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Raúl del Pozo

Muy perplejo me dejó ayer la columna de Raúl del Pozo en El Mundo. La tituló «No escribir gratis»; y, efectivamente, la gratuidad a la que se refiere aquí el adverbio es la ausencia de compensación pecuniaria.

Si no vas a cobrar por ello, nos dice, no escribas, porque harás competencia desleal, peor, harás dumping, peor, harás el gilipollas.

Yo no sé si este teclista, peñolista, escritor o periodista, que ocupó en la «contra» de El Mundo el espacio que dejó vacante Francisco Umbral con su fallecimiento, yo no sé si este Raúl del Pozo se ve a sí mismo en situación tan precaria en lo económico; creo que habla más bien de no pocos de sus colegas que han caído arrumbados en el paro, sin que ningún empresario o editor esté dispuesto a pagar un euro por lo que escriben.

Debe de ser horrible verse llegado a una edad avanzada y sin ingresos, y peor aún, con cargas familiares. Debe de ser muy duro para quien antes ha gozado de una posición holgada o al menos suficiente; y de pronto siente que todo se desmorona a su alrededor.

Pero, Raúl, no pidas a los que escriben sin cobrar que no escriban. ¿Le pedirías algo equivalente a un aficionado a tañer la guitarra, a cantar, a dibujar, a jugar al fútbol?

Son esos que practican tu arte por afición, no por oficio, los que mejor preparados están para valorar tu obra, para pagar unos euros por ella, para decir a tu patrón, con su asiduidad, con su admiración, que tu escritura merece la paga.

Yo, que a ratos me divierto tecleando en este blog, podría leer gratis tu columna, pues tu periódico la cuelga en su edición abierta, pero la leo en la edición de pago porque estoy suscrito a ella. Leve carga económica, la suscripción a la edición digital, que yo llevo con gusto, para colaborar a que tu periódico y sus periodistas sigan siendo lumen mundi Deo gratias.

Universidad

Al final de la lectura de esta entrada, quizá alguien concluya que me he metido a abogado de ricos sin cobrar. ¿Quién vive mejor y mejor pagado que los profesores universitarios, en esta España reseca, tan escasa de agua como de euros? Pues bien: defendiendo a los profesores universitarios, reivindico las exigencias de sus alumnos, reverencio la institución en la que todos ellos están integrados, y muestro preocupación por un problema de la sociedad en la que vivo.

Hace muchísimos años que acabó mi etapa universitaria. Desde entonces, salvo algún rato de conversación con algún profesor o alumno, salvo la lectura de algún artículo —nunca un libro, que ahora recuerde— no he tenido contacto con la institución. Sin embargo, todo lo relacionado con la Universidad me afecta, me importa, me reconforta o me duele. Es como si esa etapa de la vida «imprimiera carácter», como nos decía el catecismo acerca de algunos sacramentos.

En mi entorno familiar, además, cuántos titulados universitarios, a pesar de que mi madre nunca pisó la escuela ni nunca aprendió a leer, y de que mi padre sólo aprendió un poquito durante su servicio militar. Y dentro de ese entorno familiar, el círculo más próximo, formado por mi mujer y mis tres hijas, cada una con su experiencia universitaria.

Siento, una vez más, que me he extendido demasiado en el preámbulo. Pasemos al cuerpo de la entrada.

Todo el mundo parece dar por sentado y por correcto que los profesores universitarios tienen que dedicarse, a partes iguales más o menos, a la docencia y a la investigación. ¡Cómo va a dar clase a universitarios quien no es capaz de compaginar la docencia con la investigación!

Pero también oímos no pocas quejas de alumnos universitarios acerca de profesores que no se toman en serio su labor docente, que en clase no les importa inducir al sueño más que a la ciencia, que se buscan subterfugios para dedicar menos del mínimo tiempo exigible para correcciones de exámenes y trabajos, y para atención personal a alumnos; los cuales se sienten postergados por sus profesores.

¿No podría ello deberse en parte a que tengan que simultanear dos tareas, la investigación y la docencia, las dos tan absorbentes y tan exigentes?

Un profesor universitario debe estar al tanto de lo que se va investigando y publicando en su materia: sólo eso, sin necesidad de estar él también investigando.

Los universitarios necesitan un profesorado plenamente dedicado a la docencia. Otra cosa será que los profesores puedan (o incluso deban) abandonar periódicamente esa labor para desarrollar un proyecto de investigación, durante un año, un bienio, un trienio. Para luego volver, con energía y vocación renovadas, al encuentro con los alumnos.

Y mucho mejor si se les retiran esas estúpidas cargas burocráticas, que para lo único que sirven es para tapar con escritos hueros las vergüenzas de la Administración.

Rosa, rosae

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