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Dejadlos que descansen en paz

 

Hace unos cuantos días -el de San Valentín, para ser más precisos- una foto de EL PAÍS nos mostraba a un par de científicos -o científicas, están profilácticamente embutidos- hurgando en unos restos de ataúd, ya convertidos en terrosos escombros. A mí me hicieron acordarme de cuando yo era un niño y buscaba larvas en el estiércol, larvas que me servirían de cebo para las trampas. Estos científicos no buscaban larvas para la caza o la pesca, buscaban pruebas de que estaban ante los restos descompuestos de Cervantes. Así que también me acordé, con muy mala leche, de la madre que parió al que los hubiera mandado a ocuparse de tan indignante y macabro menester.

Dejemos que sus huesos se sigan, no desintegrando, sino integrando en la tierra, dondequiera que estén; y dediquemos nuestro tiempo, dinero y esfuerzo a la edición y difusión de sus obras: las de Cervantes, las de García Lorca y las de todos los escritores cuyo cuerpo ha vuelto al polvo, a la ceniza del pasado miércoles, y cuyos libros andan por ahí, tan olvidados como el arpa de la rima de Bécquer.

Pero la estupidez humana no tiene límites, es mucho más grande que todos los océanos juntos, y no cejará jamás en sus repulsivas bellaquerías.

Parece que al final de la Primera Guerra Mundial, tan conmemorada el pasado año, hubo mucho desenterramiento de cadáveres de soldados, en plena descomposición. Espero que no fueran tantos -aunque es de temer que sí- como lo son en la novela Nos vemos allá arriba -título original Au revoir là-haut– del francés Pierre Lemaitre. Es una novela reciente, una novela buenísima, una obra maestra sin duda. De ella voy a copiar ahora la escena de un desenterramiento. Naturalmente la familia que corre con los gastos, y con la responsabilidad mayor del delito, no sabe que está siendo víctima de un fraude, pues los restos no pertenecen a su ser querido, sino a cualquier soldado anónimo, caído en circunstancias similares.

 

Se pusieron en marcha.

El conductor llevaba dos palas y Albert cargaba con una gran lona plegada para echar la tierra: así rellenarían luego el agujero más deprisa.

Era una noche relativamente clara, a derecha e izquierda se distinguían las pequeñas lomas de las decenas de tumbas, era como caminar por un campo excavado por topos gigantes. El capitán avanzaba a grandes zancadas. Con los muertos siempre había sido un tipo muy atrevido. Detrás de él, entre Albert y el conductor, caminaba con pequeños pasos la chica. Madeleine. A Albert le gustaba ese nombre. Era el de su abuela.

-¿Dónde es?

Llevan mucho rato andando, un sendero, otro… El que pregunta es el capitán, que se vuelve, nervioso. Aunque habla en susurros, su voz delata exasperación. Quiere acabar con el asunto. Albert busca, alza una mano, se equivoca, trata de orientarse. Se lo ve pensar, no, no es ahí.

-Por allí -dice al fin.

-¿Seguro? -le pregunta el conductor, que empieza a desconfiar.

-Sí -asegura Albert-. Es por ahí.

Siguen hablando en voz muy baja, como en una ceremonia.

-¡Espabila, chaval! -masculla el capitán, irritado.

Por fin llegan.

Sobre la cruz, una plaquita: Édouard Péricourt.

Los hombres se apartan, la señorita Péricourt se acerca. Llora con discreción. El conductor ha dejado las palas y ha vuelto a su puesto de vigilancia. En la oscuridad, apenas se distingue nada. Sólo la frágil figura de la chica. Tras ella, los dos hombres bajan la cabeza respetuosamente, pero el capitán no cesa de mirar a todas partes, inquieto. Es una situación incómoda. Albert toma la iniciativa. Extiende la mano y la posa con suavidad en el hombro de Madeleine Péricourt, que se vuelve, lo mira, se hace cargo, retrocede. El capitán le tiende una pala a Albert, coge la otra, la chica se aparta. Empiezan a cavar.

Es un tipo de suelo pesado, proceden con lentitud. En las proximidades del frente, como no disponían de tiempo, los cadáveres jamás se enterraban a mucha profundidad, a veces a tan poca que al día siguiente las ratas ya los habían localizado. No deberían de cavar mucho para encontrar algo. Albert, sumamente inquieto, se detiene a menudo para escuchar, distingue la silueta de la señorita Péricourt cerca de un árbol casi muerto, muy erguida y también tensa. Fuma nerviosa un cigarrillo. A Albert le sorprende que una mujer como ella fume. Pradelle echa un vistazo a su alrededor y, después, venga, muchacho, no podemos eternizarnos. Reanudan la tarea.

Se tarda mucho sobre todo porque hay que cavar con cuidado para no golpear el cuerpo de debajo. Las paletadas se amontonan en la lona. ¿Qué harán los Péricourt con el cuerpo?, se pregunta Albert. ¿Enterrarlo en su jardín? ¿De noche, como ahora?

Se detiene.

-¡Ya era hora! -resuella el capitán agachándose.

Lo ha dicho en voz muy baja, no quiere que la chica lo oiga.

Ha aparecido algo del cuerpo, aunque es difícil saber de qué se trata. Las últimas paladas son delicadas, hay que cavar por debajo para no dañar nada.

Albert está en ello. Pradelle se impacienta.

-¡Aligere! -resopla por lo bajo-. ¡Vamos, a él ya no puede pasarle nada!

La pala se engancha en la guerrera que sirvió de sudario, y enseguida el hedor asciende hasta ellos, horrible. El capitán se vuelve de inmediato.

También Albert retrocede, pese a que había tenido que oler cuerpos en descomposición durante toda la guerra, sobre todo en su época de camillero. Por no hablar de la hospitalización de Édouard. Al pensar de repente en él… Albert alza la cabeza y mira a la chica, que, aunque está bastante lejos, se sostiene un pañuelo ante la nariz. Debía de querer mucho a su hermano, se dice. Pradelle lo empuja con brutalidad y sale del agujero. En dos zancadas ya se encuentra junto a la joven, la coge de los hombros y la obliga a dar la espalda a la tumba. Albert está solo en la fosa, envuelto en el hedor del cadáver. Madeleine se resiste, niega con la cabeza, quiere acercarse. Albert duda sobre qué conducta seguir, está paralizado, la esbelta silueta de Pradelle sobre su cabeza le recuerda tantas cosas… volver a verse en un agujero, aunque poco profundo, le provoca sudores de angustia, a pesar de que ha empezado a hacer frío, porque, con él en el agujero y el capitán plantado allí arriba con las piernas abiertas, lo ocurrido vuelve a subirle a la garganta, tiene la sensación de que van a cubrirlo de tierra, a sepultarlo, y empieza a temblar, pero vuelve a pensar en su camarada, en su Édouard, y se obliga a agacharse y reanudar la tarea.

Estas cosas le parten a uno el corazón. Con precaución, araña la tierra con el borde de la pala. La tierra arcillosa no favorece la descomposición y además el cuerpo fue cuidadosamente envuelto en la guerrera, lo que ha retrasado la putrefacción. El tejido está pegado a los esponjosos terrones, aparece el costado, las costillas, un poco amarillentas, con jirones de carne pútrida, negruzca, un hervidero de gusanos, porque aún queda bastante por devorar.

Arriba, un grito. Albert levanta la cabeza. La chica solloza. El capitán la consuela, pero por encima de su hombro dirige una mueca de exasperación hacia Albert, date prisa, a qué esperas.

Albert suelta la pala, sale del agujero y echa a correr. Tiene el corazón en un puño, todo aquello le revuelve el estómago: el pobre soldado muerto, el conductor, que saca provecho del dolor ajeno, el capitán, que, se ve a la legua, metería cualquier cadáver en el ataúd con tal de acabar cuanto antes… Y el verdadero Édouard, tan desfigurado, tan espantoso como un cadáver, atado en su habitación de hospital. Si se para a pensarlo, resulta descorazonador haber luchado para semejante resultado.

(Páginas 120-123)

Traducción de José Antonio Soriano Marco

Así que vuelvo al título de esta entrada: dejémoslos, por favor, dejad que los muertos descansen en paz.

Avanzaba de espaldas aquel río…

Avanzaba de espaldas aquel río.

 

No miraba adelante, no atendía

a su Norte –que era el Sur.

Contemplaba los álamos

altos, llenos de sol, reverenciosos,

perdiéndose despacio cauce arriba.

Se embebía en los cielos

cambiantes

del otoño:

               decía adiós a su luz.

Retenía un instante las ramas de los sauces

en sus espumas frías,

para dejarlas irse –o sea, quedarse–,

mojadas y brillantes, por la orilla.

En los remansos

demoraba su marcha,

absorto ante el crepúsculo.

 

No ignoraba el mar ácido, tan próximo

que ya en el viento su rumor se oía.

Sin embargo,

continuaba avanzando de espaldas aquel río,

y se ensanchaba

para tocar las cosas que veía:

los juncos últimos,

la sed de los rebaños,

las blancas piedras por su afán pulidas.

Si no podía alcanzarlo,

lo acariciaba todo con sus ojos de agua.

 

¡Y con qué amor lo hacía!

 

Ángel González, Prosemas o menos, 1983

Lectura de Caballero

Voy a copiar aquí, para celebrar el Día del Libro, una secuencia de uno que he leído recientemente: La costumbre de vivir, de José Manuel Caballero Bonald. Un libro que está en mi biblioteca desde 2002, el año siguiente a su publicación. Las distintas catas dedicadas a sus páginas, en la última docena de años transcurridos, no me motivaron para emprender una lectura completa. Pero esta vez sí: me he sentido enganchado de principio a fin, siempre con el lápiz bicolor a mano para los convenientes subrayados.

Es un libro de memorias de un escritor, y por tanto un libro para gente especialmente aficionada a la literatura: escritores, profesores, estudiantes de Filología.

El fragmento que he seleccionado, para dejarlo aquí de muestra, es un poco largo. Pero también es bastante redondo, permite una provechosa lectura exenta. Y permite hacernos una idea de cómo ha llevado su vida Caballero Bonald, nacido en 1926 y Premio Cervantes (el que recibe hoy Elena Poniatowska) en 2012. También he elegido el fragmento porque me ha hecho evocar algún otro caso, más cercano, de amistad norte-sur, o asturianoandaluza para ser más precisos.

De los asturianos que aquí se mencionan, los más relevantes para mí son Ángel González y Emilio Alarcos, el poeta y el profesor, ambos por antonomasia. Desde que por primera vez leí poemas suyos, Ángel González me ha sido uno de los poetas más queridos y admirados. En cuanto a Alarcos, algunos de sus tratados los tuve como libros de texto mientras fui estudiante de Filología Románica. Después, en 1996, llegó a mis manos su Gramática de la lengua española de 1994; y la leí con la fruición del que está leyendo una novela maravillosa (deformación profesional se llama eso).

Y ahora copio:

 

Después de ese verano almeriense, [el de 1970] Ángel González y yo emprendimos una expedición a Asturias, uno de aquellos viajes laboriosos, interminables, que hacíamos a Oviedo desde Madrid, preferentemente en coche, lo que venía a suponer, amén de un serio trastorno físico, una temeridad. Siempre nos vanagloriábamos de haber batido un récord al revés: tardábamos en llegar más que cualquier otro viajero. Pero llegábamos en condiciones bastante aceptables. En aquella ocasión nos acompañaba Carlos Bousoño, aunque sólo hasta Oviedo, pues Ángel y yo cumplíamos la doble función de excursionistas por la costa -Lastres, Tazones, Gijón, Salinas- y lectores de poesía en la facultad de la que era entonces decano Emilio Alarcos Llorach. Me cuerdo muy bien de unas larguísimas sobremesas en el restaurante Conrado y de unas más largas descubiertas nocturnas que acababan en matutinas. La verdad es que Alarcos, que era cuatro o cinco años mayor que nosotros, no lo parecía en absoluto. Quizá lo que más me atrajo de él desde un primer momento fue la infrecuente y admirable alianza que siempre supo promover entre la sabiduría y el humor. Aquí un libro, aquí una amistad. Sus conferencias, sus textos críticos, sus tratados lingüísticos, disponen todos de una sugestión adicional: junto a la solvencia científica surge de pronto como el deseo de aligerar la aridez de la materia con la amenidad expositiva, incluso con un gracejo de muy castizos atavíos retóricos.

Mis primeras noticias de la obra de Alarcos como lingüista, como filólogo, como introductor del estructuralismo en España, se reducían entonces a que había inaugurado un curso académico en Oviedo con una lección sobre la poesía de Blas de Otero, publicada luego por Anaya (1966). El simple hecho de que Alarcos eligiera la obra de Otero para ese discurso inaugural me pareció un buen ejemplo de independencia y perspicacia. Corrían tiempos, ya se sabe, inflexiblemente controlados por la hostilidad censoria y las coacciones doctrinales y era muy difícil incurrir en cualquier desobediencia a las ordenanzas al uso. Y con mayor razón si cabe en el ámbito universitario. El libro sobre Blas de Otero fue para mí una excelente guía de penetración en la poesía del autor de Pido la paz y la palabra, pero también un muy preciso modelo de honradez intelectual. Por primera vez me acerqué a un estudio basado en los procedimientos lingüísticos para caracterizar la obra de un poeta, lo cual definía también una manera innovadora de enfrentarse al análisis de un texto. A lo mejor es que ya daba por seguro que, en poesía, el procedimiento lo es todo o la poesía no es nada.

Aquella vez en Oviedo todo se ajustó a un programa de actos más bien vertiginoso que preludiaba lo que ocurrió en otros viajes sucesivos. Los consumos etílicos de larga duración, quiero decir los que no concuerdan con mis hábitos de bebedor vespertino, suelen alterarme bastante y casi nunca con desenlaces predecibles. Recuerdo una comida magnífica con Juan Cueto en una taberna marinera de Tazones, un almuerzo digno de la mesa de Lúculo en una venta caminera próxima a Gijón y sobre todo un itinerario de figones en Lastres. Ya estaba cayendo la noche en este empinado pueblo, y Ángel y yo nos apostamos en una esquina aguardando que pasara una procesión: dos hileras de mujeres enlutadas y entonando cánticos. Se conoce que el espectáculo de unos forasteros barbudos y con cara de pecadores, vagamente identificables con la imagen duplicada de Satanás, se contradecía con el recogimiento de aquella ceremonia religiosa. Lo supimos porque a medida que aquellas mujeres se iban acercando hasta donde estábamos, interrumpían la salmodia y miraban a otro lado en señal de reprobación. No fuimos perseguidos por la Iglesia militante, pero sí nos negaron una última copa, ya tarde, en una taberna donde alentaba el fantasma de aquel energúmeno patriota llamado don Pelayo.

Cada Noche tenía su afán. Por ejemplo, aquella vez en que Alarcos, Ángel y yo, después de haber cerrado el último bar, nos encontramos sin saber dónde ir ni qué beber. Se le ocurrió entonces a Alarcos una idea luminosa: en un cajón de la mesa de su despacho en la facultad guardaba una botella de whisky para imprevistos. Ningún imprevisto más perentorio que aquél, de modo que nos dirigimos a la vieja universidad en busca de tan preciada botella. La ciudad estaba vacía y la poca iluminación ponía en las fachadas una tonalidad imprecisa, unas sombras itinerantes que me sugirieron por vez primera la escénica clandestinidad de Vetusta. Al llegar al portón, Alarcos se buscó nerviosamente por todos los bolsillos y comprobó desolado que no llevaba encima las llaves. Hubo unos momentos de incertidumbre. El portón lucía más bien decrépito y, según pudimos comprobar, parecía bastante vulnerable. Alarcos nos pidió por señas que nos apartáramos y se situó en la acera de enfrente. Tomó desde allí carrerilla y se precipitó sobre el portón con mucha más potencia de la que hacía prever su enteca complexión. El cuerpo de Alarcos chocó leñosamente con la noble madera de la puerta de la alma mater, pera ésta permaneció negándonos la entrada. Yo me ofrecí a ayudar a Alarcos, uniendo mi impulso al suyo, pero ya él volvía a lanzarse sobre el portón, el cual hizo un extraño mientras se abría una de las hojas con un estridente gemido de goznes. De modo que entramos, subimos a oscuras una escalera, atravesamos una galería y finalmente nos introdujimos en un despacho. No sé si una vez en posesión de la botella, volvimos a salir o nos la bebimos allí mismo. En cualquier caso, hubiese resultado de lo más edificante la intervención de la policía ante un allanamiento de morada perpetrada por el decano de la morada.

Alarcos podía comportarse así, antes -por supuesto- de que Josefina, su mujer, truncara de modo sañudo las naturales inclinaciones del profesor a los esparcimientos joviales. Ya había publicado por entonces algunos libros que marcaron la cumbre de los estudios lingüísticos en España: la Gramática estructural o la Fonología española. Pero procuraba que no se le notase. Si se refería ocasionalmente a esos libros (y aunque era consciente , creo yo, de su condición precursora), lo hacía como si fuesen obras de un señor al que conocía de pasada, pero con el que no quería tener mucho trato. La magistral Gramática de la lengua española que publicó en 1994 debe algo al entusiasmo -no me atrevo a decir a la vigilancia- de Josefina. La última vez que estuvimos juntos fue poco antes de su muerte, en Sanlúcar de Barrameda, donde presidió el tribunal ante el que se defendía una tesis doctoral de José Juan Yborra sobre mi obra novelística. Yo le sugerí al director de la tesis -Alberto González Troyano- la composición de ese tribunal y él eligió el lugar en que debía celebrarse el acto: la espléndida bodega sanluqueña de Barbadillo. Nunca un ceremonial académico se había inscrito en un marco más inusitado, aunque en este caso también fuera el más idóneo. Me consta que Alarcos disfrutó lo suyo. Él sabía muy bien, conviene reiterarlo, que la erudición y el recreo pueden -incluso deben-simultanearse sin mayores estorbos.

En Oviedo he vivido algunas de las más gustosas noches de esos y otros subsiguientes tramos de mi historia personal. Se trata de un referente afectivo que en ningún caso se ha visto alterado por la mella del tiempo o la desmemoria de la edad. Siempre podía elegirse allí un seductor itinerario nocturno por la zona antigua de la ciudad, entre la catedral y el mercado, un poco al hilo de las remembranzas emocionantes de aquella secreta ciudad vislumbrada a través del catalejo que pone Clarín en manos del magistral don Fermín de Pas, contrastadas entonces con otras muy distintas andanzas amatorias y desenvolturas vitales. Tras la muerte de Emilio Alarcos, mis amigos asturianos de aquellos días son mis amigos actuales de cualquier parte: Paloma y Enrique Álvarez-Uría, Mariano Antolín Rato, Juan Cueto, Miguel Munárriz, Lola y Juan Benito Argüelles, Fernando Corujedo, Josefina Alarcos, Alicia Prada, Lola Mateos, amén de otros diversos inquilinos de la noche y espontáneos azotacalles.

José Manuel Caballero Bonald:

La costumbre de vivir. La novela de la memoria, II.

Alfaguara-Santillana. Madrid, 2001.

Páginas 499-503