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CORREDORA

Por allí viene Daniela

corre que te correrás.

Siempre corriendo –hacia atrás

también, ¿la ves?-, y además

Rapidisísima: vuela

a velocidad de cohete.

No habría ninguna carrera

en que no fuese primera

si -¡porras!- de cuando en cuando

no tuviera que ir parando

para esperar al culete

que se queda retrasado.

Y colorín colorete,

este cuento se ha atascás,

tasacás, casatascado

 

                 1-III-2012

 

MIGUEL D’ORS, ÁTOMOS Y GALAXIAS.

Ed. Renacimiento. Sevilla, 20013

De la penúltima de Landero

No hace mucho, yendo por la calle, alguien me dio con el dedo en la espalda. Era un joven, hijo de un tal Andrés Sonseca, mayorista de diversos artículos de papelería, y con el que yo mantenía cierta amistad. Ese joven era violinista. Había acabado hacía poco sus estudios en el Conservatorio. “¿Cómo va ese violín?”, le pregunté. Él me retuvo la mano, la cara pálida, y temblándole la voz me dijo: “No sé si sabe que mi padre falleció ayer”. Dios me perdone pero, días después, rememorando los pormenores de esa escena, me vi a mí mismo haciendo con la mano un gesto de displicencia y a punto de decir: “Bien, dejemos ahora esas menudencias y dime si has progresado o no con el violín”.

Lo acompañé a tramitar unos papeles y después al velorio. Allí me enteré de que Andrés Sonseca había muerto en una casita de recreo que tenía en Aranjuez. Había ido como siempre a pasar el fin de semana con su familia, se había echado la siesta y ya no se levantó más. Entre los deudos y allegados reconstruyeron el último día del muerto. Todos sus actos eran los postreros y cobraban por ello una magia de augurios. Se contó y describió con gran minucia, sin perdonar ningún dato, por insignificante que fuera, cómo fue la última vez que salió de casa, cómo arrancó el coche, cómo atravesó Madrid, cómo llegaron a Aranjuez, cómo aparcó, cómo paseó por los jardines, qué comió, qué dijo, qué opinó, cómo y de qué rió, cómo hizo planes para la tarde, hasta que anunció al fin: “Tengo sueño; voy a echarme una siestecita”. Palabras tremendas, ante las que los presentes quedábamos aturdidos y como hipnotizados.

Yo me imaginé aquellos últimos y rutinarios actos de Andrés Sonseca como el estreno definitivo de una función después de muchos años de ensayo. Todo adquiría un sentido sobrecogedor ante ese instante prodigioso en el que el sueño desemboca en la muerte. ¡Qué significación y qué grandeza y qué brillo tenía de pronto el desenlace de la vida de un hombre tan sin relieve y tan vulgar!

Luis Landero, Retrato de un hombre inmaduro

1ª edición en Col. Maxi, de Ed. Tusquets. Barcelona, 2011.

Págs. 217-18

La relación con los inmigrantes

Lo escribo sin rodeos y sopesando las palabras: ahí es en primer lugar, en la relación con los inmigrantes, donde habrá que pelear la gran batalla de nuestra época, ahí es donde la ganaremos o la perderemos. U Occidente consigue reconquistarlos, recobrar su confianza, integrarlos en los valores que defiende y hacer de ellos intermediarios elocuentes de sus relaciones con el resto del mundo, o se convertirán en el mayor de sus problemas.

La batalla será dura y Occidente no está ya en muy buena posición para ganarla. Ayer, lo único que le ponía trabas para ese comportamiento eran las dificultades económicas y sus propios prejuicios culturales. Hoy, hay que contar con un adversario de altura: esas identidades dañadas durante tanto tiempo y que se han vuelto dañinas. Antes, los inmigrantes, igual que los pueblos de las colonias, sólo le pedían a la potencia tutelar que se portase como una madre, y no como una madrastra; esos hijos, por despecho, por orgullo, por cansancio, por impaciencia, no quieren ya ese parentesco; enarbolan las señales de su pertenencia original y se comportan a veces como si su residencia adoptiva fuese territorio enemigo. Antaño eficaz, aunque un poco lenta, la máquina de integrar está ahora atascada. Y, a veces, hay quien la estropea con un sabotaje intencionado.

 

Amin Maalouf, El desajunste del mundo. Página 244.

Alianza Editorial. Col. “El Libro de Bolsillo”.

Madrid, 2011. 3ª edición (1ª, 2009).

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia.