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Vivir

Es esencia y herencia, afán y fundamento

de los vivos: vivir, vivir, vivir.

Anhelamos vivir, es lo que toca.

Que la muerte no llegue, que las generaciones se sucedan.

La hierba lanza a tierra su semilla,

el hombre a la mujer, el artista a su obra.

Cervantes a Quijano, Quijano a don Quijote, don Quijote a su libro.

Porque el arte es eterno: contra él no puede el tiempo.

El cuadro, el verso, el canto… la escultura es eterna.

Y Dios el más eterno: el hombre lo ha hecho eterno.

Pero los siglos pasan, y pasan los milenios.

Los dioses se disipan en la niebla.

Los libros, las estatuas se hacen polvo.

El tiempo es más tenaz.

Una tierra sin hombres existió

y volverá a existir una tierra sin hombres.

Y esta mota de polvo que es La Tierra

se deshará también. El tiempo es más tenaz.

No importa; ahora toca

vivir, vivir, vivir: es nuestro ahora.

Blogman

El blogman frunció el ceño:

–Yo que tú no lo haría, forastero.

Pero el forastero era sordo, o tonto, o simplemente forastero. Quiso decir, llevándose la diestra a la cintura: “este hocino es mío” (o “este hocico es mío” –no ha quedado clara la trascripción del pensamiento–). Solo pudo decir:

–Este hoz…

El blogman había sacado su entrada, y había hecho blanco en el negro corazón del forastero.

Mis hermanos mayores

Mis hermanos, sin más; aunque es verdad que son mayores que yo, y que ya están, además de mayores, jubilados. Y también verdad que están viviendo una jubilación feliz, son abuelos que disfrutan cada día de la alegría de sus nietas, de la dicha de ver que sus hijos se ganan la vida honradamente.

Fueron mis hermanos mayores cuando yo era un niño. Me protegían, me metían como mascota en sus pandillas de adolescentes, me construían las mejores armas: espadas (hoja de vástago de almendro) y tirachinas (horquilla de olivo) que eran objetos de admiración o envidia para los de mi edad.

Gracias a mis hermanos fui el niño con más pelotas del Barrio San Luis… Ellos trabajaban en la Huerta de Gracia (casero: mi tío Antonio), lindante con el Seminario de San Cecilio; ambas fincas, la que cultivaba patatas y cebolletas y la que cultivaba vocaciones sacerdotales, abiertas a la placeta de Gracia. Cuando una pelota –verdaderos balones de reglamento había pocos—caía desde el campo de fútbol del seminario a las verduras de la huerta, mis hermanos, en lugar de devolverla a sus dueños, la camuflaban entre los caballones para, cuando daban de mano, llevármela de regalo. Y aquí sí que cundía la dentera entre mis iguales.

Mas tarde, cuando yo fui seminarista en el San Cecilio, mis hermanos ya habían dejado de trabajar en la huerta de Gracia, se habían marchado a cultivar flores en los invernaderos de los alrededores de Ginebra, y me mandaban postales del lago Lemán.

Mis hermanos mayores fueron el zumosol de mi infancia, a pesar de que de cuando en cuando me dejaban ir un cogotazo o un insulto triple, que sonaba en mis oídos como un copo de pinchos.

Ahora mis hermanos tienen partida en dos la finca en la que nos criamos los tres. Yo no hubiera querido mi tercio ni regalado y embutido en pastel de cerezas… Me parecía que quedarse a vivir en el sitio en que se ha nacido era una degradación: dejar de ser persona para convertirse en vegetal.

Ahora mis hermanos son razonablemente felices, son mayores que llevan sus leves males con paciencia, y sus abundantes bienes con alegría.

Bill Clinton llegó a nuestra ciudad a contemplar el ocaso; no recuerdo bien si desde la plaza de San Nicolás, en el Albacín, o desde la torre de la Vela, en la Alhambra. Sus asesores no sabían que desde la finca de mis hermanos, el Olivar de Jesús, el ocaso es más hermoso.