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Vargasllosiano

El adjetivo del título, si no recuerdo mal, lo he leído muy recientemente en una tribuna periodística, al aplicar la pregunta de este escritor, cuándo se jodió Perú, a otro entorno que nos es más próximo: cuándo se jodió Cataluña.

Yo lo retomo porque esta noche, en horas siempre mejor aprovechadas si se dedicaran al sueño, he vuelto a repasar mi pasado, con la consabida pregunta de cuándo se jodió mi vida.

Para mí no hay duda alguna sobre la respuesta, que ahora comparto con el posible lector. Mi vida se jodió hace muchos años. Yo tenía entonces 16, y ahora estoy a punto de cumplir los 70.

Se jodió cuando decidí, después de cinco años en el seminario menor, abandonar aquel internado y volver a la casa paterna. Una casa que ya se me había quedado tan pequeña que se convirtió en poco tiempo, ni siquiera en un zulo, en una tumba en vida y juventud. Tumba en la que no podía crecer sin romper el respeto a mis padres. Dejé de creer en Dios (y perdí los padrinos que hasta entonces había tenido, los curas), pero se ve que no dejé de creer en el Cuarto Mandamiento: honrarás a tu padre y a tu madre. Así que me adapté a aquel bajo techo y seguí viviendo en aquella tumba.

Con las pocas energías que me dejaba utilizables la neurosis, continué mis estudios universitarios; y, suspirando cada día por acabarlos y salir por fin de mi casa y de mi pueblo, me licencié en Filología Románica.

Luego, después de unos quince meses de mili, también me licencié en el ejército.

Un amigo, Luis Gallegos, me abría las puertas de su casa en Madrid (en Móstoles, para ser exactos), me ayudaba a encontrar trabajo en las obras del Metro. Poco después otro amigo, Juan Sisinio, compartía su vivienda conmigo en el centro de Madrid. Yo era un zombi, pero conservaba amigos; incluso seguía haciendo muy buenos nuevos amigos: misterios de la vida, que se aferra a la vida con tanta fuerza.

¿Cuándo empecé a entender lo que me había pasado? Después de tres meses de sesiones de psicoanálisis. Aprendí a mirarme desde fuera, como me miraba la psicóloga, que sin duda era buena en lo suyo. Toma de conciencia: brutal, gigantesca, como la presa de un pantano que se rompe de un divino puñetazo.

Yo pensaba que en poco tiempo me sentiría del todo liberado del infierno que había padecido. Pero había malvivido diez años en mi íntima cárcel, años que debieron ser de crecimiento, desarrollo, formación.

Sí: desde aquel día de mi toma de conciencia, me he ido sintiendo, cada día, un poco más liberado de mi condena. Pero, hasta hoy, ni un solo día he dejado de sentirme convaleciente de aquella negra, larga, juvenil enfermedad.

Fui recuperando fuerzas, capacidad de trabajo y de disfrute, lucidez. Pude, llegado el momento, asumir las dos facetas a las que entregué lo bueno que de mí quedaba: mi familia (mi mujer y mis hijas, básicamente) y mi trabajo como profe de instituto (desde que decidí que ya estaba suficientemente recuperado).

Han pasado muchos años. La vida pasa deprisa. Quiero concluir esta entrada pidiendo perdón a mi esposa e hijas por no haber sido mejor esposo y padre; pidiendo perdón a mis antiguos alumnos por no haber sido mejor profesor. He hecho lo que he podido. Lamento no haber sido mejor. Y sé que, cuando os miráis en vuestro íntimo espejo y aceptáis vuestra realidad, con sus luces y sombras, os gana el impulso de perdonar a otros; a otros miserables como yo.

Oficios y profesiones

Las palabras profesión, profesor, profesar tienen un enorme atractivo para cualquier aficionado a la filología. No vamos a entrar ahora en orígenes o etimologías. Sólo diremos que, para un hablante de cultura media o estándar que se pare un momento a considerarlas, tendrán, en muchos contextos, una connotación religiosa: profesión de fe, profesar votos perpetuos.

Tampoco vamos a acudir ahora a la explicación etimológica de la palabra oficio.

Si yo tuviera que establecer a mi modo, desde mi extensa ignorancia, la diferencia entre profesión y oficio diría que el oficio se conforma con una entrega limitada: oficiar es ejercer una labor útil y remunerada durante un tiempo acordado. La albañilería y la carpintería son oficios.

Y, si tuviera que explicar lo que es el ejercicio de una profesión, diría que consiste en aplicarse a una tarea con una actitud vocacional no limitada por horario o por salario: con una entrega total. Como un monje, así un escritor, un compositor, un detective, un agente secreto, un militar, un científico.

El ejercicio así, como yo lo concibo, de una profesión no es adecuado para cualquiera, sino para aquellos que sientan íntima y fuertemente el impulso, la llamada, la vocación.

¿Tienen, quienes en tal sentido profesan, que renunciar a otras atracciones, dedicaciones, afectos, satisfacciones, pasiones de la vida humana? Evidentemente no. Pero sí posponerlas.

Y cuando hablamos de posponer esposa o marido, de posponer hijos o padres, de posponer novios o amigas, de posponer fines de semana o vacaciones, de posponer dinero o salud, estamos hablando de mucho posponer.

¿Adónde quiero ir a parar con esta diferenciación entre profesión y oficio? Quiero concluir que quien se entrega a una actividad humana en esta actitud vocacional, absorbente y total, debe ir siendo consciente de dónde se mete. Y quienes están junto a él, o ella, deben serlo también.

Un (o una) militar que no sea un mero chusquero debe tener bien asumida su disposición, en pro de su objetivo, para el sacrificio, para la entrega, para la pérdida. Disposición que su esposa (o marido) tendrá que compartir: el cónyuge deberá asumir tareas y sacrificios que no asumiría si fuera pareja de un fontanero o de una empleada de banca.

Y termino. El mundo progresa porque hay individuos que se entregan así a lo suyo: como Beethoven a su música, como Einstein a su ciencia.

Candelaria

Ayer, en mi paseo matutino, vi algo que me resultó llamativo en la ciudad: una hilera de procesionarias que, saliendo de una zona ajardinada, atravesaba la acera y la calle; una calle de poco tráfico, pero no tan poco que no corrieran el riesgo de que algún vehículo les interrumpiera la procesión: en castigo por ir tan pegaditas unas a otras en estos tiempos de covid.

Hoy la procesión que toca es la de las candelas, día de la Candelaria, esta sí que supongo papalmente dispensada este año.

Aunque ninguna parroquia la celebre por los riesgos de contagio que pueda implicar, bien está que pensemos en la celebración de la candela, si no en su vertiente cristiana, con el pensamiento en la imagen de la Presentación del Niño en el Templo y la Purificación de su Madre, sí en su significado humano, en lo que supuso para nuestra especie el descubrimiento del fuego y las posibilidades de su uso con diversos fines.

También podríamos pensar en la candela o en el fuego como símbolo de la luz de la inteligencia, tan necesaria para una vida correcta, productiva y feliz.

Y en seguida, desde los recuerdos de nuestra niñez, como figura la más señera en materia de inteligencia o sabiduría, acude a nuestro presente el rey  Salomón, hijo de David, el que, cuando su dios, Jehová, se le presentó en sueños para ofrecerle el don que eligiera, a su dios respondió: «Da, pues, a tu siervo un corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo». Y Jehová le dijo: «Porque has demandado esto, y no pediste para ti muchos días, ni pediste para ti riquezas, ni pediste la vida de tus enemigos, sino que demandaste para ti inteligencia para oír juicio, he aquí que lo he hecho conforme a tus palabras; he aquí que te he dado corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú» (cito por la edición Reina Valera 1960).

De modo que, propongo, amemos la sabiduría (y su símbolo, la candela) como la amó Salomón. Y como no somos Salomón, nunca creamos que ya sabemos lo suficiente.