• Páginas

  • Archivos

  • marzo 2026
    L M X J V S D
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    23242526272829
    3031  

Cosas pequeñas

De mi cartera de profe, ya reducida a cartera de material de lectoescritura, saco un objeto de reducidas dimensiones: ¿un llavero?

Para mí va a ser solamente el recuerdo de un amigo, el amigo que hizo este objeto —lo terminó delante de mí— y me lo dio. Ya digo lo que es: una bola hecha de cordón bicolor, del tamaño de un fruto (piña o gálbula se llama) del ciprés, o poco más. Evidentemente está hecha con un solo trozo de cordón, uno de cuyos extremos ha quedado en el interior de la bola, mientras el otro sale y sirve para formar la anilla que lo convierte en colgante o llavero.

Yo ahora utilizo un clip para hacer que quede pendiente en un lugar bien visible de mi estudio, donde, cada vez que lo mire, me recordará a mi amigo.

Tengo que reconocer que yo he sido siempre una nulidad absoluta para las manualidades, mientras mi amigo es, lo ha sido siempre, un auténtico manitas (aparte de tener otras muchas cualidades).

Aunque no para todo he sido un negado. Una cosa he sabido hacer con las manos: redactar un texto breve. Que siempre escribo «a mano»; sólo en su puesta en limpio utilizo el ordenador (antiguamente, la máquina de escribir).

Así que, a estas alturas de mi vida, he acumulado un buen montón de bolitas o llaveros o colgantes o dijes como el de mi amigo. Otros muchos los he extraviado o eliminado o enviado (qué tiempos aquéllos, los de continuo envío de cartas de papel en sobres de papel).

En los últimos años me ha ido escaseando la inspiración (el entusiasmo es la palabra etimológicamente exacta) para escribir poemas, verdaderos poemas. Carencia que me ha ido desviando hacia la pirueta verbal en verso, el juego de prestidigitación con las reglas de la métrica, la niñería del adulto, o el juicio adusto convertido en mínimo estallido de pirotecnia.

Y está claro que, por esa deriva, la décima (quién no memorizó alguna en sus años infantiles y todavía no la ha olvidado) me ofreció gratuitamente sus servicios.

Así que ayer recolecté unas cuantas (161) y las coloqué en un mismo archivo o cuaderno, que se puede ver en este blog pulsando la pestaña de «Versos».

Muchas de esas décimas, es cierto, han ido apareciendo diseminadas en esta ventana, pero no todas. De modo que ahí quedan, para quien quiera entretenerse con ellas un rato. Es lo que han constituido para mí: unos cuantos ratitos de entretenimiento.

Lo que ya no es sólido

Los paisanos que tienen más o menos mi edad, se criaron, como yo, en el franquismo y en el nacional catolicismo.

Un dogma de aquéllos con los que se nos educó, fue el de la indisolubilidad del matrimonio: «Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre», «Hasta que la muerte nos separe».

Más tarde, cuando ya éramos adultos y Franco había palmado, nos unimos, entre otras ideas sociales, a la de la necesidad de legislar el divorcio. Pero todavía nos parecía que, si los dos que habían constituido la pareja eran personas con edad y formación suficiente, los divorcios no pasaría de casos excepcionales y, por tanto, estadísticamente muy minoritarios.

Ahora vemos, sin embargo, cómo ha cambiado el mundo en que vivimos. Las jóvenes parejas son renuentes a contraer cualquier tipo de matrimonio, civil o religioso, se separan con una frecuencia pasmosa, incluso cuando ya han traído hijos al mundo; y, en fin, los que antes fueron firmes lazos familiares, ahora no son sino hilos de chicle o plastilina que se rompen con un suave tirón.

Es verdad que convivir con una persona por la que ya no se siente un profundo afecto puede convertirse en una tortura insoportable. Pero puede ocurrir que el problema sea previo. Nunca hemos sentido un profundo afecto por esa persona a la que nos hemos unido y, a las primeras dificultades, ya queremos echar a correr sin volvernos para mirar, siquiera una última vez, lo que dejamos.

Querer requiere aprendizaje, tiempo, esfuerzo y, con frecuencia, dolor.

En la etapa de la adolescencia, el tiempo de la convivencia en pandilla tiene que dar paso a una toma de conciencia de la vida personal en radical soledad, a una ruptura voluntaria del cordón umbilical que nos proporciona seguridad y protección.

Radical soledad en la que el individuo aprenderá, en primer lugar, a quererse a sí mismo, a emitir ese grito íntimo: «¡Estoy vivo, y tengo derecho a estarlo!».

Desde ese amor propio, el individuo comenzará a tejer su propia red social, donde, en cualquier momento, aparecerá otro individuo con una capacidad de atracción que hace superar cualquier obstáculo.

Si ese encuentro resulta exitoso y se confirma como una relación de pareja, lo más probable es que ésta sea estable, duradera, firme, mutuamente enriquecedora y fortalecedora, capaz para la crianza, satisfactoria.

Pero, ¿qué tenemos ahora? Incapacidad para el sufrimiento o la frustración, debilidad, encuentros ocasionales o circunstanciales, abandono, casas por goteras por todas partes. En suma, una sociedad líquida.

 

Regalar un poema

Una vez más sentado en el gabinete quirúrgico del dentista. El que me va a atender es un profesional de mi confianza, al que acudo desde hace ya muchos años. No tantos como para que todavía tuviera mis dientes y muelas en buenas condiciones. Ya los tenía en un estado peor que mediano.

Entonces, cuando acudí a él por primera vez, tenía la clínica mirando al puerto a través de grandes ventanales. Ahora la tiene frente al parque. Mientras aguardo sentado en la silla de operaciones, apenas unos minutos, la vista de los árboles del parque y la música relajante que impregna el ambiente me sitúan en una disposición anímica que, o bien me duermo, o pido papel y lápiz y escribo unos versos (nunca llevo conmigo utensilios de escritura).

Entonces recuerdo que, en aquellos primeros tiempos de acudir a este dentista, le dediqué y regalé un poema. Un poema cuya copia no conservé y del que sólo recuerdo algunos versos, entre ellos un endecasílabo que le tomé prestado a don Francisco de Quevedo.

Antes había pasado por una etapa de regalar versos y quedarme con la copia; algo que al cabo de cierto tiempo consiguió que me sintiera mezquino, y dejé de hacerlo. Y si el obsequiado no encuentra, para mi regalo, ubicación mejor que el cubo de la basura, pues allá él y mi regalo.

En los últimos años, la verdad, no he tenido ocasión, o ganas, de hacer entrega de este tipo de presentes. La hago aquí, en este blog, para quien los encuentre y quiera llevárselos, con la satisfacción, además, de que siguen quedando aquí, todo lo inagotables que se quiera, para futuros visitantes.

Ahora, ya han pasado los minutos de relajación previos a la intervención. Entra el doctor y ya no toca escribir sino abrir la boca y estarse callado.