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Últimos Reyes

Los niños pobres no creen en los Reyes… Mis alumnos de Bachillerato conocen una columna de Julio Camba que trata el tema con la maestría del maestro.

Yo fui un niño pobre; y mis Reyes fueron paupérrimos; no hablo de los Reyes de mis hijas: el panorama había cambiado bastante.

Mis Reyes fueron, por ejemplo: un rosco atado con un hilo en la chimenea; un rosco que parecía hecho de cascajo molido, y luego encalado en lugar de azucarado. O una escopeta con su bala de corcho atada a una cinta roja: una mierda de escopeta. Aquel año sí que le hicieron a mi hermano Manuel, siete años mayor que yo, un buen regalo; y se me iban los ojos detrás de aquel objeto mágico que yo sólo pude tocar un instante: un bolígrafo.

Y continuando con los juguetes bélicos que me tocaban, frente a los culturales que le tocaban a mi hermano: me desteté de Reyes con una pistolica de agua. Me dio tanta vergüenza aquella miseria de regalo, que no lo saqué a la calle hasta pasado un mes, para que ningún colega de los que campaban por los Eras Altas me lo asociara con los Reyes Magos. No obstante, alguno de aquellos cabrones ató los dos cabos: “Esto te lo han echao los Reyes este año.” “¿Qué dices, gilipollas?”

Este año espero que no me echen nada… Porque, a mi edad, lo único que echan son desgracias (lo bueno se lo tiene uno que comprar): la avería de la lavadora, una lumbalgia, la muerte de un familiar (cuando no la propia).

Queridos Reyes Magos: os tengo calados desde hace mucho tiempo. Pasad de mí.

Año nuevo, vida vieja

Queridos amigos, queridos enemigos:

Aunque empecemos año y década, no queráis empezar nueva vida. Nuestra vida la empezamos cuando nació el primer hombre, o la primera hembra, o la primera criatura viviente sobre la faz del planeta. Nuestra vida la empezamos hace mucho, mucho tiempo.

¿Y del futuro…? Del futuro no hay nada que decir, porque nada sabemos. ¡Nada no! Algo sabemos del futuro: que para que nos llegue, cada día, al acostarnos, tenemos que dejarle abierta nuestra puerta. Pero no programarlo anticipadamente: el futuro, cuando llega, es autónomo.

El comienzo del año es un juego de niños. Seamos niños, juguemos. Digamos a cada paso, a cada encuentro, “¡Feliz diez!” Pero no queramos imponerle nuestras leyes al futuro. Sólo vivámoslo cuando se haga presente.

No os grabéis (no os gravéis con) propósitos ingenuos: propósito de no beber, que os durará hasta la hora de beber; propósito de no fumar, que sólo os amargará el próximo pitillo; propósito de no ver la tele, que durará hasta que empiece vuestra teleserie favorita; propósito de hacer deporte, que sólo os durará mientras os compráis el equipo en la tienda de “Todo por el cuerpo”.

Tomaros la vida como los reyes Isabel y Fernando se propusieron conquistar los granos de Granada: uno a uno.

Que no os amarguen las imperfecciones del camino; que tampoco os embriaguen en exceso los dulzores del paisaje o del hospedaje. Vivid (caminad) despacio, para no atragantaros.

Queridos amigos, queridos enemigos: ¡feliz año nuevo!