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Moral y psicología

Mi hija Hebe, que acaba de cumplir los dieciocho, inicia sus estudios universitarios. Ya ha dejado la casa familiar, la ciudad en la que ha ido formándose para convertirse en persona adulta.

Es verdad que, con los nuevos medios de comunicación y de transporte, se puede decir que no hay distancias, puedo decir que mi hija Hebe sigue viviendo muy cerca de su familia.

Aun así, son momentos en los que un padre siente la tentación de ponerse solemne e impartir, al vástago que está a punto de hacerse independiente, algunos consejos de los que deberían considerarse inolvidables.

Uno recuerda la escena de El alcalde de Zalamea en la que Pedro Crespo aconseja a su hijo Juan, cuando este se dispone a partir e integrarse en la milicia:

Sé cortés sobremanera,

sé liberal y esparcido […].

Y la obediente, reverenciosa respuesta de Juan a su padre:

Hoy tus razones imprimo

en el corazón, adonde

vivirán mientras yo vivo.

Pero en la vida real, y menos en estos tiempos, no suele haber ocasiones de tanta solemnidad. Los mayores repetimos consejos machaconamente y en cualquier circunstancia, quizá los consejos menos necesarios y en los momentos menos oportunos; y los jóvenes nos oyen como quien oye llover.

Mi hija Hebe comienza estudios de Psicología.

Quizá por eso a mí se me ocurre escribir aquí y ahora un consejo que no le he dado a ella personalmente, pero que podrá leer aquí, como cualquiera, si le apetece. A ver cómo lo digo…

Cuando actuamos bien, de un modo moralmente correcto, nuestra conciencia está tranquila, nuestro pensamiento descansa. Cuando actuamos mal, nuestra mente se activa porque necesita encontrar argumentos que justifiquen la mala obra, es decir, lo injustificable. Así que la mala acción nos condena a un estéril agotamiento psicológico, del que sólo nos libraría el reconocimiento íntimo de la falta cometida. No obstante, parece que la tendencia natural nos lleva a buscarle explicaciones, razones, justificaciones. Desde Adán, recordemos: «La mujer que me diste compañera me ofreció del fruto y comí».

Mucho mejor, y psicológicamente más descansado, elegir desde el principio la opción correcta; incluso cuando nos obligue a un esfuerzo grande, a un sacrificio mayor.

Ojalá todos, no solo mi hija Hebe, actuáramos según este principio. El mundo ganaría mucho en hermosura.

 

Maridos

Pongamos de mediana edad. Parejas heterosexuales. Se reparten en los siguientes grupos (sin contar algún otro):

Parados de larga duración. Sometidos a un tratamiento antidepresivo muy fuerte. Se pasan el día tirados en el sofá, y de cuando en cuando se rascan el telemando (sin perdón por el pareado). A media tarde se toman su ración de estimulante y se echan a la calle a pasear sus miserias. Gracias a lo cual, la sufrida esposa puede ventilar el cuarto, pasarle la aspiradora al sofá, niquelar los ceniceros y ver alguna teleserie.

Chapuzas vocacionales. Todo el día aperreados y asendereados en la vieja furgoneta, con tantas ganas de cambiarla por la nueva Peugeot Expert como de cambiar a la esposa por la vecina del 3º. Si asoman por la casa, se limitan a recoger algunas herramientas de la habitación que hace de taller y a echar una mirada en el frigo, a ver si hay una cerveza fresca y una tapa que les guste. En caso afirmativo, las liquidan sin sentarse, y ya están en el portal cuando aún no han terminado de masticar el último bocado.

Clase media legítima. Trabajo estable, entre agotador y comodísimo en función del temperamento del sujeto, no del trabajo en sí. Horario regular. Este buen hombre sabe que, en llegando a su casa, se convierte en el servicio de mantenimiento: siempre hay algún enchufe roto, alguna puerta que chirría, alguna ventana sin pintar, algún pomo sin atornillar. Realiza sus laboreos domésticos generalmente con paciencia. Pero a veces se siente agotado, incapaz, rebelde. Así que llega a casa, curiosea en el frigorífico -¡qué manía!- mientras la señora le cuenta el problema que tienen con el niño, o el niño con el cole, o el cole con el niño -él no llega a enterarse bien de cuál es el problema-, se pone el chándal, coge el smartphone y los auriculares, le pone cara de derrota a la señora, y sale diciendo, como para sí, que necesita respirar.

Clase alta. Muuucha pasta. Este marido es un honrado empresario muy montado; o un lince para los negocios; o un político en el poder; o un narcotraficante; o un Dr. Vivales. Viven en un chalé de alta cama. Garaje con tres bólidos de alta gama. Dos hijos: el mayor con niñera -aunque es ya un adolescente- y psiquiatra; el menor, interno en un colegio de Muchaschuches. Él casi nunca para en casa. Mucho trabajo. Muchos compromisos. Muchos viajes. Muchas aventurillas.  La señora, encantada con las largas ausencias maritales. Ella tiene su vida. Sabe que puede tirar de tarjeta bancaria sin miedo al agotamiento. Ella se agota en el gimnasio, o en la cama con el amante ocasional. Periódicamente lleva a cabo reformas en la casa, por no aburrirse o porque ha visto cosas en casa de una amiga-enemiga, cosas que la han llevado a plantearse algunos cambios, siempre guiada por reputados profesionales. Él, ocupado en lo suyo, la deja hacer.

Vuelta al cole

O al curro.

Lo mismo que las vacaciones no han sido tan maravillosas -aunque respondemos a todas las preguntas de cortesía que han estado muy bien-, el trabajo tampoco será tan duro.

Nos adaptamos a todo. Y, lo mismo que en las situaciones de felicidad encontramos inconvenientes, en las penosas siempre podemos encontrar motivos de alivio y dulzura.

Está claro que los momentos mejores son los de la pura esperanza: el momento en que nos despedimos del trabajo y comenzamos las vacaciones, o comenzamos el fin de semana, o las horas de descanso. Luego pasa, enseguida pasa, que la felicidad, como el agua en contacto con otras sustancias, enseguida se enturbia un poco. Ojalá sólo un poco. Para que podamos adaptarnos a esa merma de claridad sin perder la sonrisa, ni la paciencia, ni la alegría.

La vida es siempre la vida, una olla en la que cabe todo.