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Sabiduría

Yavé, el Dios del Antiguo Testamento, dio a Salomón, al rey Salomón, la oportunidad de pedirle un regalo. Y Salomón le pidió… sabiduría, para gobernar con justicia a su pueblo. Y aquella petición agradó a Yavé.

A mí se me ocurre que la sabiduría es el fruto de la inteligencia humana. Un fruto que, como todos los frutos buenos, requiere un cultivo, una dedicación, un esfuerzo, unos cuidados.

Ahora mismo yo diría –no sé lo que diría yo mañana—que la inteligencia, para lograr el fruto de la sabiduría, tiene que contar con el trabajo de dos peones insustituibles: afán de verdad y humildad.

El primer peón impide que se dé por buena la verdad que es aceptada, e incluso pregonada, por muchos. La inteligencia tiene que mandar a su afán de verdad a indagar y comprobar esa presunta verdad. En caso contrario se cae en el riesgo inminente de comulgar con prejuicios, sean estos del tamaño de una rueda de molino o de una coquina.

El otro peón, decíamos, es la humildad. Y bien, comenzaremos recordando que, etimológicamente, humildad (cualidad esencial del humano) significa apego a la tierra. La inteligencia no convierte a los hombres en águilas, no les cambia su naturaleza. Ergo “llaneza, muchacho, no te encumbres”, que si te caes, te vas a dar un tortazo muy grande. Ande la inteligencia (y si circunstancialmente se para, no se duerma) con los pies sobre la tierra, y con su afán de verdad, como el ciego con su bastón, se cerciore de lo que tiene delante y a los lados. Lo que tiene detrás, lógicamente, ya está verificado.

La inteligencia, trabajando con humildad y afán de verdad, irá obteniendo el fruto de la sabiduría, que es un fruto difícil. Por eso, y tal vez también porque no lo hemos pedido a los dioses con la suficiente constancia, después de tantas generaciones de hombres sobre la tierra, las cosechas de sabiduría siguen siendo tan escasas.

Si entiendes lo que dice, no será tu enemigo

Cosas de la naturaleza humana: siempre estamos atentos a la posibilidad de encontrar un espejo en el que proyectar nuestra miseria; para verla fuera de nosotros, está claro (Freud lo estudió y lo explicó…). Y cuál mejor espejo que ése de un ser de nuestra misma especie al que oímos hablar en un idioma absolutamente impenetrable a la luz de nuestro coco. “¿Qué estará tramando ése, hablando de esa manera? ¡En la tuya por si acaso!”

Necesitamos machacar nuestras miserias, pero en el cuerpo de otro.

Si entendemos que Jordi está hablando en catalán con su mujer, y le está diciendo que la echa de menos, y que la quiere mucho, y que por qué no ha llevado a las niñas a ver a los abuelos en las últimas dos semanas, entonces Jordi no nos sirve: Jordi es como nosotros.

Y lo mismo que no nos sirve un individuo, no nos sirve un país, una vez que hemos leído siquiera una endeble traducción de la obra literaria de alguno de sus hombres.

¿Quién puede considerar un pueblo de monstruos delendos a los Estados Unidos de Norteamérica después de leer Las uvas de la ira, o a China después de leer Balzac y la joven costurera, o a Japón después de leer Tokio blues, o a Francia después de leer a Madame Bovary, o a Argentina después de leer a Don Segundo Sombra, o al antiguo Imperio Romano si leemos La Eneida?

A este planeta le están sobrando idiomas por todas partes.

En tanto que este mundo evoluciona hacia el idioma universal, y hacia la fraternidad universal, bienvenidas las traducciones. ¿Quién puede recelar de los egipcios después de leer la traducción de un relato de Naguib Mahfuz?

Ciento veinticinco más uno

¿Por qué, si tienes más de catorce años y eres español, todavía no has leído a Don Quijote?

Seguramente te has quejado alguna vez de lo que no funciona en este país: el gobierno, la calle, el instituto, la botellona, la alcaldía, tú mismo…

¡Ah! Tú mismo no funcionas… te da mucha vergüenza, por ejemplo, decir lo que piensas ante quien no es tu amigo de toda la vida, porque sabes que no te expresas con soltura ni corrección; llevas “estudiando” inglés desde los seis años, y eres incapaz de redactar, o de pronunciar, una frase de dos líneas en inglés; y de matemáticas sabes lo justo para que no te engañen cuando pagas un bollicao con un billete de diez euros.

O sea, es decir: eres una criatura lamentable, que en tantos años de vida, apenas ha andado unos pasos para salir del analfabetismo en que nació. Una criatura que lleva camino de no leer al Ingenioso caballero, por muy buen libro que digan que es, en todo lo que te queda de recorrido por el mundo.

Te propongo: empieza por ahí; por leer a Don Quijote. Sólo necesitas dedicarle un rato diario –puedes descansar los sábados y los domingos–. Además, seguro que en tu casa hay algún ejemplar desde hace años; y si no, te lo compras, que en todas las librerías venden ediciones baratas y buenas. A capítulo por día (no son largos los capítulos), en veinticinco semanas lo haces tuyo (¿cuánto te costaría hacer tuyo un cuadro de Velázquez?).

Te aseguro que habrás pasado por una experiencia que te hará sentirte otro hombre. No te digo que más feliz, ni más triunfador, ni más hermoso. Te sentirás más tú. Y a la vez te habrás ensanchado; y elevado (enquijotado); serás mejor: mejor pelanas, mejor escudero y mejor caballero. Y empezarás a merecer lo que aún no te mereces: que tu Dulcinea, que hace tiempo lloró al acabársele el capítulo ciento veintiséis de Don Quijote, se interese por ti.