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Mañana de domingo

El primero que se despierta, mucho antes de que amanezca, es el mirlo (él sabrá dónde duerme), que enseguida, con el buche vacío, se pone a cantar los misterios del universo.

Mi mujer duerme aún. Navega por los espacios en los que reina Morfeo.

Yo, que soy materialista y ateo, paso del dormitorio al cuarto de baño y de éste a la cocina sin encomendarme a ningún santo o divinidad.

Mientras desayuno «píparamente», en la radio Yo-Yo Ma hace sonar con su violonchelo una suite de Juan Sebastián. Y ahora me da por pensar en los espacios siderales; en esos planetas, tan parecidos a éste, que acaban de ser avistados ahí mismo, a treinta o cuarenta años luz.

¿Sigue la luz recorriendo trescientos mil kilómetros por segundo, como cuando yo era estudiante? Sea la cifra que sea la que nos da Wikipedia, seguro que va mucho más rápida que esos misiles rusos que apenas superan los seis mil kilómetros por hora.

Es posible, nos dice Y. N. Harari, que, dentro de un siglo o dos, la especie que surja a partir del Homo sapiens, el Homo Deus, pueda navegar por esos mundos con una inteligencia no orgánica, no necesitada de alimentarse con cocidos y pizzas, ni de estimularse siquiera con cafeína. Navegar, sin marearse, a miles de kilómetros por minuto, o por segundo.

Homo Deus.

Desde que el Homo sapiens apareció en la tierra, hace doscientos mil años, ha admirado a los dioses, ha intentado parecerse a los dioses. Y, desde hace tres siglos, más o menos, no ha dejado de escuchar atentamente la música de Bach, porque es música de los dioses; o de Dios.

Muchas vidas

Creo que fue en Gonzalo Torrente Ballester, en aquellos «Cuadernos de La Romana» que publicaba en el diario vespertino Informaciones, donde leí por primera vez que cada uno de nosotros es una sucesión de continuas muertes, «somos un reguero de cadáveres». Como yo era entonces muy joven, apenas un estudiante universitario repleto de energía, la idea me impresionó. Tanto que nunca me ha abandonado, y siempre la he recordado asociada a la figura de Torrente Ballester.

Nos pasamos la vida eligiendo entre varias opciones. Y, cada vez que elegimos, renunciamos a una o a varias. Opciones que podrían haber desarrollado nuestro potencial humano en una determinada dirección, que nos podrían haber convertido en un individuo distinto, quizá mejor, pero que quedaron reducidas a vías muertas, a cadáveres de un impulso frustrado.

Pero es que la vida, no sólo la vida humana, se desarrolla con ese empuje de partida, con ese potencial, para contrarrestar con creces los obstáculos que sin duda tendrá que afrontar. Cualquier árbol produce mucha más madera que la que necesita para sostener sus frutos,  muchas más semillas que las que llegarán a convertirse en otro árbol.

Cuando llegamos a mayores y miramos hacia atrás, podemos ver las sombras de muchos yoes que quedaron abandonados, abatidos, cadáveres en el borde del camino. Y quizá se nos presente la tentación de dejarnos invadir por la melancolía. Sólo hemos vivido una vida, y quién sabe si no ha sido una de menos plausibles entre tantas que fueron posibles.

Apartemos la melancolía, que no tiene tanta justificación como parece. Cualquiera de nosotros, que con salud suficiente nos hemos plantado en la etapa de la jubilación, no ha vivido una sola vida, sino muchas, muchísimas vidas. Y harían falta muchos, muchísimos volúmenes de autobiografía para contarlas. Ello así incluso cuando nuestra memoria ha enflaquecido bastante, lo propio de la edad. Hemos vivido muchas vidas.

Hemos tenido una vida infantil. ¿Una? No; varias: la de la relación con nuestros padres o tutores, la vida doméstica u hogareña —que no es la misma que la anterior—, la de nuestros miedos íntimos, la vida de colegiales, la vida libre de los muchos ratos con colegas por el pueblo o por el barrio.

Hemos tenido una vida adolescente. Una no, varias: una vida sexual adolescente, la de las dudas sobre nuestro sexo y el opuesto, la de los asombros ante nuestro cuerpo y su evolución descontrolada, la de los placeres secretos o compartidos, la de las dudas sobre el espacio que puede abarcar la dignidad, sin llegar a despeñarse en el ridículo.

Hemos vivido una vida académica, que evolucionó desde la escuela primaria, o la escuela unitaria del franquismo, hasta el fin de la etapa universitaria. No una, sino muchas vidas académicas.

Hemos vivido unas cuantas vidas amorosas, con distintas intensidades, duraciones, satisfacciones e insatisfacciones; unas cuantas vidas laborales —en el campo, en una destilería, en la construcción de un polideportivo, en un vivero—…

¡Para qué seguir! Si no acabas de convencerte, amigo lector coetáneo, de que eres un hombre rico y afortunado, allá tú. Yo creo que sí lo eres, como también lo soy yo.

Tres citas sobre igualdad/desigualdad

  1. Como todas las sociedades del mundo, la sociedad romana estaba basada en la desigualdad, que podía originarse por el nacimiento, las riquezas u otros motivos.

Antonio Holgado Redondo y Consuelo Morcillo Sánchez,

Lengua latina y civilización romana. 2º de BUP (pág. 218).

Editorial Santillana. Madrid, 1978.

 

  1. Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro.

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha (I, 18)

 

  1. En el siglo XXI podemos asistir a la creación de una nueva y masiva clase no trabajadora: personas carentes de ningún valor económico, político o incluso artístico, que no contribuyen en nada a la prosperidad, al poder y a la gloria de la sociedad. Esta «clase inútil» no sólo estará desempleada: será inempleable.

Yuval Noah Harari, Homo Deus. Breve historia del mañana.

Editorial Debate. Barcelona, 2016.