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Dientes

  1. Paseando el domingo por la zona de la playa, mi mujer y yo saludamos a un antiguo querido colega. Cuando continuamos el paseo, comentamos que a ambos nos ha llamado la atención su aparato de ortodoncia, algo que asociamos más con los alumnos del instituto que con los profes cuarentones. Pero, por supuesto, está muy bien: cualquier edad es buena para mejorarse la boca.
  2. La primera vez que me llevaron al dentista, en Granada, no tendría yo más de nueve o diez años. Yo, con mi madre; y mi prima Elena, un año mayor que yo, con la suya, la tía Antoñica. A la Elena la sentaron en el potro de tortura antes que a mí. Y desde la sala de espera oíamos sus gritos. Lo cual me sirvió a mí para darme cuenta de lo inadecuado de tanto escándalo, ¡qué vergüenza! Yo no grité.
  3. Al volver a casa durante mi primer año de seminarista, no recuerdo si por vacaciones de Navidad o de Semana Santa, me encontré a mi madre con la boca completamente sumida entre la nariz y la barbilla: le habían sacado todos los dientes y muelas. Mi madre andaba por los cuarenta y tres años. Y murió a los noventa: más de media vida, por tanto, con dentadura postiza.
  4. En el precioso libro de memorias de Anchee Min titulado en castellano La buena lluvia sabe cuándo caer, la escritora, al final de su relato, se muestra especialmente orgullosa y feliz por dos acontecimientos de su vida: la admisión de su hija Lauryann en la Universidad de Stanford, y el haberle podido costear a su padre, en Estados Unidos, una nueva dentadura a base de implantes. El padre es ya un bondadoso anciano, superviviente de una durísima vida en China. Y ahora está feliz con su impecable dentadura.
  5. En una teleserie cuya primera temporada ya he terminado de ver, Deadwood, una mujer joven y elegante quiere tener un gesto de atención y cortesía con otra mujer igualmente joven y distinguida. Por lo cual la primera se presenta en la habitación de hotel de la segunda (estamos en el oeste de los pioneros americanos). Después de los saludos y primeras muestras de deferencia, la visitante le ofrece un presente a la visitada: en un flamante pañuelo pulcramente doblado, le lleva unos cuantos dientes y muelas de su padre —del padre de la que se hospeda en el hotel—. La visitante los había recogido del suelo, adonde había ido a parar a consecuencia de una tanda de puñetazos.
  6. Por fin voy yo a revisión a mi clínica dental de confianza, después de varios años de abandono. Como no he notado ninguna molestia importante… Lo primero, una limpieza. Luego se tomará nota de los desperfectos que hay que arreglar. La ayudante de la jovencísima odontóloga tiene que ir a buscar una ficha nueva: a la vieja ya no le caben más anotaciones.
  7. La cita literaria: —¡Sin ventura yo —dijo don Quijote, oyendo las tristes nuevas que su escudero le daba—, que más quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada. Porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante; mas a todo esto estamos sujetos los que profesamos la estrecha orden de la caballería. Sube, amigo, y guía, que yo te seguiré al paso que quisieres. (Don Quijote de la Mancha, I, 18).

El barrio del instituto

Camino por el barrio que atravesaba a diario para ir andando al instituto, con mi carterona cargada de libros y cuadernos sujeta con la mano izquierda, la mano tonta: ya que no sirve apenas para otra cosa, que lleve la cartera.

Ahora el dedo medio de esa mano es mi «dedo en resorte», medio inservible si no es para causar dolor y molestias. Se está vengando por todo lo que lo estuve haciendo trabajar, acarrear cartera.

Mientras pienso en todo eso, en ese dedo que se engatilla vengativo y amenazador, veo —entre las doce y las trece horas, más o menos— a abuelas cargadas con pesadas bolsas de plástico. Son mujeres de mi edad, o incluso mayores, y llevan con estoicismo africano su pesada carga. Alguna de ellas se para y suavemente posa las bolsas en el suelo de la acera para descansar. Otras mantienen su paso sereno y decidido, erguidas y enteras en la tarea. No todas parecen haber salido de algún supermercado: alguna, según mis cálculos, es más probable que haya hecho la carga en alguna organización de caridad.

Y veo a jóvenes haciendo el caballito con la moto, y a otros jóvenes jugando a las cartas en un poyete o pretil frente al bar.

Y veo a una chica —acompañada quizá por su madre— arreglada y maquillada como para una gran fiesta: demasiado temprano, se me ocurre pensar.

Cuando yo atravesaba el barrio para ir al instituto, con la pesada carterona enganchada en mi sufrida mano izquierda, en torno a las ocho de la mañana, el barrio era un valle  dormido, que comenzaba a desperezarse precisamente en las proximidades del instituto, por las que empezaban a circular, como ciegas hormigas, cada cual porteando su plúmbea mochila, los alumnos del instituto.

Crecimiento negativo

Era la expresión que empleaban Zapatero y sus prebostes para evitar la palabra tabú: crisis. Un invento, la expresión digo, del que era su gurú de la economía, Pedro Solbes.

¿Estamos saliendo de la crisis? Esa juventud a la que hemos dejado abandonada, parada, subempleada, emigrada, ¿en qué tipo de crecimiento está?

Los de mi generación, criados en el nacional catolicismo franquista, fuimos creciendo a la vez que iba creciendo la economía y el bienestar de los españoles, y aflojándose la cadena del régimen político. Nuestra plenitud humana ha coincidido con las décadas de bonanza de nuestra democracia: desde el triunfo socialista del 82 hasta el triunfo socialista de 2004.

Entonces comenzamos a ver que nos habíamos puesto mayores, que pasábamos de la cincuentena y nuestra energías habían comenzado a decaer, y que los socialistas habían convertido en su secretario general a un tonto, y ese tonto era ya el presidente del Gobierno.

Al principio parecía que todo eran glorias. Sus ministras posaron para la portada de la revista Vogue, enjoyadas como marquesas, el presidente Zetapé comenzó a presumir de rojillo (no tenía otros méritos de los que presumir) y a promover la reescritura a su medida de la historia del siglo XX. Pero estalló la burbuja inmobiliaria, y las cajas de ahorros se destaparon como cuevas de ladrones, y comenzaron a cerrarse las empresas, o a hacer reducciones de plantilla: gente y más gente a la puta calle.

Y ahora era cuando les tocaba buscar trabajo a nuestros hijos, por cuya formación habíamos velado todo lo posible: profesores particulares de inglés, clases de matemáticas, de baile o de natación, cursos en el extranjero. Estaban mucho más preparados que nosotros cuando irrumpimos en el mundo laboral, pero, ¿quién les iba a dar trabajo? ¿Qué posibilidades tenían para montárselo como autónomos?

Después de la evidencia del desastre durante el segundo mandato de Zetapé, le dimos una mayoría absolutísima a don Tancredo, el de la impertérrita inmovilidad del espantapájaros. Y después de la mayoría absolutísima, la mayoría relativa, para que mantuviera la mismísima postura.

Y si ponemos la vista más allá de las fronteras de la pobre España (me he atrevido a llamarla por su nombre), no vemos sino inmensos nubarrones, o fieras tormentas que arrasan a países, o estampidas humanas a la búsqueda de algún refugio.

¿Nos espera una vejez tranquila a los sesentones del baby boom español? ¿Cómo tranquila, viendo el mundo que les hemos dejado a nuestros hijos? Lo sobrellevaríamos mejor si supiéramos que sólo a nosotros, los viejos, nos espera una ruta de descenso: en nivel de vida, pensiones, comodidades. Porque no hemos olvidado los años de nuestra infancia, en la que en nuestras viviendas no había ni siquiera una apestosa hornilla de petróleo, ni agua corriente, ni cuarto de baño, ni apenas comida, ni más electrodoméstico que una pelada bombilla en el extremo de su cordón.