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La penosa ortografía

No he leído, a pesar de su brevedad, la carta de Javier Fernández a Pablo Iglesias. La vi, cansado y somnoliento, en la edición de El Mundo, en la que ya aparecía con los mil o mil y tantos circulitos típicos de las correcciones ortográficas.

Santiago González escribía de esta carta en su columna de ayer (en el mencionado periódico):

Dejando al margen el hecho lamentable de haya diseminado las comas a voleo, como si fuera un sembrador de avena, esa carta es el documento más sensato que ha salido de Ferraz en los últimos dos años.

Pero a uno no le queda más remedio que objetar (aparte el ‘que’ ausente: Santiago González escribe muy bien): no tan sensato, si descuida tan ostentosamente aspectos tan básicos para la buena escritura.

Una carta, además, que, según todos los indicios, recibió toda la prensa al mismo tiempo que su destinatario. No era, por tanto, una carta a Iglesias, sino una carta a todos los españoles.

De todas formas yo no escribiría aquí nada sobre este penoso asunto, si no hubiera encontrado ayer (a las 16:35), en la web de Casa del Libro, la presentación del último (por ahora) de Juan Eslava Galán, escrita así, tristemente tal cual:

 

Un libro riguroso y ameno que nos ayudara a entender la Revolucion rusaEl triunfo de la Revolucion rusa transformo el mundo y fue trascendental para la historia de la politica contemporanea. Este libro, riguroso y ameno, nos ayudara a entender los motivos que provocaron el derrocamiento de los Romanov y el triunfo de la Revolucion.Fiel al estilo divulgativo y riguroso de Juan Eslava Galan, el lector encontrara en estas paginas un relato trepidante, divertido, emocionante, lleno de intrigas, conspiraciones palaciegas, motines, atentados, creencias casi esotericas y enredos de todo tipo para explicar los antecedentes y los porques de la Historia. Una obra que se lee como una novela y que cuenta con detalle las biografias de sus protagonistas. Bolcheviques y zares, lujo y miseria, para abordar las luces y las sombras de este periodo trascendente.Conoceremos el origen de la familia Romanov; sabremos que le paso a Karl Marx; sufriremos con la miseria de los campesinos rusos; y aprenderemos a entender lo que significo el domingo sangriento, autentica mecha de la Revolucion, entre otros muchos acontecimientos.

Un texto que sin duda es copia (mala, pésima) del que aparece en una de las solapas de la edición en papel. En la página de Amazon aparece el mismo texto, sólo que bien copiado. Así que me compraré el libro en Amazon: me fío más de quien hace las cosas bien.

Humanos sin fronteras

Un hombre tiene derecho

a laborar donde quiera.

Levantar una frontera,

para que viva a despecho

de su anhelo, es grave hecho.

El campo no tiene puerta;

y la ciudad está abierta

para cualquier ser humano

que, con espíritu sano,

busca su mejor oferta.

El mismo cielo

Emulando —o imitando servilmente— al maestro Martín, me admiro pensando en la cantidad de temas que hoy podría tratar en estas líneas (si yo supiera algo de esos temas): que ya están a la venta las entradas para las corridas de la feria, que ayer ganó el Real Madrid, que los curas hacen su agosto en mayo con las comuniones, que Francia nos tiene a los europeos con el corazón en un puño.

Pero, como nada sé de esos temas, voy a escribir de otro tema del que tampoco sé nada, pero que al menos lo he visto en los dos últimos días, los dos primeros de mayo: una teleserie de una temporada y seis episodios titulada El mismo cielo (The Same Sky).

A mí, sin fijarme en los títulos de crédito, me ha parecido una teleserie alemana, a pesar del título en inglés. No sé, será una coproducción.

Y me ha resultado una sencilla lección de Historia. Historia Contemporánea con mayúsculas, pero también con minúsculas, contemporánea o coetánea respecto a mí mismo, pues el protagonista cumple 25 en el 74 (mes más, mes menos), cuando yo cumplía 23: me lleva dos años; y vivía en Berlín (en uno de los dos Berlines que había entonces, tan distintos) y se había preparado para ser un espía, mientras que yo vivía en un pueblecillo de Granada, tan cercano a la ciudad que me permitía ir cada día a mis clases como alumno de Filología. Cada día excepto los que tenía resaca, por haber estado bebiendo durante la noche anterior con mis amigos Falín y Cipriano, o con cualquier otra vida perdida y perdularia que por las tabernas de Gójar se moviera.

La historia que esta teleserie nos cuenta puede verse —yo así la he visto— como un símbolo anticipado de la caída del Muro y de la reunificación de Alemania (lo que ocurrirá unos quince años más tarde), así como de la posición central de esta Alemania reunificada en una Europa que camina en el tiempo por la senda de las libertades políticas y sociales.

Y nada más diré del argumento ni de los personajes. A ver, de éstos sí, diré algo: todos, hasta los que parecen más ambiciosos, o lacayunos, o torpes, o cobardes, están vistos con indulgencia. Hay que perdonar, tenemos que perdonarnos las propias debilidades, y seguir adelante.