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Ne me quitte pas

No por Antonio sino por

JACQUES BREL

Ne me quitte pas
Il faut oublier
Tout peut s’oublier
Qui s’enfuit déjà
Oublier le temps
Des malentendus
Et le temps perdu
A savoir comment
Oublier ces heures
Qui tuaient parfois
A coups de pourquoi
Le cœur du bonheur
Ne me quitte pas…

Moi je t’offrirai
Des perles de pluie
Venues de pays
Où il ne pleut pas
Je creuserai la terre
Jusqu’après ma mort
Pour couvrir ton corps
D’or et de lumière
Je ferai un domaine
Où l’amour sera roi
Où l’amour sera loi
Où tu seras reine
Ne me quitte pas…

Ne me quitte pas
Je t’inventerai
Des mots insensés
Que tu comprendras
Je te parlerai
De ces amants-là
Qui ont vu deux fois
Leurs cœurs s’embraser
Je te raconterai
L’histoire de ce roi
Mort de n’avoir pas
Pu te rencontrer
Ne me quitte pas…

On a vu souvent
Rejaillir le feu
D’un ancien volcan
Qu’on croyait trop vieux
Il est paraît-il
Des terres brûlées
Donnant plus de blé
Qu’un meilleur avril
Et quand vient le soir
Pour qu’un ciel flamboie
Le rouge et le noir
Ne s’épousent-ils pas
Ne me quitte pas
Ne me quitte pas…

Ne me quitte pas
Je ne vais plus pleurer
Je ne vais plus parler
Je me cacherai là
A te regarder
Danser et sourire
Et à t’écouter
Chanter et puis rire
Laisse-moi devenir
L’ombre de ton ombre
L’ombre de ta main
L’ombre de ton chien
Ne me quitte pas…

Lorca, el solipsista de Andalucía

No por Antonio sino por
FERNANDO SÁNCHEZ ALONSO.
Federico García Lorca es un personaje que sale mucho en los libros de Ian Gibson, y al que las estudiantes norteamericanas suelen incluir en el inventario de tópicos españoles, equiparándolo a los toros, a la paella, al flamenco y al sol bullicioso de las playas levantinas. Lorca poco tiene que ver hoy con la literatura. Lorca es el bibelot del grupo del 27.
Inspirándonos en los testimonios de quienes lo conocieron, podemos afirmar que García Lorca tenía esa alegría encorajinada de los cantantes de salsa y una ilusoria camisa de palmeras que él disfrazaba bajo los trajes de manolo andaluz al que en realidad le habría gustado llamarse Manola y llevar a los toros una peineta exaltada de metáforas y mucho folclore de clavel, ese asterisco rojo que él se fijaba a veces en el ojal de la chaqueta, donde se asustaba con el trajín de la respiración insegura de Federico cada vez que le golpeaba el puño del ultraje, como cuando anunciaban algunos periódicos, simulando la torpeza de una errata: «Mañana, conferencia de D. Federico García Loca».

Físicamente García Lorca tenía una gran cabeza de búfalo aturdido y testarrón, una tez aceitunada, que parecía prometerle el regreso a la nostalgia de su campo gitano, unos pómulos de muñeca repollo hasta los que él extendía una sonrisa ofuscada de blancura y pesadumbre, y un mirar en cuyo fondo se adivinaba una noche sin dioses ni estrellas. «Federico era una cabeza viva y un cuerpo alelado», epigramó Luis Rosales, y Gerardo Diego se detuvo a describir «su voz como encuevada, suavemente ronca, de un tono pardo único» que Lorca ejercitó en el teatro (fundó «La Barraca», compañía dramática) y en los conciertos de la Residencia de Estudiantes, donde había un piano cuyas teclas parpadeaban en blanco y negro bajo las manos de Lorca antes de que los oyentes celebraran su actuación con vítores y otras manifestaciones de genuino casticismo apache. Dice Gibson del poeta que era «un buen conversador y narrador de anécdotas, y tal vez más que cualquier otra cosa un juglar moderno que recitaba brillantemente sus poemas ante grupos de amigos o cantaba canciones folclóricas que él mismo acompañaba al piano». Lorca habría sido capaz de sustituir la Alhambra por otra edificada por él mismo con mondas de naranjas si eso le hiciese merecer la dicha de ser el centro de atención de los demás. De haber nacido en nuestros días, figuraría en la plantilla de empleados (sección de especímenes curiosos) que salen en ciertas cadenas televisivas.

Como poeta, Lorca acierta a reunir en su obra al don Quijote de lo culto y tradicional y al Sancho de lo folclórico y lo popular. Borges dijo que García Lorca era un gitano profesional. Su mundo, es cierto, termina en Despeñaperros. Pero la suya es una Andalucía que no sólo elude el lugar común, sino que él enriquece y universaliza con una mitología de erotismo trágico, de fuerza irracional y de perfume de flor de cuchillo (raro es el personaje de sus poemas que sale vivo al terminar el último verso). Y todo ese mundo de muerte y frustración está siempre amenizado por el hilo musical de un lenguaje extraordinariamente brillante, como un ramo de sol, que no desdeña la metáfora audaz ni la imagen hermética. (La poesía de Lorca abunda en demasiados efectos especiales, y aquí está, creo, su mayor virtud y también su mayor peligro).

«Bardo anterior a la imprenta», según lo bautizara Jorge Guillén, y adicto a cuanto se revistiera de olor a pueblo, aunque sin desatender nunca la cultura libresca, más amplia de lo que él se complació en divulgar, Lorca persistió en el hábito feliz del desprendimiento y no era infrecuente verlo regalar sus poemas a los amigos, sin que a menudo interviniera la precaución de reservarse una copia, pues él prefería pensar, sobre todo a partir de 1928, fecha del Romancero, que los versos renacen en el corazón de los hombres y mueren en las hojas del libro. Fortalecido por esa certidumbre, Lorca hizo de monitor de boy scouts de sus composiciones y las llevaba de excursión por conferencias y recitales.

Sacerdote de viejas divinidades humanas (la justicia, el amor, la muerte), apoyó en su poesía, y más aún en su teatro, las esperanzas de esa tribu de proscritos a los que maltrata la convicción de que la felicidad es algo que no está siquiera al alcance de sus sueños. «Yo siempre soy y seré partidario de los pobres. Yo siempre seré partidario de los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega», dijo. Porque para el gitano, la mujer estéril, el homosexual o el negro (todos esos seres dolientes que integran el retablo íntimo del poeta) sólo existe la pena negra. Pena de la que por cierto huirá él cuando decida emprender en 1929 un viaje a Estados Unidos con el confesable propósito de estudiar inglés y el inconfesable de apresurar la lejanía y el olvido de cierto ganímedes.

En Nueva York Lorca siente la fascinación de Mickey Mouse, se come una hamburguesa doble, se da un garbeo luego por Harlem y planea la idea de contar lo que ha visto en un libro de estirpe falsamente surrealista que se publicará en 1940 con el título de Poeta en Nueva York.

Lorca, qué duda cabe, fue un grandísimo poeta, pero inferior desde luego a la desmedida importancia que los críticos le han inventado. Influyó mucho en Alberti y algo en Bécquer, a quien empezó a leerse de forma distinta. Ahora bien, si ciframos el alcance y la trascendencia de un escritor en su capacidad de influir en las generaciones venideras, me alío a Carlos Bousoño cuando escribe: «el influjo de Aleixandre y Cernuda […] sobre la poesía de la posguerra es muy superior al que ha ejercido Lorca. Digámoslo con más energía: Lorca no ha influido prácticamente nada, o muy poco, en el desarrollo de la poesía posterior a él».

Lo dicho: Lorca o el solipsista de Andalucía.

El jolgorio efímero. Retratos a contraluz de cinco poetas del Grupo del 27.
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid. 2000.

El tiempo volaba

No por Antonio sino por

LEOPOLDO ALAS “CLARÍN”

El tiempo volaba. Junio se metió en calor. Vetusta en verano es una Andalucía en primavera. Ana todas las mañanas, por la fresca recorría la huerta y sacudía las ramas cargadas de cerezas acompañada de don Víctor, Pepe el casero y Petra; llenaban grandes cestas, forradas con hojas de higuera, de aquellos corales húmedos y relucientes; y la Regenta sentía singular voluptuosidad sana y risueña al pasar la finísima mano blanca por las cerezas apiñadas sobre la verdura de las hojas anchas y bordadas. Aquellas cestas iban a Vetusta a casa del Marqués y a veces a las de sus amigos. Una mañana vio Ana que Petra y pepe llenaban de la más colorada fruta un canastillo de paja blanca y de colores. Ana se acercó a ayudarlos. De pronto dijo:

–¿Para quién es esto?

–Para don Álvaro –contestó Petra.

–Sí, voy a llevárselo yo mismo a la fonda –añadió Pepe sonriendo ya a la propina que veía en lontananza.

Ana sintió que su mano temblaba sobre las cerezas y aquel contacto le pareció de repente más dulce y voluptuoso.

Y cuando nadie la veía, a hurtadillas, sin pensar lo que hacía, sin poder contenerse, como una colegiala enamorada, besó con fuego la paja blanca del canastillo. Besó las cerezas también… y hasta mordió una que dejó allí, señalada apenas por la huella de dos dientes.

Y asustada de su desfachatez pensó todo el día en la aventura, sin vergüenza.

“¡También esto eran cosas de la salud!”

La Regenta (cap. XXVII)