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Infancia omnívora

Paseando con mi hija Hebe, por epatarla, por espantarla, o por ayudarla a que se haga una idea más precisa de la distancia que hay entre sus trece años y lo que fueron mis trece años, le digo que, en cuanto veo un gorrión, me lo imagino frito, “porque es que están buenísimos fritos”. Ella inclina su cabeza para apartarla de mi persona, extiende el brazo para apartarme a mí, por réprobo, de su persona, y, casi al borde de la arcada, musita: “¡Papá…!”

Yo le he dicho la verdad… No sólo los gorriones fritos estaban buenos cuando yo era un crío: todos los silbos alados, una vez preparados y pasados por aceite hirviendo o por las meras ascuas, estaban de rechupete.

Teníamos hambre. No había lugar para remilgos. Así que nos lo comíamos casi todo. No sólo las moras maduras en estío, sino los brotes verdes (de qué me suena este sintagma, mejor lo cambio), sino los tallos nuevos de la zarza en primavera. No sólo las majoletas rojas en septiembre, sino también en abril las hojas del majoleto, a las que llamábamos pan de pastor. Nos comíamos en primavera las flores de los olmos, a pesar de haberlas bautizado con el feo nombre de piojos. Por lo menos a las semillas de las malvas las habíamos bautizado con más cristiano apelativo: panecillos; y de verdad son unos micropanes de irreprochable sabor y de almo poder.

Y para qué hablar de los productos cultivados –fuese quien fuese el dueño de la huerta o del secano donde se criaban–: las habas verdes para San Marcos, las higueras desde San Juan hasta San Miguel… Las uvas, ¡dios!, las uvas… Agazaparse entre las cepas y ponerse como una raposa parturienta, ¡qué delicia!

Lo malo, el malo, era el guarda de la vega: con su escarapela en el sombrero plano, su cayado en perpetuo gesto de amenaza, su carabina en bandolera, y su cara de implacable ira… Ustedes se imaginan que estamos tres o cuatro renacuajos en lo alto de un cerezo, pegados a las ramas como larvas, tragándonoslas hasta con hueso, por no perder tiempo en desprenderlos y escupirlos y porque, según se decía, así no se nos iba la barriga. Y de pronto uno de los enanos cerasífagos del grupo, que ya se sentía saciado y le apetecía divertirse a costa de sus colegas, exclama con voz gutural y sorda: “¡El guarda!”

En fin… que había que aguzar el ingenio para redondear la panza.

Por supuesto, pasado el sobresalto inicial, mi hija Hebe me comprende y me perdona mis boutades, mis burradas, mis cuasiputadas. Lo mismo que yo perdono sus remilgos, recelos y reprobaciones.

Y deseo, cómo no, que ni a ella ni a nadie de su generación, le falte nunca la comida.

Compadres

Muchos amigos y conocidos de mi pueblo de Granada, cuando llegaron, hace veinticinco o treinta años, a una situación laboral que les permitía pensar en comprarse una vivienda, pensaron en comprársela en nuestro pueblo de Granada, y no en ninguna otra parte, aunque su trabajo lo tuvieran a trescientos kilómetros del pueblo, y de que no tuvieran nada claro en qué año podrían hacer el lógico y esperable uso de la vivienda que se compraban.

En cambio, mi mujer y yo, ambos del mismo pueblo de Granada, cuando nos vimos en esa tesitura de comprar vivienda, optamos por comprarla, no en nuestro pueblo de Granada, sino en esta ciudad de la provincia de Cádiz, donde teníamos y tenemos el trabajo. Y en esta ciudad hemos criado a nuestras hijas y ejercido nuestra profesión.

A estas alturas de mi vida, creo que la nuestra no fue una mala opción.

Me gusta echar un rato con los compadres de mi pueblo de Granada, amigos de toda la vida. Me gusta visitar mi pueblo de Granada, aunque, al menos en los últimos años, siempre me recibe con un muerto en los brazos, para que el primer paisano al que abrace sea siempre ese paisano que vuelve al seno de la tierra de mi pueblo.

Pero, si hubiese vivido de modo estable  en mi pueblo de Granada, creo que en mi vida habría habido un exceso de compadres, de familiares, de amigos, de conocidos, de parientes próximos, mediodistantes o remotos.

Aquí, en esta ciudad situada a trescientos kilómetros de mi pueblo de Granada, he vivido más suelto, he podido cumplir mejor las obligaciones, casi siempre benditas obligaciones, de mi trabajo; que es un trabajo que me gusta. Y, poco a poco, me han ido saliendo otros compadres, de la más variada índole. Para empezar, o para terminar, unos compadres cuya presencia física nunca he tenido delante, al alcance de la mano; pero en cuya compañía he pasado muchas horas: Antonio Muñoz Molina, Juan Eslava Galán, Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías, Rosa Montero, Juan José Millás, Miguel d’Ors, Rafael Reig, José Luis García Martín, Jon Juaristi… Éstos por mencionar sólo a algunos de los que están físicamente vivos y tienen, más o menos, mi edad. Porque la nómina de los que nos dejaron su preciosa y valiosa obra, y luego se fueron a descansar en los brazos de la Tierra, es muchísimo más larga: desde Homero a Miguel Delibes, pasando por Jovellanos, Cervantes, el Arcipreste de Hita o Virgilio.

Y ya acabo por hoy; que en la mesa me esperan el último libro de Muñoz Molina y un montón de ejercicios de mis alumnos.