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El espacio doméstico

Los que hemos sido estudiantes, en las primeras etapas de la vida, y luego profesores o maestros, hemos tenido clara la importancia de un espacio propio en la casa, necesario para la actividad íntima del aprendizaje, para las muchas horas con la sola compañía de libros, apuntes y cuadernos que requiere el estudio.

La juvenil pareja, los recién enamorados, tienen otras necesidades de espacio propio: el espacio íntimo compartido puede, incluso debe, ser pequeño. Si cuando bailan puede ser suficiente una baldosa de 0,30 x 0,30, cuando no bailan les basta una cama  de 0,80, siempre que esté apartada de terceras miradas; e incluso una aún más pequeña hecha de fragante hierba, en medio de una solitaria pradera primaveral (que se note que estamos en abril…).

Ahora bien, si esa joven pareja se plantea seriamente una vida compartida, con hijos, mesa de plancha, bicicletas y otros medios de transporte, las necesidades de espacio doméstico se complican bastante. Y ahí puede presentarse el deseo agobiante de contar con un espacio individual propio, sobre todo si el trabajo en casa, el estudio o la creación artística han de formar parte de la vida ordinaria.

Algunos jóvenes escritores nos han dado páginas autobiográficas gloriosas sobre los padecimientos de quien necesita ese espacio doméstico propio para su trabajo y sólo agónicamente lo consigue. Yo recomendaría, por ejemplo, algunos artículos de David Gistau (todo lo que escribe me encanta), pero ahora no me voy a poner a buscar títulos, fechas o medios en los que han aparecido.

Y luego vamos pasando las hojas del calendario, los calendarios enteros. Y de la casa que hemos ido llenando de libros –o de obra pictórica propia, qué sé yo– y de hijos, éstos se van, a iniciar su andadura independiente, y a veces se van muy lejos. Y la casa comienza a tener espacios vacíos, melancólicamente vacíos, o inmisericordemente atestados de añoranzas.

Y siguen pasando los años. Y entonces puede que comencemos a percatarnos de que a nuestra casa le sobran escalones, peldaños de escalera, desniveles. Porque nos fallan las rodillas, o las caderas, o las lumbares, o todo el esqueleto. Ahora consideramos importante tenerlo todo a mano, todo llano y próximo: la cama, el baño, la cocina, el ropero, el patio, la panadería de la esquina y la vecina acogedora y comprensiva.

¿Y cuál será el siguiente espacio doméstico que nos resulte suficiente: la mesa camilla, la butaca hogar, la silla de ruedas, la cama articulada? Cuando ya no nos acordemos de nuestros queridos libros, sepamos poco de nuestros amados hijos, hayamos sido olvidados por nuestros atentos vecinos, ¿qué espacio doméstico necesitaremos?

Hay un cuento de Chéjov que se titula El hombre enfundado. En él el profesor Burkin cuenta la historia de un colega, «un tal Bélikov», profesor de Griego, quien, más que vestirse, se forraba completamente para protegerse del exterior, cuyo contacto escrupulosamente evitaba. No fue un hombre feliz, claro. ¿Cómo serlo con esa obsesión?

Pero «Bélikov murió. A su entierro acudió todo el mundo, es decir, los dos institutos y el seminario. Ahora que yacía en el ataúd tenía una expresión dulce, agradable, incluso jovial, como si se alegrase de verse por fin en una funda de la que no saldría jamás. ¡Sí, había alcanzado su ideal!»

El caso es que un hombre normal, cualquiera que no comparta esa penosa manía de Bélikov, si vive lo suficiente, también llega a una edad en la que su espacio doméstico, o vital, se reduce tanto que llega a coincidir con el de Bélikov.

Poesía

Ayer, durante mi caminata solitaria, quizá al pasar junto a un limonero lleno de frutos, recordé el soneto precioso de Miguel Hernández “Me tiraste un limón”. Y, como todavía no está del todo ida mi memoria, me lo recité mentalmente. Con un único tropiezo: no recordé el adjetivo que antecede al sustantivo “calentura”. Ahora, con la ayuda eficaz e inmediata de Internet, lo he recuperado: “ansiosa”. ¡Qué bien, qué joya de la poesía este soneto! Y nunca he tenido que pagar un céntimo por hacerlo mío.

Es cierto, es cierto: la especie humana va mejorando. Mejores alimentos, mejores medicinas, mejor educación. Aunque quién sabe lo que el futuro le deparará.

Dice la rima (IV) de Bécquer: “Podrá no haber poetas, pero siempre / habrá poesía”. Yo le pondría, al contenido de estos versos, un reparo: el de que todos somos, al menos un poco, poetas. Por tanto, siempre que haya en el mundo hombres (y mujeres, por favor), habrá poesía.

Aunque lo que es, en nuestra especie, una semilla sembrada genéticamente, el germen (divino) de la poesía, se puede cultivar más o menos, descuidar menos o más.

Resulta que, lo mismo que vivimos tiempos de muchas posibles ayudas para el aprendizaje, el cultivo, vivimos tiempos de mucho ruido. Y el ruido es enemigo de la poesía

No sé si hay establecido -fácil que sí- un Día Internacional del Silencio, pero todos debemos procurarnos, en nuestro vivir ordinario, ratos de sosiego y silencio. En ellos aflorará en nosotros la poesía: en nuestros propios versos, en los versos que un día leímos y después olvidamos, o en sencillas líneas en prosa, pues también en limpia prosa se escribe la poesía.

Caminata

En la de ayer hubo algo que llamó especialmente mi atención y que quiero contar aquí, brevemente.

Serían las 19:15, aproximadamente (yo no llevaba reloj ni móvil). Era, por tanto, de noche, y creo que la hermosa luna llena aún no había asomado, o al menos no se había hecho visible. Zona urbana; no de centro urbano, pero sí de vías y urbanizaciones cuidadas, de espacios públicos ajardinados e iluminados.

En una placeta adyacente a una urbanización cercada por un muro con una especie de ventanas totalmente enrejadas (para que los de fuera vean el lujoso jardín pero no lo puedan tocar: a la clase media acomodada le gusta ese lucimiento), en esa placeta, digo, junto al muro, hay dos chicas adolescentes. Una de ellas trepa por una de las rejas como medio metro, mientras la otra la observa atenta, móvil en mano. La trepadora se contorsiona y se inclina lo suficiente como para que su cara y su boca queden junto a algo. ¿A qué? A una enorme polla erecta sobre su escroto, dibujada en grueso trazo negro. La chica pone la pose de iniciar la simpática felación mientras su compañera le hace la foto; después de lo cual, baja y se pone junto a la compañera, a mirar el móvil: a mirar la foto, deduzco, que acaban de obtener.

Creo que ninguna de las dos chicas se percató de que yo pasaba por allí, a ninguna de las dos parecía preocuparle la presencia o ausencia de testigos.

¿Qué iban a hacer estas dos adolescentes con aquella foto? ¿La iban a guardar como un recuerdo íntimo de su amistad? ¿Se la iban a mandar a alguien como una broma, un mensaje, una provocación, una muestra de su capacidad artística?

A lo mejor estas cosas en nuestra sociedad no tienen importancia, sólo son el típico entretenimiento de adolescentes. ¿Tendrá quizá más relevancia la siguiente, anodina viñeta? A ver.

Al cabo de un rato, una media hora, todavía en mi caminata, me crucé con otras dos chicas más o menos de la misma edad y aspecto. En el paraje, acera y calzada son estrechas, y el tráfico, a esas horas, abundante. Me eché a la calzada porque ninguna de las dos hizo un gesto para colocarse de forma que a mí me quedase algo de acera. Rápido, que vienen coches. Creo que estas dos, que casi se rozaron conmigo, me vieron igual de poco que las dos de la foto.

Es lo que ocurre cuando tienes sesenta y seis años y además los aparentas: casi nadie te ve.