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Fin de infancia

En muchos países mucha gente está viviendo en situación agónica, o muriendo sin remedio, o buscando ansiosamente la puerta de la emigración. Le echamos un vistazo a la portada de cualquier periódico, y eso es lo que encontramos.

Pero no por ello dejamos de pensar, egoístamente si se quiere, en los problemas que tenemos más cerca. Que son problemas, muchas veces, incruentamente sangrantes. El del fracaso escolar en España, por ejemplo. El de la juventud española en paro, por ejemplo.

Problemas, sí, para nosotros sangrantes, pero que nuestros malhadados vecinos anhelan recoger para hacerlos alegrías, como Segismundo los de Rosaura en la vida es sueño: hallo que las penas mías / para hacerlas tú alegrías / las hubieras recogido.

Es evidente que, de los dos problemas arriba mencionados, fracaso escolar y paro juvenil, somos responsables, en amplia medida, los progenitores. Porque, a la hora de educar, hemos sido absentistas. Es tan pesado estar siempre encima de los niños, revisándoles la ropa, preparándoles la merienda, enseñándoles juegos o corrigiéndoles el lenguaje y los modales. Más cómodo, por ejemplo, dejarlos enchufados a una pantalla, viendo las musarañas, mientras nosotros hacemos nuestra vida, tan ricamente.

Después, cuando ya han llegado a la mayoría de edad, con los dieciocho años cumplidos y el bachillerato mal que bien acabado, nos ha entrado el afán de protegerlos, de arroparlos, de acunarlos.

-Niño, para hacer ese trabajo tan mal pagado, tú no te vayas de casa. Aquí tienes tu habitación, aquí no te va a faltar la comida ni la ropa.

Así que, en vez de darles el empujoncito de ánimo para que se echen a volar por su cuenta y riesgo, para que asuman las riendas de su vida, los hemos acobardado, les hemos inoculado una dosis de miedo en el cuerpo.

Ya no podían seguir siendo niños, pero nosotros no hemos querido que se conviertan en adultos, hemos preferido que se queden con nosotros, acobardados, desactivados, inermes.

En el inicio de la vida de adulto es inevitable siempre un momento de ruptura: la del cordón umbilical psicológico. Ahí acaba la infancia y comienza la vida de adulto.

Y bienvenidos sean los que llegan a esta tierra de fracaso y paro como Rosaura a Polonia: a buscar su alegría.

Resonancia

En mi primera visita a este traumatólogo, me sentí bien atendido; pero no en la segunda, veintitrés días después. Ni me volvió a mirar el pie ni miró el DVD de la resonancia que él había mandado hacerme. Y su prisa no se debió a que anduviera abrumado de pacientes. Él empezaba su consulta a las diez (y llegó con algo de antelación), yo tenía cita a las 10:15 y estaba en la puerta desde antes de las diez. El doctor se asomó al pasillo, llamó a un ausente que debía de ser el primero de su lista, y en seguida me nombró a mí, que, cinco minutos más tarde, a las 10:05, estaba en la calle.

Se limitó a leer el informe (15 líneas) que acompañaba al DVD y a resumírmelo con una palabra: inflamación. Copio los tres párrafos que el doctor resumió con tal palabra:

Edema óseo en la cabeza del segundo metatarsiana [sic] (con ligero aplanamiento de la misma) y en la falange proximal del mismo dedo, con edema de partes blandas circundantes a la segunda articulación metatarso-falángica y ligero derrame articular a dicho nivel, hallazgos por imagen en el estudio actual que podrían encuadrarse en enfermedad de Freiberg incipiente, a correlacionar con antecedentes y radiología convencional.

Edema y reticulación difusa de la grasa subcutánea plantar. Ligera bursitis intermetatarsiana en el segundo espacio interMTT.

Cambios degenerativos osteoartrósicos en la articulación metatarso-falángica del primer dedo, con pinzamiento y derrame articular y osteofitosis marginal.

Hasta aquí la parte negativa. Ahora, la positiva. Las plantillas que el doctor me recetó en la primera visita, están produciendo en la zona dañada una mejora que me parece milagrosa. Así que hoy mismo, sin un día más de demora, con mis milagrosas plantillas en mis zapatillas de ciclista -el pie me dolía especialmente al pedalear y tuve que abandonar la bici-, retomo la burra y me voy a probarme. A probarnos, que ella también tiene ya muchos años, y de vez en cuando tengo que llevarla a su traumatólogo.

La soledad

A Clara

Es, ni más ni menos, como el destierro. Uno, de pronto, se siente despojado de todo lo que le es propio, y rodeado de un mundo que le resulta ajeno.

Sufrimos el primer trauma de soledad ya con el nacimiento. Pero nada más nacer, pasado el llanto inicial, el bebé comienza a buscar otro mundo que le sea propio y propicio. Y no tarda en encontrarlo: ahí está su madre, su calor, su tacto, su pecho.

Para expresar el desgarro del destierro vivido por un adulto, no recuerdo ningún otro verso que lo cante tan bien como aquel del Cantar de Mio Cid, cuando tiene lugar la despedida en San Pedro de Cardeña: «Y así parten unos de otros, como la uña de la carne».

Pero el dolor tan intenso nunca es para siempre, la vida es evolución continua. Nada más producirse la herida, comienza el proceso para restañarla, para restaurar la salud. Es verdad que ese proceso varía algo de un individuo a otro, quizá no todos somos tan fuertes como el Cid, pero todos vivimos el proceso de la curación porque la vida continúa.

En ese mundo ajeno en que nos vemos de pronto inmersos, rápidamente comienzan a levantarse puentes, porque ni el paisaje ni los paisanos son tan distintos de los de nuestro pueblo.

Así que comienza toda una serie de acercamientos: de palabras, de acciones, de intercambios del cualquier tipo. Una serie que culmina con el enamoramiento y todas sus lógicas consecuencias, que llegan a hacernos sentir en la plenitud de nuestra rodadura por el mundo.

Cierto que a veces las heridas y los traumas no se curan del todo, y manifiestan periódicamente su existencia aunque sea de forma mitigada. Pero la vida no se para, «porque la vida ya te empuja», para decirlo con un verso del poema de José Agustín Goytisolo.

Y así, andando, andando, nos hacemos fuertes, más preparados para encajar los embates de los malos tiempos, y para ayudar a otros a encajarlos: a nuestros hijos, sin ir más lejos, o a otras personas de nuestro entorno. Un entorno que ahora, como adultos, vemos muy amplio: no sólo abarca los siete mil millones de personas del mundo actual, sino también todos los miles de millones que van a venir a continuación. A los que estuvieron aquí antes que nosotros no les podemos aportar nada, al contrario, percibimos que ellos nos aportan. Así Terencio, un liberto romano de origen africano que vivió hace veintidós siglos, me proporciona la frase que sintetiza ese modo de sentirse humano sin fronteras: nihil humani a me alienum (nada de lo humano me es ajeno).

¡Cómo sentirse solo en un mundo con tantos millones de seres humanos, de semejantes, de hermanos!

Imposible.