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Urinate et cacate

Cuánto engalanan

los orines caninos

nuestras farolas.

Canes y canas,

urinate pro eis

a todas horas.

Y en cada alcorque

caigan cacas caninas

que tanto abonan.

Antes morir que pecar

Era el lema que más le gustaba repetir a nuestro reverendo padre espiritual, don Manuel Prados. Que era, según decían, un excombatiente de la guerra civil metido a cura. Y si esa era la verdad, el ascetismo del seminario le debía parecer un lujo comparable al de la Domus Aurea de Nerón.

O sea, que para él pecar de gula podía ser rebañar el plato de sopa con una miga de pan; pecar de lujuria, mirar con disimulado arrobo a la figura de la elegante señora que andaba y desandaba el pasillo central de la capilla, en la misa solemne del domingo, para recibir la sagrada comunión; pecar de soberbia, sonreír con evidente satisfacción cuando el profesor te cantaba el sobresaliente que habías conseguido en Matemáticas.

Los pecados cuasinefandos del seminario no pasaban de puerilidades que, traspasados aquellos muros, a todo ser sensato y adulto, le hubieran provocado una erupción de hilaridad. Nuestro padre espiritual constituía el mejor paradigma de la ingenuidad. Fuera de aquel recinto que creíamos protegido por el santo manto de la Virgen de Gracia, nuestros pecados de entonces eran tontos. Pero el lema que hemos encumbrado al título de esta entrada seguía (y sigue) siendo grande.

Porque podía (y puede) hacer grande a quien lo asumiera, individuo solo o sociedad entera, si lo asumía después de esclarecer con la luz de la conciencia la naturaleza del pecado a que se refería.

Hoy ya nada es pecado. Hoy ya no hay nada cuya defensa merezca que le entreguemos el sacrificio de nuestra vida. Por ello nuestra vida puede ser larga, pero siempre inane. Por ello nos deslizamos por la fea pendiente de la decadencia. Hasta la ruina final.

Un pedazo

Este curso doy clase de Lengua en 1º de ESO D, que se aproxima a los treinta alumnos, pero no llega. Alumnos que no sólo me tienen a mí como profe de Lengua: tienen otros tres profes más, sí, a otros tres profes más para la misma asignatura. Excepto los viernes a última hora, o sea, de dos menos cuarto a tres menos cuarto. Esa última hora lectiva de la semana la pasa el grupo entero conmigo. Y no me pregunten por qué: es uno de tantos misterios que encierra, en los institutos públicos de ahora, el dogma de la Atención a la Diversidad.

Y ya el discreto lector cree que va entendiendo el título de esta entrada: yo lo que quiero es quedarme, también en la última hora de los viernes, con un pedazo de 1º D, en lugar de tenerlo entero para mí solito.

Pues no: se equivoca el discreto lector.

Lo que quiero contar es que el viernes de anteayer, cuanto estábamos a punto de llegar todos indemnes al último cuarto de hora, ese cuarto de hora en que “los minutos se hacen eternos” –gracias, compañero Andrés, por permitirme usar tu expresión-, en esos delicados momentos que estábamos atravesando, digo, un alumno barra alumna se tiró un pedazo: un enorme pedo que estalló como un tiro de escopeta.

Y si hasta ese momento el orden en la sala había sido un punto menos que precario, hágase cargo el discreto lector de la tremenda tormenta que pudo desatarse después del trueno.

Pero bueno… Uno tiene ya muchas jornadas de navegación en este inquieto mar Esóano. Y no pierde la calma por una tormentita de nada.