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Una escena de sexo implícito

–Yo conozco… Por mí… Pero aquí pueden oírnos. Entre usted en ese gabinete.

Entráronse y se cerró la puerta tras ellos.

Siguiose a esta escena la de un jugador perdidoso que había perdido el último maravedí, y necesitaba armarse para volver a jugar. Dejó un reloj, tomó diez, firmó quince y se despidió diciendo:

–Tengo corazonada; voy a sacar veinte onzas en media hora; y vuelvo por mi reloj.

Otro jugador ganancioso vino a sacar unas sortijas del tiempo de su prosperidad. Algún empleado vino a tomar su mesada adelantada sobre su sueldo, pero descabalada de los crecidos intereses. Algún necesitado verdadero se remedió, si es remedio comprar un duro con dos.

Y sólo mentaré en particular el criado de un personaje que vino por fin a rescatar ciertas alhajas, desconfiados ya los prestamistas de que nunca las pagaran, ya que los intereses estaban a punto de traspasar su valor. No quiero pintar la grita y la zalagarda que en aquella bendita casa se armó. Después de dos años de reclamaciones inútiles, hoy venían por las alhajas… que ayer se habían vendido. Juró y blasfemó el criado; y fuese, prometiendo poner el remedio de aquel atrevimiento en manos de quien más conviniese.

¿Es posible que se viva de esta manera? Pero, ¿qué mucho, si el artesano ha de parecer artista, el artista empleado, el empleado título, el título grande y el grande príncipe? ¿Cómo se puede vivir haciendo menos papel que el vecino? ¡Bien haya el lujo! ¡Bien haya la vanidad!

En esto salía ya del gabinete la bella convidadora. Habíase secado el manantial de sus lágrimas.

–Adiós; y no falte usted a la noche –dijo misteriosamente una voz penetrante y agitada.

–Descuide usted. Dentro de media hora enviaré a Pepe –respondió una voz ronca y mal segura.

Bajó los ojos la belleza, compuso los blondos cabellos, arregló su mantilla… y salió precipitadamente.

Mariano José de Larra, Empeños y desempeños.

Luis Gallegos Díaz

O sea, mi amigo Luis Gallegos. De los Gallegos que emigraron al Albaicín desde la Alpujarra, moriscos sindudamente procedentes de algún punto del Atlas.

Lo conocí en plena Sierra Nevada, verano del 69, en el que los dos cumplimos dieciocho años. Yo iba integrado en un grupo de amigos, grupo tutelado por el eminente amigo mayor Peromo. Él iba solo, a pasar todo un mes como ermitaño.

Acabó el verano, comenzó el curso, y ya éramos compañeros en el Preu de Letras del instituto Padre Suárez de Granada. Y nos hicimos amigos: él venció la resistencia inicial que me inspiraba un tío tan raro, que iba a clase, todos los días, con traje azul y corbata. Creo que siempre con el mismo traje azul; y dudo si siempre con la misma corbata.

Y fuimos amigos, y compartimos muchos ratos de conversación, y muchas largas caminatas, y algunas barras de bar, y algunas sartenadas de habas verdes con jamón, y bastantes amigos.

Mi amistad con Luis Gallegos da para escribir un libro, pero yo dentro de cinco minutos suelto el teclado y me voy a tomarme un café. Y después, “si te vi no me acuerdo”.

Ya llevamos un buen puñado de años sin visitarnos ni comunicarnos para nada: una década, en cifras nominales.

Lo último que supe de él, metiéndome en algunas web poco recomendables pero de toda solvencia, es que los marines de Guantánamo han utilizado su tesis doctoral –¡la de mi amigo!—para torturar a los presuntos, que gritaban como energúmenos ante la mera amenaza: “¡No, por favor, otro capítulo de la tesis de Gallegos, no! ¡Por favor, mejor arrancadme otra uña sin anestesia!”

Probablemente esto está a punto de difundirse de primera mano, es decir, por boca de los mismos torturados, algunos de los cuales van a ser en breve nuestros huéspedes.

Naturalmente que yo acabo ahora de recordar a mi amigo Luis por un motivo concreto: por una feliz frase o parrafada breve que un día me soltó y que nunca he olvidado…

Pero ya han pasado los cinco minutos. Y me voy a tomarme un café.

San Juan

El bramido del Este es el del Puerto

y dura todo el año. Las grúas nunca paran,

ni la reparación de buques, ni

su aprovisionamiento.

El ruido del Oeste es otra cosa:

es la Feria, que dura una semana

(semana del solsticio de verano).

No me molesta el ruido,

salvo cuando se acopla con el de mi cabeza.

La resonancia es peligrosa: lo afirman los expertos,

lo prueban ciertos casos desastrados.

La noche de esta noche, oh noche de San Juan,

voy a prender mi hoguera,

alimentada con… con todas las épaves

que han dejado en mi playa las resacas

(como Robert De Niro en La misión,

arrastro este ruidoso bagaje lamentable);

y con mi ropa vieja del invierno.

Y como Kevin Costner en Bailando con lobos,

danzaré en su redor hasta la madrugada.

El sol saldrá y me encontrará nadando,

purificándome en el mar; y me bendecirá benigno.

Y ya purificado, liberado

de mi carga de restos de naufragio,

volveré a la Ciudad,

en la que no será ningún problema

para mí el fragor de su ajetreo.