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Historiadores

No todo va a ser hablar –o escribir– acerca del coronavirus, o padecer su veneno. Venceremos al virus, y la solidaridad y cooperación a nivel mundial saldrán reforzadas.

Ahora lo que quiero es hacer una explicación de la explicación que fue mi entrada sobre El infinito en un junco, de Irene vallejo.

Mencionaba uno ahí a tres historiadores –Harari, Ferguson, Vallejo– cuya lectura le ha resultado de gran impacto: por su preparación, su capacidad de comunicación y por su honestidad y sencillez personal.

Esta tercera cualidad, aunque parezca que tiene poco que ver con el trabajo del historiador, es fundamental. Porque no es lo mismo que el autor parta de una posición ideológica, o política, muy definida, que si investiga y escribe desde su honesta, y humilde, perspectiva personal, siempre abierta a una posible modificación, a partir de los datos que va encontrando.

Es decir, un historiador es un intelectual independiente –valga la redundancia–, no está sometido a una escuela, a un partido político, a una ideología, a una teoría, a una religión.

Y el lector lo ve venir, presentarse con su bagaje de información, con su sensibilidad personal, su íntimo interés por esclarecer el pasado, su manera de contar y de escribir.

Si se suele decir, en literatura, que el ensayo es el hombre, por lo personal que es este género, una monografía histórica será un ensayo histórico o será un mamotreto de los que se hojean, se colocan en la estantería y se olvidan.

Un historiador no es un pontífice –y menos un acólito– de ninguna religión o poder, es un hombre –o una mujer– que ha investigado unos temas del pasado, y los expone desde su personalidad y perspectiva, y escribe con plena conciencia de que otros historiadores podrán venir después con otros datos y otra visión de ese pasado. Y así avanza el mundo.

Sillín de ruedas

Después de cuatro años de bici colgada, el verano que está acabando me ha traído un grato y fructífero reencuentro con la máquina.

Estoy ahora convencido de que los daños y dolores en el metatarso y dedo segundo del pie derecho me los produjo el mucho tiempo de llevar en los pedales unas punteras demasiado cortas, con lo que presionaba demasiado contra ellas para mantener la posición adecuada de pies sobre pedales.

Sé lo que es llevar calas en lugar de punteras, y sé lo que es caerse con los pies atrapados en las calas. Así que las dejo para los ciclistas de verdad, y yo sigo con las punteras, pero con otras punteras más largas, que se adaptan mejor a mis pies.

Siempre he sido, cómo no, amante y practicante de las caminatas pedestres. Aunque en los últimos años también estas expansiones me han ido resultando progresivamente más trabajosas. El sobrepeso del cuerpo, claro. El alma pesa cero gramos; y la conciencia, que cada uno sopese la suya.

En fin, este menda está muy contento de su reencuentro con la bici, de haber ido subiendo en fuerzas, fuelle y confianza en la máquina. Y de su vuelta a ciertos hermosos parajes de las riberas del Dílar. Cómo esparcían aroma las gayombas y otros arbustos, con qué potencia bramaba el río.

La vida se ve muy corta cuando uno se va acercando a la setentena. Lo vivido se ve corto, y lo que se espera vivir…

Ergo, mientras uno pueda ser no un anciano en silla de ruedas sino un mayor en sillín de ruedas, carpam diem.

Hacia el imperio global

Uno de los temas de actualidad que las noticias nos hacen mirar con mayor atención es el de los movimientos migratorios.

Europa está recibiendo unos flujos migratorios intensos, a pesar del imponente freno de las fronteras exteriores. Y al mismo tiempo, en América, Donald Trump viene dando una tabarra insoportable con el dichoso muro de la frontera con México.

Las desgracias, tragedias y crímenes que se vienen produciendo entre los que aspiran a llevar una vida mejor en una tierra distinta y distante de aquella en la que nacieron, esas desgracias nos horrorizan a todos.

Pero, por otro lado, parece que no nos libramos del recelo de sufrir una avalancha migratoria que termine quitándonos el pan de la mesa, o el médico de la cabecera de la cama en la que una enfermedad nos tiene postrados.

A pesar de lo mucho que se ha avanzado hacia la globalización económica y cultural, parece que la idea de la igualdad de todos los seres humanos —que eclosionó hace más de dos siglos con la revolución francesa— no acaba de convencernos.

«Libertad, igualdad, fraternidad». No solo para todos los ciudadanos franceses; no solo para todos los ciudadanos españoles o peruanos, sino para todos los ciudadanos del mundo.

Voy a copiar ahora una breve cita de Harari (si no han leído ustedes sus dos luminosos libros, De animales a dioses y Homo Deus, ya están tardando demasiado), del capítulo 18 del primero de esos dos libros:

 

Tal como se ha explicado en el capítulo 11, estamos asistiendo a la formación de un imperio global. Al igual que los imperios anteriores, también este hace cumplir la paz dentro de sus fronteras. Y puesto que sus fronteras cubren todo el planeta, el imperio mundial hace cumplir de manera efectiva la paz mundial.

 

¿Qué es lo que más nos espanta de Donald Trump, que ponga aranceles a las mercancías que llegan a Estados Unidos desde otras partes del mundo, o su agresividad de perro cortijero contra el flujo migratorio?

Si la Organización de Naciones Unidas (ONU) sirviera para algo más de lo que sirve (sirve muy poco), ya estaría promoviendo actitudes mucho más abiertas, por parte de los Estados miembros, ante los movimientos de población.

Si todos los países del planeta estuvieran dispuestos a abrir sus fronteras (¡con orden y control!) a quienes quieran o necesiten cruzarlas, los flujos de población no serían tan traumáticos y trágicos.

Insisto: con controles rigurosos, para lo cual actualmente hay medios más que suficientes.

Esa imagen, por ejemplo, de la patera repleta que llega a una playa también repleta, no se volvería a repetir. El ciudadano extranjero que cruza una frontera sabría que lo primero que tiene que hacer es presentarse ante la policía de frontera para todos los controles de rigor.

Los Estados actuales, que tienen los días —o las décadas— contados, habrán de ser más benignos ante los ciudadanos del mundo que solo buscan ganarse la vida honradamente, y más severos con quienes infringen las leyes, sea cual sea su procedencia.