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Un sustantivo
Una palabra de nuestro idioma que, en un momento dado, bastante reciente, perdió el brillo y el prestigio que tenía y se convirtió en escoria.
El sustantivo al que me refiero es caridad.
Lo pensé el otro día al pasar por la puerta de la parroquia, la próxima a mi vivienda, y leer en la puerta un cartelito: MERCADILLO SOLIDARIO.
En seguida pensé: ¿ni siquiera en la Iglesia Católica se ha mantenido el aura de la palabra caridad? Y me respondo: lo ha mantenido como nombre propio de una institución benéfica dentro de la Iglesia: Caritas; y, al mismo tiempo, se ha dejado ganar por el encumbramiento de la nueva palabra: solidaridad.
El sustantivo caridad tiene un alto y preclaro abolengo en la cultura grecolatina. En griego la jaris, genitivo járitos (castellanizamos y prescindimos del alfabeto) es la gracia, el encanto. Y las Járites, las tres Járites, eran tres diosas hijas de Zeus, asociadas a la belleza, tanto de la naturaleza como del espíritu. Recordemos, por ejemplo, El triunfo de la Primavera, de Botticelli, donde aparecen con sus manos entrelazadas, realizando una especie de danza lánguida y sensual.
El cristianismo, en sus comienzos, utilizaría el prestigio de este nombre griego. Se lo adjudicó a uno de sus elementos principales, la eucaristía, la “buena gracia”. Y la Virgen María, en la oración primordial que se le reza, sería llamada kejaritomene, llena de gracia.
La palabra latina caritas es la hermana de la griega jaris. Y el adjetivo, carus (querido, caro) ha permanecido bien arraigado en nuestra lengua, aunque con un significado reducido a ‘cosa de elevado precio’.
Por supuesto, también la doctrina y el culto cristianos echaron mano de la noble palabra latina caritas para predicar. Ubi caritas et amor, Deus ibi est, se cantaba en los templos. La palabra caridad representaba el mandato fundacional del cristianismo: “Amaos los unos a los otros”. San Pablo lo predica, con especial impacto, en una de sus cartas: Si no tengo caridad, si caritatem non habeam, todo lo demás es farfolla y ruido, viene a decir.
Así que podríamos decir que la palabra caridad se ha mantenido como la clave del mensaje cristiano, el amor fraternal, hasta que, en la segunda mitad del siglo XX, los dogmas marxistas se fueron adueñando de la cultura de la calle: La Lucha de Clases impondrá la Justicia. Es Justicia lo que el mundo necesita, y no las migajas de la caridad cristiana.
Así que la palabra caridad fue quedando relegada a los ámbitos catacúmbicos de un cristianismo en recesión, mientras iba ganando prestigio el sustantivo solidaridad. Porque al fin resultó que la palabra justicia sonaba demasiado fuerte. Ya sabemos lo que significa ajusticiar a alguien. La Justicia está bien para imponerla a los poderosos, que deben ser sustituidos por otros poderosos, por una nueva aristocracia. Pero si a quienes miramos es a los pobres, a los más necesitados, nos contentaremos con practicar la caridad, con repartirles algunas migajas solidarias.
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Soy feliz
He llegado a la jubilación con un grado de salud aceptable.
Algunas veces, en la última década, imaginaba, como una pesadilla, lo contrario: que continuaba laborando en el instituto cuando ya se había adueñado de mi persona la decrepitud.
Nada de eso. Tengo salud. Y ahora me compadezco de los que siguen teniendo que ir cada mañana al instituto. Porque sé que es muy duro tanto para alumnos como para profesores. La culpa: de los que organizan el cotarro, que son unos completos ineptos.
Tengo salud, una pensión razonable y una familia envidiable: tres hijas maravillosas y una esposa que ni me merezco, ni me he merecido, ni me mereceré. No quisiera sobrevivirle ni cinco minutos, aunque no temo por ello: es de una débil salud de hierro. Me sobrevivirá ampliamente, como su madre está sobreviviendo a su padre.
Y tres hijas maravillosas. Sí, señor. Las dos mayores han acabado estudios universitarios y se buscan la vida, a pesar de lo difícil que se lo hemos puesto a toda su generación. Y la más nueva, estudiante de Bachillerato, es la niña de mis ojos, las campanillas de mi corazón.
Vivimos en una ciudad de perpetua primavera. Camino diez minutos desde la casa, y ya estoy en la playa, donde me descalzo y paseo por la caricia de las olas en la arena. Y si es octubre, mejor: apenas gente: una joven madre con su niñito de tres años, una mayor como yo, zapatillas en mano, alguna bella pareja que quizá apura la penúltima llamada vacacional, antes de que las obligaciones estudiantiles los separen.
Soy feliz. Pero a veces estoy cansado, o deprimido, o enfadado. Otros, en esas circunstancias, soltarían una palabrota, o una soez y rotunda blasfemia. Yo, en cambio, como soy de Letras, escribo un epitafio y lo cuelgo en este blog: porque es literatura decente y no merece ser destruido.
A algunos, o algunas, por el epitafio o por aludir al tema de la muerte, les parece que soy infeliz. Pero pensar que nuestro tiempo en la tierra es limitado no nos hace infelices ni desgraciados. Al contrario: nos urge a aprovecharlo, a buscar el amor que, empezando por el propio, nos hace echar raíces en la vida.
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