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Un ejemplo de comportamiento digno

Han pasado cuarenta años, pero de vez en cuando, al repasar qué personas me han dado, sin pretenderlo, un ejemplo de comportamiento digno, siempre me viene a la memoria la misma. La secretaria había pasado a mi estudio los datos de filiación de una paciente que consultaba por primera vez. Entró sola. Era una joven de veintiséis años, de expresión vivaz, agraciada. Entró de lleno en el asunto. Había mantenido una relación afectiva (y erótica) muy intensa durante unos ocho meses con un hombre que ahora le proponía la ruptura, no porque hubiese dejado de quererla, sino porque había comprendido que su destino (él hablaría luego de “vocación”) estaba en la vida adoptada desde hacía ya muchos años. Ella había reaccionado en ocasiones con una depresión, consciente de su frustración; en otras, con un complemento histérico, en buena parte infantil. Había tenido un intento de suicidio con tintes escasamente serios. ¿Cuál era el obstáculo que a él se le interponía para concluir tan drásticamente la relación?, le pregunté. “Si la ama y se han amado, ¿qué le impide seguir la relación?” Me reveló entonces que se trataba de un religioso. Se habían conocido, habían intimado, tuvieron relaciones sexuales, para ella no las primeras, pero sí las más valiosas, porque se conjugaban con el profundo enamoramiento, al parecer recíproco. Sin que mediaran signos de enfriamiento, le había planteado la ruptura una vez que incluso habían pensado en hacer pública su relación hasta entonces mantenida en el mayor secreto. Ella estaba convencida de su sinceridad, pero ¿no podría estar engañándose y utilizar el recrudecimiento de la vocación religiosa como excusa para huir del enfrentamiento con el medio social, para evitar la renuncia de su estatus actual? “Me interesaría hablar con él, si fuera posible”, le dije. “Bueno, él ha venido; está en la sala de espera. No creo que tenga inconveniente en hablar con usted.” Le propuse hablar con él a solas, y luego tener una o dos entrevistas los tres, dialogar y tratar de poner las cosas en sus sitio.

Era un hombre de unos treinta y ocho o cuarenta años. Vestía un traje oscuro y un jersey gris marengo debajo de la chaqueta. Lo identifiqué como sacerdote. La conversación con él no añadió mucho más a lo que ella había expuesto. ¿Cómo es que me habían elegido a mí de árbitro para ayudarles a salir del problema y viniendo ambos de tan lejos? La decisión la había tomado ella. Temía que un psiquiatra religioso, creyente, tratara de resolver la situación por ese lado. Prefería alguien neutral. “Pero ¿usted no desconfió de que yo pudiera no ser neutral, aunque en sentido opuesto?” Me respondió: “Yo sólo le conocía de oídas, pero ella sí sabía quién es usted; ella se mueve en círculos de los que llaman progresistas, aunque católicos, muy influidos por el Vaticano II. Pero yo acepté, porque ella me dijo que usted sería veraz… Sí, he ido demasiado lejos con ella, a la que quiero y que me ha dado pruebas, si puede llamarse así, de ser algo serio para ella, no una chiquillada… Nunca ha intentado que nuestra relación se hiciese definitiva buscando de algún modo que los demás se enteraran y por tanto se hiciera irreversible. Nuestra relación sólo la conocen mi confesor y ahora usted. Pero yo no sólo me sentí atraído, sino que tuve la única experiencia en mi vida de eso que llamamos “amor humano”. Sé que no es ése mi camino; quiero demostrarle que para mí también es una ruptura dolorosa… Por eso he querido acompañarla. Quiero asumir con ella, y más que ella, la responsabilidad de hasta dónde hemos llegado”.

Las palabras de aquel hombre me parecieron sinceras y, además, lúcidas. Aceptó una entrevista (luego fueron dos) con ella presente, y dialogamos los tres sobre el problema. Antes de que se marchara le pregunté, para tener algún dato más, si era del clero secular o a qué orden pertenecía. La respuesta me dejó estupefacto: “No, soy del clero secular… Soy el obispo de…”. Aquel hombre había tenido la consistencia moral de asumir un riesgo -¡y en aquella fecha, y en aquella sociedad de entonces!- en aras de la conciencia de su deber. Subrayé este gesto delante de ella y la convencí de que él merecía el mayor respeto y que debía facilitarle el regreso a su vida anterior. Ella demostró también su sentido de la responsabilidad y asumió la separación.

Carlos Castilla del Pino, Casa del Olivo.

Autobiografía, II (1949-2003).

Ed. Círculo de Lectores. Barcelona, 2007

[He leído muy poco este verano; pero he leído la magna autobiografía, en dos hermosos volúmenes, del psiquiatra sanroqueño Carlos Castilla del Pino; y mi afición a la lectura, sólo con esta obra, está más que pagada; el resto de mis lecturas ha sido solamente la propina.]

Del libro que estoy leyendo

SAN PEDRO

En la Leyenda Áurea de

“Cuando Dios andaba por el mundo”

I

“Cuando iba Dios por el Mundo”

–dice una leyenda clara

y verde y alegre, como

el campo por la mañana–,

el Divino caballero

un escudero llevaba.

Con él partía su pan

–que era del cuerpo y el alma–,

con él partía su vino,

con el su sal y su agua,

con él el dulce milagro

de su divina palabra.

Los dos iban tan contentos,

sin curar de que las plantas

se disputasen humildes

la gloria de sus pisadas,

y el viento a escuchar sus voces

se parase entre la jara.

II

Ya eran pasados los tiempos

de la Encarnación primera,

de los prodigios magníficos

y las insignes sorpresas.

Ya estaba salvado el mundo

y la Redención ya hecha.

Ya a la mar de Tiberiades

no se reduce la pesca,

que el pescador de Bethsaida

del Cielo guarda las puertas.

Y ya sobre Pedro está

edificada la Iglesia.

Ya ha transcurrido el asombro

de la Divina tragedia.

El regalo de la fe

las almas de gloria llena

y ya se llama cristiano

el orbe y santa la Tierra.

III

Iba Jesús por el Mundo

en compaña de San Pedro

añorando acaso el día

de su viaje primero,

lleno de amor por el hombre,

por la Tierra de amor lleno.

Ambos se habían escapado,

como chiquillos traviesos,

de la Mansión Celestial

ansiosos de ver de nuevo

de la corta vida humana

el cotidiano momento.

Pasar un día en la Tierra

y luego volver al Cielo

donde no hay día ni noche

Y no hay espacio ni tiempo…

donde todo es infinito

y donde todo es eterno.

IV

Y era una mañana pura,

llena de luz y de trinos.

El sol besaba los campos,

el aire rizaba el río;

las sabanillas de niebla

dejaban el prado limpio

para arrollarse a los pies

del monte, azul de zafiro.

A lo lejos los rebaños

dilataban su balido

como trompetas unánimes

de un himno de paz tranquilo.

Y los pastores, envueltos

en polvo, luz y rocío

iban dorados y alertas…

–¿Qué te parece, Perico?

–Señor, que aquí se está bien.

La Tierra es un Paraíso.

V

Después del oro del día

Fue la plata de la tarde:

el sol, la luna y la estrella

en el cielo. Y, en el valle,

un suspiro tan inmenso,

un silencio tan suave…

Mas cuando llegó la noche

comenzó el río a escucharse;

el viento, a decir palabras

sueltas entre los boscajes;

el rocío y las luciérnagas,

a ser estrellas rampantes.

El ruiseñor, en la rama

cantó hasta morir, amante…

–Di, Pedro, ¿qué te parece?

–Señor, es cosa admirable.

Los seres que gozan de esto

no tienen por qué quejarse…

VI

Y aquí viene lo gracioso

de nuestra leyenda áurea…

Diz que tras la noche, claro,

vino el clarear del alba

Y rompieron a cantar

los gallos de la comarca…

Y cuando Jesús, riendo,

volvió a San Pedro la cara,

le dijo el santo bendito,

entre suspiros y lágrimas:

–Vámonos de aquí, Señor,

volvamos a Nuestra Casa,

que estos pícaros me acuerdan

de aquella hora tan mala

en que te negué tres veces

antes que el gallo cantara…

Y es fama que, ya en el Cielo,

y la aventura pasada,

cuando aún Jesús se reía,

como un niño sollozaba

de Aquel Divino Quijote

el Divino Sancho Panza.

MANUEL MACHADO, POESÍAS COMPLETAS

Del último libro leído en 1 ESO C

«Escucha, rey Gracián, y no olvides nunca estas antiguas verdades.
Toda persona, al nacer, lleva dentro de sí la semilla de algo muy hermoso y grande. Si no fuese invisible, luciría en la noche como un astro.
Es un don que viene con la vida, un poder que a veces llega a ser inmenso. Nadie debe dejar que se le muera por no haberse dado cuenta.
Que todos sepan, rey Gracián, que son capaces de lo más sublime y lo más alto, que todos sepan que su pensamiento puede navegar en un mar sin límites, que recuerden que todos merecen ser reyes de la Tierra, que del primero al último están hechos de la misma materia que creó los grandes sueños.
Este es el viejo secreto. Que todos lo recuerden y obren en consecuencia.
En el Libro de la Vida de cada cual hay unas páginas en blanco que están siempre esperando.
Llenadlas de emoción, de hechos memorables, de entrega, de inspiración, de belleza, de dulzura, de talento, de pasión, de lo mejor de cada cual, de aquello que sólo puede hacer cada uno de vosotros y nadie más hará hasta el fin del Tiempo.
Un humano, un ser capaz de imaginar mundos lejanos, de hablarles a los dioses, de crear belleza casi de la nada, de llorar de alegría o de dolor en lo más profundo de una madrugada, merece dejar su nombre, sus hechos y su huella en la larga historia del universo.
Y por ello nace con poder suficiente para hacerlo.

Que todos lo sepan, rey Gracián. El mensaje queda en tus manos.»

Joan Manuel Gisbert, El mensaje de los pájaros