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El maestro

LUIS CERNUDA, OCNOS

Lo fue mío en clase de retórica, y era bajo, rechoncho, con gafas idénticas a las que lleva Schubert en sus retratos, avanzando por los claustros a un paso corto y pausado, breviario en mano o descansada ésta en los bolsillos del manteo, el bonete derribado bien atrás sobre la cabeza grande, de pelo gris y fuerte. Casi siempre silencioso, o si emparejado con otro profesor acompasando la voz, que tenía un tanto recia y campanuda, las más veces solo en su celda, donde había algunos libros profanos mezclados a los religiosos, y desde la cual veía en la primavera cubrirse de hoja verde y fruto oscuro un moral que escalaba la pared del patinillo lóbrego adonde abría su ventana.

Un día intentó en clase leernos unos versos, trasluciendo su voz el entusiasmo emocionado, y debió serle duro comprender las burlas, veladas primero, descubiertas y malignas después, de los alumnos –porque admiraba la poesía y su arte, con resabio académico como es natural. Fue él quien intentó hacerme recitar alguna vez, aunque un pudor más fuerte que mi complacencia enfriaba mi elocución; él quien me hizo escribir mis primeros versos, corrigiéndolos luego y dándome como precepto estético el que en mis temas literarios hubiera siempre un asidero plástico.

Me puso a la cabeza de la clase, distinción que ya tempranamente comencé a pagar con cierta impopularidad entre mis compañeros, y antes de los exámenes, como comprendiese mi timidez y desconfianza en mí mismo, me dijo: “Ve a la capilla y reza. Eso te dará valor”.

Ya en la universidad, egoístamente dejé de frecuentarlo. Una mañana de otoño áureo y hondo, en mi camino hacia la temprana clase primera, vi un pobre entierro solitario doblar la esquina, el muro de ladrillos rojos, por mí olvidado, del colegio: era el suyo. Fue el corazón quien sin aprenderlo de otros me lo dijo. Debió morir solo. No sé si pudo sostener en algo los últimos días de su vida.

Maya

Lope de Vega, El robo de Dina

[en Lope de Vega, Poesía selecta. Edición de Antonio Carreño.

Col. Letras Hispánicas, nº 187. Ed. Cátedra]

En las mañanicas

del mes de mayo

cantan los ruiseñores,

retumba el campo.

En las mañanicas,

como son frescas,

cubren los ruiseñores

las alamedas.

Ríense las fuentes

tirando perlas

a las florecillas

que están más cerca.

Vístense las plantas

de varias sedas,

que sacar colores

poco les cuesta.

Los campos alegran

tapetes varios;

cantan los ruiseñores,

retumba el campo.

Todo a su tiempo

Eclesiastés, III, 1-8

Todo tiene su tiempo

debajo del cielo.

Su hora el nacer,

su hora el morir.

Su hora plantar,

su hora arrancar.

Su hora derruir,

su hora construir.

Su hora llorar,

su hora reír.

Su hora el lamento,

su hora la danza.

Su hora esparcir,

su hora juntar.

Su hora abrazar,

su hora estar solo.

Su hora extraviar,

su hora buscar.

Su hora coser,

su hora rasgar.

Su hora el callar,

su hora el hablar.

Su hora el amar,

su hora el odiar.

Su hora la guerra,

su hora la paz.