloquecer

al dueño de unos ojos

que miraron desnuda tu belleza.

Agonía

Estos días recientes he vivido una experiencia que me ha venido acompañando en mis pesadillas a lo largo de la última década: la agonía de mi madre. No ha sido tan atroz en la vida real como en los sueños; quizá porque en los sueños yo compartía su agonía, mientras que, despierto, sólo acompañaba a la agonizante.

Es probable que mi madre, casi nonagenaria, le saque un nuevo plazo a su acreedora; porque siempre mi madre ha gozado de una salud de animal salvaje; y sigue defendiéndose, con ciegas e inofensivas cornadas, ante todo lo que le huela a intento de sacarla de su madriguera.

La vida se aferra a la vida; a veces con una fuerza que hasta la muerte se conmueve.

Con receta médica

 

Veintisiete euros. Eso es lo que acabo de gastarme en un bote de Emolytar, un gel de alquitranes. Te mojas el cuerpo y te lo untas; y es como si te embadurnaras de chapapote, o sea, de esa mierda con la que de vez en cuando algún petrolero decora mares y playas.

Esta mierda llamada Emolytar se vende “con receta médica”; y no creo yo que nadie por su gusto y placer se lubricara con semejante potingue. Nos lo recetan los dermatólogos a los que padecemos de psoriasis, una enfermedad genética que se manifiesta, de distintas maneras, en la piel. La mayoría de los medicamentos que, para combatirla (o paliarla), nos recetan los médicos, está fuera de cobertura, es decir, son de pago: con el pretexto de que son productos cosméticos. ¿Qué la piel se nos reseca y se nos cuartea? ¡Nada! Usamos la loción hidratante para estar más guapos. ¿Qué hay en España un dos por ciento de ciudadanos aquejados de esta enfermedad? ¡Pues que apoquinen!

Ahora, el tronío con el que viven los politiquillos de las autonomías con el dinero público, eso que nadie lo toque, por mucha crisis que haya. Y luego querrán estos sujetos que los honremos como a grandes benefactores del país. Porque se desviven por nosotros: ¡siempre pendientes de nuestras necesidades!

Lo que ocurre es que en este país no hay ciudadanía; y estos politiquillos hacen lo que quieren sin cortapisas. Nosotros pagamos y callamos; y, cada cuatro años, votamos. Como de vez en cuando truena el académico don Arturo Pérez-Reverte: ¡País de mierda!