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Cruz y aula

Este profe bloguero tiene la impresión de que hace ya muchísimo tiempo que desaparecieron de las aulas, en los institutos españoles, no sólo los símbolos de la religión católica, sino cualesquiera otros símbolos que testimoniaran pertenencia o adscripción a una religión, a un Estado, a una sociedad, a una cultura.

¿Está uno contento de tal ausencia de símbolos? No pienso que sea tan mala su presencia, al contrario. Además, en el caso de los símbolos religiosos, es muy incoherente que se pretenda garantizar la enseñanza de las distintas religiones que profesan los alumnos –en la práctica no se cumple—y a la vez se obligue a erradicar los símbolos de estas religiones.

No hemos visto que la Unión Europea fuera eliminando banderas de países que asumían la de la Unión, sino que unía estas banderas a la de la Unión. Y lo mismo en la ONU.

¿No sería oportuno, para el aprendizaje de la convivencia pacífica, que en las aulas pudieran coexistir fraternalmente los símbolos de las distintas religiones con los símbolos que representan la negación–¡que no el rechazo!—de cualquier religión?

Con una condición indispensable: todos los credos, diffidos y discrepos, para ser legales, deben acatar las leyes de los Estados democráticos en los que estén asentados o pretendan asentarse.

Recuerdos y olvidos

Es el título, creo, de uno de los muchos libros de Francisco Ayala que yo no he leído. Espero que aún no sea demasiado tarde para paliar tal carencia. Pero de lo que yo quiero escribir ahora unas líneas es de unos recuerdos y de unos olvidos más cercanos a mí.

· Mi cuñado Pedro es profesor de Tecnología en un instituto de la provincia de Granada. Él y algunos compañeros suyos han formado un grupo musical, un conjunto… Me manda unos enlaces para que pueda ver unos vídeos correspondientes a una de sus actuaciones. Al final del concierto, uno de ellos va diciendo los nombres de los músicos: Fulano de Tal y Tal a la batería… En seguida mando un e-mail a mi cuñado Pedro: en la mili, en el campamento de Cerro Muriano, entre principios de enero y mediados de marzo de 1976, cuando “juramos bandera” y nos repartieron, mi mejor amigo fue un recluta motrileño, que ya era maestro como yo ya era licenciado en Filología Románica, que se llamaba Fulano de Tal y Tal. Mi cuñado Pedro habla con su colega el batería: efectivamente es la misma persona, pero no recuerda absolutamente nada de aquella amistad conmigo.

· Ayer sábado, por la mañana. Transito a pie, con mi hija Hebe, por una de las calles de nuestro pueblo de Granada. Un conductor, al rebasarnos, hace sonar el claxon: lo miro y veo que es un viejo amigo que saluda; un amigo al que he visto con cierta frecuencia en los últimos años. Pero en el coche, que se va distanciando rápidamente de nosotros, va también una mujer, que vuelve hacia atrás la cabeza y dice adiós con la mano, hasta que ve que la he reconocido y le devuelvo el saludo. No era difícil que la reconociera: era la esposa de mi amigo; pero, en los últimos veintitantos años, sólo la he visto una vez. Aun así, ella me manifestó de manera sencilla y espontánea que no había olvidado nuestra amistad de juventud.

· Ayer sábado, una hora más tarde. Estoy en una residencia de ancianos. A un metro de distancia de mi vista, un señor vestido de negro, o de un gris casi negro, habla con alguien del personal de la residencia. Y yo me quedo quieto parado, en espera de que termine su conversación para saludarlo: fue compañero mío en el seminario de Granada, y luego en el Instituto, y luego en la Facultad de Letras. Lo reconozco aunque no nos hemos visto ni una sola vez en más de treinta años. En ese instante no recuerdo su nombre ni el recuerda el mío; un olvido lógico que en seguida subsanamos. Fue un encuentro muy breve (cada uno tenía que ocuparse de sus asuntos), pero suficiente para que intercambiáramos información importante acerca de lo que habían sido nuestras vidas en tres décadas. Y nos despedimos con afecto fraternal.

Los tres tercios (teoría)

Mi primo Paco Marruecos –en paz descanse—alguna vez le oyó decir al cura que los medios indispensables para la salvación eterna eran tres. Probablemente el cura se refería a las virtudes teologales, las virtudes cardinales y los dones del Espíritu Santo. Pero mi primo Paco, que era una cabra que tiraba a la bodega, en cuanto empezaba a beber vino, procuraba no parar antes de haberse bebido los tres medios que hacían falta para salvarse: los tres medios litros. Mi primo Paco era un alma de taberna y sacristía, un alma de niño viejo; por eso todo el mundo en el pueblo le perdonaba que no respetara el equilibrio de la unidad, de los tres tercios.

Mi primo Paco, sacristán vocacional del vino de misa,  se murió. Y después se murió su hermano Antonio, éste sí alma de cántaro de agua, pues era abstemio riguroso. Y hace pocos días se murió también la hermana mayor, mi prima Trini, que no sólo era abstemia del vino, sino también de las palabras, pues sólo las usaba para responder: jamás para comentar o preguntar. En fin, que mi familia de sangre es cada vez más mi familia de tierra. Pero dejémonos de preámbulos y de parientes, que se nos va la pascua, y entremos en el meollo de la teoría: la clave del equilibrio, la síntesis unitaria, la santa trinidad de los tres tercios.

· Decimos que una persona adulta, para vivir con salud, necesita repartir su jornada en dormir, mantenerse y trabajar, con escrupuloso respeto del triple tercio: ocho horas para cada.

· Los árboles –en los de hoja caduca salta a la vista—reparten, ¡si se les planta donde se debe!, su año solar en tres perfectos tercios, que dedican sucesivamente a: dormisoñar (los de hoja caduca duermen desnudos), florifructificar (cuánta hermosura y riqueza puede originarse en un profundo, alto sueño) y agostotoñarse (agotarse, acogotarse, extenuarse).

· Un cerdo de raza –o sea, cerdo de Iberia Fecunda—necesita un tercio del año para crecer, otro tercio para engordar, y un tercer tercio para curarse de espantos: ya es exquisito manjar.

· Y, finalmente, volvamos a las personas humanas (en contra de lo que vulgarmente se dice, humanos son también los cerdos y los árboles). Para vivir con garantías de éxito, los humanos personas necesitamos repartirnos en tres tercios: un tercio de inteligencia, un tercio de estupidez y un tercio de ambición. Si las proporciones fallan, no hay seguro que responda.

· Y, dentro de los hermanos humanos, volvamos de lo general a lo particular; a lo particular de este individuo concreto que es un servidor: que se bebe sus tres tercios de cerveza y… funambulante perfecto.