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El arranque del libro

Ayer era domingo. Desayuno, aseo… y lectura. El libro, recién llegado, como el pan recién salido del horno, me atrapa desde los primeros párrafos con taurina, con taumatúrgica fuerza. Pero no puedo leer más de las diez o doce páginas primeras, porque tengo faena.

“A veces hago lo que quiero. El resto del tiempo hago lo que tengo que hacer”, contesta Cicerón a su jefe Máximo (Gladiator).

No les pienso decir cuál era la tarea que exigía mi energía. Y tampoco, de coraje, les voy a declarar ni el autor ni el título del libro de cuyo arranque me arrancaron los deberes.

No les voy a permitir que me conozcan demasiado. No les voy a dar la oportunidad de que lean ese libro antes que yo.

Perlas o mierdas

A ratos me siento artista… Recuerdo algún poema que me quedó “sublime”. Entonces pienso que los artistas somos como las ostras: un cuerpo extraño se mete en nosotros; un cuerpo minúsculo e insignificante; y nosotros, los artistas, que somos tan maravillosos, que estamos tan tocados por una divina gracia, convertimos, a fuerza de recubrir esa insignificancia con capas nobles de nosotros mismos, convertimos esa cuasinada en una divina perla.

Y otras veces me siento excluido de la resplandeciente legión de los artistas: no soy nadie, nadie me conoce, jamás he escrito nada que valga algo… Y me digo entonces que es mejor no pertenecer a ese patético grupo humano de la familia de los rumiantes. Como tales rumiantes, los artistas engullen deprisa y asustados lo que les llega al hocico, digieren lentamente y escondidos; y ponen cara de éxtasis cuando sueltan una enorme cagada.

Güevos Olímpicos

Cómo no, vi parte de la ceremonia inaugural. Y no lamenté no ver el resto. Un “grandioso espectáculo” según el modelo de las superproducciones de Hollywood, con todo el dinero y la tecnología al servicio de un objetivo: embobar a los paletos, de los que el mundo está lleno.

Y el desfile de atletas… qué cosa tan infantil y tan triste. Parecía una procesión de colegios de pago, para regalo y regodeo de los padres pagadores: “¡Qué guapo va mi niño!”, “¡Como el colegio de mi niña, ninguno!”. Cada colegio con su banderita, y todos con sus coloridos uniformes. Unos colegios más nutridos y otros más desnutridos, pero todos con el mismo amor a sus colores. Insisto: baba para los bobos.

Si los originarios juegos olímpicos se crearon para mantener y fomentar el sentimiento de pertenencia a la nación griega, el panhelenismo, hoy los juegos no tienen ningún sentido si no fomentan el humanismo, la pertenencia a la nación humana. Y si tales juegos son pangenésicos y panjorásicos, no deben andar alimentando arcaicas vanidades nacionales. Los huevos de los atletas no son huevos franceses, sudafricanos o chinos: son huevos olímpicos, es decir, humanos. Y hágase, si se quiere, la misma sinécdoque para las atletas.