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CURSUS HONORUM

VÍCTOR BOTAS, Las rosas de Babilonia

Otros tendrán los premios. Para ellos

la suave canongía, las espaldas

donde pasar la mano, los discursos

soporíferos siempre. Otros, mira,

recorrerán tertulias de santones,

homenajes sin cuento, redacciones

de diarios importantes a la busca

de la menor reseña, de una foto,

rodeados de libros –son tan cultos…

Están luego los listos que, siguiendo

el ejemplo triunfante de algún Nobel,

llevarán a sus casas encantadas

de Mallorca o de Ibiza a los futuros

doctorandos que harán su panegírico

a cambio de un buen plato de lentejas

y de algún paseíto junto al mar.

También hay mentecatos –por ejemplo

un servidor—cuyo infinito orgullo

les impide humillarse ante otra cosa

que no sean tus ojos o la Luna.

(Trágicos dinosaurios que no aspiran

más que a dejar la huella de su paso)

Dos sonetos

JOSÉ HIERRO

I

Para Paula

Es una rubia furia desatada,

gatea, sube y baja, embiste, grita.

Caléndula que araña, uñas de pita,

torito bravo, más: una manada.

Comedora de flores desmadrada,

Vesubio en miniatura. Es la rayita

que no cesa, pimienta y dinamita,

torbellinita desencadenada.

¿La imagináis durmiendo una muñeca?

La Bubu es domadora, es carateca,

pulgón y foloxera de la viña.

¡Ay madre mía, cuando tenga dientes¡

Prepárense sus deudos y parientes

(¡Y aún creen sus padres que esto es una niña!)

Güelu

II

(LA IMPASIBLE MARÍA CON ERRES, ELES Y ESES)

Para Tacha

Una esfinge pigmea. Se diría

que no está aquí: no ve, ni oye, ni huele.

Esta no es una Marta que currele,

sino María de la fantasía.

Susurra. Hormiga china, todavía

no distingue la erre de la ele.

Posiblemente un día se rebele

su Marta agazapada en su María.

Entonces, cara y cruz por siempre unidas,

sin eses de costuras descosidas,

Martamaría cantará su dúo.

Pero mientras no ocurra tal encuentro

es un búho que mira desde dentro

de un búho que está dentro de otro búho.

El abuelo Pepe

Funes El Memorioso

No por Antonio sino por
JORGE LUIS BORGES 
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Leamos a Borges…