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Ver o no ver

Esta mañana he estado en el oculista. Después de tenerme sentado un buen rato en la silla de los aparatos, inclina la cabeza para acá, gira el cuello para allá, me ha dado hora para que vuelva el viernes en ayunas; que después de escrutarme la cara con sus máquinas infalibles, no me ha encontrado los ojos.

He bajado melancólicamente las escaleras (son más anchas que el llamador del ascensor) y me he echado a la acera. Con razón, me voy diciendo, en la calle no veo más que bultos; no me rijo por los nombres de las calles, sino por los vientos, como un can o un velero; por el tacto, como un beodo o un invidente; por el oído, como un contumaz analfabeto.

De todas formas me planteo la duda de acudir, o no acudir, a la cita del viernes. Creo que mis ojos no se esconden, sino que yo los escondo porque no quiero ver; porque ver es media verdad; porque ver es mentira.

El que le corresponde

Todos los años, en el mes de junio, como en La hora de todos y Fortuna con seso, de Quevedo, el Ayuntamiento le pone a esta ciudad el nombre que le corresponde: TUFERIA. Y por todas partes encontramos carteles conmemorativos del evento: BIENVENIDO A TUFERIA, TUFERIA ES LA MEJOR.

Lengua vespertina, lengua matutina

Si yo tuviera que decir cuál es mi título académico, me gustaría poder asegurar que soy filóglota, en lugar de filólogo. Mi torpeza cultivada y congénita ha hecho de mí el burro flautista de las lenguas; pero me encantan todas las flautas, todas las lenguas. Lo que yo hubiera disfrutado en aquella PreHispanoAmérica en la que, según Lodares (qepd), los españoles caminaban una hora entre árboles y bichos raros y enseguida se topaban con otra tribu de distinta lengua.

Me encantan las lenguas. En estos días de finales del curso académico, cuando oigo a los alumnos que cuchichean sobre  “aprobar la Lengua”, se me ocurre: “a probar la lengua… me apunto”.

El título de esta entrada de hoy tiene que ver con dos lenguas femeninas de la radio (Onda Cero): la vespertina (o sea, viperina) pertenece a Julia Otero; la matutina (o sea, mastontina) es propiedad de Isabel Gemio. No oigo mucho a ninguna de las dos; pero de tener tiempo, tranquilidad y dos dedos de luces, le dedicaría una sustanciosa tajada de mis haberes, de mis saberes, a la primera, la de Julia. Porque, sobre todas, me encantan las lenguas bífidas: ésas que no sirven para comulgar con hostias de partido.