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Una escena de sexo implícito

–Yo conozco… Por mí… Pero aquí pueden oírnos. Entre usted en ese gabinete.

Entráronse y se cerró la puerta tras ellos.

Siguiose a esta escena la de un jugador perdidoso que había perdido el último maravedí, y necesitaba armarse para volver a jugar. Dejó un reloj, tomó diez, firmó quince y se despidió diciendo:

–Tengo corazonada; voy a sacar veinte onzas en media hora; y vuelvo por mi reloj.

Otro jugador ganancioso vino a sacar unas sortijas del tiempo de su prosperidad. Algún empleado vino a tomar su mesada adelantada sobre su sueldo, pero descabalada de los crecidos intereses. Algún necesitado verdadero se remedió, si es remedio comprar un duro con dos.

Y sólo mentaré en particular el criado de un personaje que vino por fin a rescatar ciertas alhajas, desconfiados ya los prestamistas de que nunca las pagaran, ya que los intereses estaban a punto de traspasar su valor. No quiero pintar la grita y la zalagarda que en aquella bendita casa se armó. Después de dos años de reclamaciones inútiles, hoy venían por las alhajas… que ayer se habían vendido. Juró y blasfemó el criado; y fuese, prometiendo poner el remedio de aquel atrevimiento en manos de quien más conviniese.

¿Es posible que se viva de esta manera? Pero, ¿qué mucho, si el artesano ha de parecer artista, el artista empleado, el empleado título, el título grande y el grande príncipe? ¿Cómo se puede vivir haciendo menos papel que el vecino? ¡Bien haya el lujo! ¡Bien haya la vanidad!

En esto salía ya del gabinete la bella convidadora. Habíase secado el manantial de sus lágrimas.

–Adiós; y no falte usted a la noche –dijo misteriosamente una voz penetrante y agitada.

–Descuide usted. Dentro de media hora enviaré a Pepe –respondió una voz ronca y mal segura.

Bajó los ojos la belleza, compuso los blondos cabellos, arregló su mantilla… y salió precipitadamente.

Mariano José de Larra, Empeños y desempeños.

Dos de Guillén

HE AQUÍ LA PERSONA

He aquí la persona:

de una pieza.

Íntegra un alma entona

su cabeza.

Ardió en los ojos brío

dulcemente.

Nariz con señorío,

voz valiente.

Y su ardor vïolento

quiso, pudo

siempre acatar agudo

pensamiento.

¡Qué pasión en lo humilde

cotidiano,

qué primores de mano

por la tilde!

Melancólicamente

–Dios o nada—

más pedía a la gente

la mirada.

Voluntad incesante

contra infierno,

todas las horas ante

cielo eterno.

“¿El vivir sin cadena

ya es delito?

La libertad ajena

necesito.”

Y siempre dando, noble,

se exigía:

“Que nada en sombra fría

se desdoble.”

No fue posible

para su sosiego

negar la luz de fuego

que alumbrara.

Madre en toda su ayuda,

ya no era

sino la que no muda:

verdadera.

¡Esfuerzo puro! Nada

lo pregona.

He ahí, consumada,

la persona.

EL REGRESO AL LUGAR EN QUE HE VIVIDO

El regreso al lugar en que he vivido

tantos veranos una doble dicha

no trae pormenores de recuerdo,

sí la emoción y el aura en torno a ella.

Ella, que ya no es ella. ¡Qué injusticia,

y sin posible apelación a un justo,

a un tribunal! Morir así no es culpa

de nadie. Tú no estás. Y permanece

bajo el nivel de una memoria activa,

muy dentro de este ser que soy de veras,

el vivir que tú y yo vivimos juntos,

actual hasta el instante en que la nada

me lleve a mí también. Y los veranos

seguirán sucediéndose con sombras

de consuelo, de amor, de vidas íntimas.

Jorge Guillén, Antología personal

Visor Libros. Madrid, 2004.

Feliz aquel…

CLAUDIANO

Traducción de Antonio Alvar

Feliz quien pasa su vida en los campos propios,

quien de niño ve la misma casa que de anciano

y, apoyándose en el bastón sobre la tierra en que se arrastró,

cuenta los largos años de su única cabaña.

A él, ni lo zarandea la fortuna con incómodas aventuras,

ni le sacian la sed, siempre extranjero en sus viajes, aguas…desconocidas.

No tiembla como el mercader ante el mar, ni ante la trompeta como el… …soldado,

ni defendió en el ronco foro ninguna causa.

Indiferente ante todo, sin conocer ni la ciudad más cercana,

sólo se regocija cuando los astros se le muestran favorables.

Para él sólo rige el calendario por los alimentos, no por cónsules;

el otoño se distingue por las manzanas, la primavera por las flores.

El sol se oculta y regresa siempre por los mismos campos

y mide el campesino el tiempo con su mundo;

él, que al mirar la inmensa encina, recuerda la pequeña semilla

y ve que todo el bosque envejece con los mismos años;

él, para quien la cercana Verona está más lejos que las negras Indias

y cree que el lago Bénaco es el mar Rojo.

Pero, al llegarle la tercera edad, es un viejo robusto

de indómitas fuerzas y firmes músculos.

Que sea otro el que viaje y vaya a explorar a los remotos iberos:

el que se queda tiene más vida; el que se va, más camino.

Antología de la poesía latina

Selección y traducción de Luis Alberto de Cuenca y Antonio Alvar.

El Libro de Bolsillo. Alianza Editorial.