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Lo escrito en el pijama

Después del desayuno, mientras me lavo los dientes, intento leer, en el espejo, la amplia cartelera que me aparece en el pijama. Lo consigo con esfuerzo, pues las líneas de lectura se ven invertidas.

Y me digo que esta frontal de la camiseta pijamera podría ser un buen sitio para colocar, no un mensaje tontipavo como el que yo me acabo de leer, sino una exhortación sentenciosa, una arenga impactante, un elogio convincente; pero escrito al revés, como el rótulo en la visera de las ambulancias, para que lo lea bien el interesado mientras se frota los caninos e intenta encontrar el gesto más adecuado para surcar la jornada que comienza, la fuerza suficiente para afrontar el día con entereza.

Escrito al revés, insisto, para que quien lleva la prenda puesta lo pueda leer con comodidad; como una especie de máxima síntesis de ese libro de autoayuda que todos andamos necesitando casi siempre.

Felicidad

Mañana, 6 de noviembre, será el día en que diremos «Felicidades» a una persona de esta familia que nos es muy querida.

Uno sabe bien qué le desea a la persona cuando le expresa su felicitación, pero quizá no le fuera tan fácil explicarlo, si es que tal cosa pretendiera.

Porque esto -o eso- de la felicidad no es sino algo abstracto, etéreo, huidizo, algo que a veces creemos haber atrapado por fin y un instante después sentimos que se ha vuelto a escapar.

Respecto a esta cuestión, yo veo la vida humana como una de esas veredas de alta montaña que avanzan serpenteantes por la cresta de una cordillera. El que transita por esta vereda de la vida ve dos vertientes verdaderamente diferentes: una de ellas repele, atemoriza por su aridez y sus peligros (maleza intratable, reptiles venenosos, precipicios); la otra vertiente atrae, nos invita a quedarnos en ella por su frescura y dulzor (floridos prados, árboles frutales, fuentes, canoras aves), pero cada vez que intentamos adentrarnos en tanta hermosura encontramos un obstáculo (un talud, una quebrada, una roca, una espesura).

Si la altura por la que avanza esta vereda nos produce vértigo, podemos imaginarnos lo contrario: nuestra vida no transcurre por las crestas de la cordillera sino que discurre por lo hondo del valle, como un río. «Nuestras vidas son los ríos», escribió Jorge Manrique. Pues bien, este río de la vida humana va fluyendo entre dos laderas antitéticas: una es verdor, frescura, risueños afluentes; la otra es toda sequedad, tormentas, rocas rodantes. El río de la vida va avanzando entre las dos.

Así que en esto consiste el equilibrio, o la tendencia al equilibrio, en el tiempo que se nos ofrece para vivir: un continuo probar lo malo y querer apartarse para evitarlo, y probar lo bueno y pretender aferrarse a ello. Y tanto es así que ni siquiera podemos imaginarnos una vida humana que así no fuera. A quién lo puede atraer una vida de eterna felicidad como la que los curas predican -o predicaban, no sé ahora- para cuando muramos en gracia de Dios. Un infinito aburrimiento, qué horror.

De modo que esto es lo que hay, un ir pasando de lo amargo a lo dulce, y viceversa. Y qué bien el poder llegar a contarlo, como un Gabriel García Márquez, por ejemplo.

Querida C., tú eres muy joven -como cuando García Márquez comenzaba su andadura narrativa-, pero ya tienes mucho que contar. Sigue viviendo y aumentando tu caudal de narraciones.

Nota en conducta

Decir que en esta tierra andaluza se vive con déficit de buena educación y de civismo, no es decir nada nuevo. En la calle hablamos en voz desagradablemente alta, formamos corrillos en lugares de la acera donde obstruimos el paso, y, si en uno de esos corrillos, hay cinco personas, tres de ellas hablarán a la vez, mientras las otras dos, sin interés por y sin posibilidad de escuchar, esperarán impacientes a que afloje el jaleo para meter ellos baza.

Aquí llamar a un vecino al orden cuando actúa, a vista de todos, de un modo reprobable, es poco menos que un acto de heroísmo, porque lo más probable es que el sujeto reaccione creciéndose en su barbarie y amenazando de muerte a quien, en términos correctos, le ha afeado su comportamiento.

No obstante, hace pocos días he sido testigo, en mi pueblo, de lo que bien se puede calificar como una jornada de civismo. Lástima que haya tenido que morir un familiar para que, en las muchas horas pasadas en el tanatorio (seguidas de las correspondientes al cortejo hasta y desde la iglesia y, finalmente, a la inhumación en el cementerio), todo el mundo dé amplia muestra de que sabe y puede adoptar otro registro de convivencia social, en el que no se alza innecesariamente la voz, se respeta el turno de palabra, se ejercita la cortesía y la amabilidad mientras se habla de mil temas, y en todo momento se muestra la mejor disposición para que el trato y la conversación sean un remanso de armonía.

Quizá los andaluces llevamos en el cuerpo, por la abundancia de sol tal vez, un exceso de alegría y de energía que no sabemos canalizar, y que rápidamente se nos va por las vías de la chabacanería, la bravuconería, la petulancia y el ruido. Y tiene que producirse algún acontecimiento luctuoso para frenarnos un poco, para que reprimamos nuestras habituales actitudes infantiloides y nos comportemos como personas adultas.

Así que, en conducta, somos capaces de pasar del muy deficiente al sobresaliente con gran facilidad. ¡Qué pena que no sepamos quedarnos en el sobresaliente!