• Páginas

  • Archivos

  • febrero 2026
    L M X J V S D
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    232425262728  

Colonias

Empecemos con una nota filológica. El sustantivo ‘colonia’ no procede, como podría creerse, de Colón -Cristóbal Colón-, aunque el descubridor de América, propiciara la más ingente construcción de colonias que haya tenido lugar en la historia de la humanidad. No. Procede del verbo latino colo -hay un verbo hermano y casi homófono en el griego antiguo-, que no tiene significados de carácter negativo sino que todos son positivos: cultivar, cuidar, habitar, venerar…

Resulta que aquellos romanos de la Antigüedad, que hablaban latín, fueron bastante dados a la práctica de establecer colonias: así crearon su imperio.

Aunque mi reflexión de hoy no la ha suscitado el imperio romano sino el virus del Ébola. Porque hay que ver… Algo tan minúsculo como un virus, algo que en principio no es ni siquiera un ser vivo, se adueña del organismo de una persona y lo coloniza, pone a las células del otro a trabajar a su servicio: hasta que acaba con esa persona y tiene que encontrar otra para convertirla igualmente en su colonia.

Pero tampoco es que yo quiera hablar de la epidemia de ébola. Ni sabría hacerlo.

La idea sobre la que yo quisiera incidir en estas líneas es la de que el fenómeno de la colonización, la tendencia a establecer colonias, es frecuentísima en la naturaleza y en la vida humana. ¿Y esto es bueno o malo? Creo que la respuesta dependerá de a quién se lo preguntemos. El colonizador seguramente dirá que es bueno.

Es tan frecuente esa tendencia -y aquí quería yo llegar- que se puede encontrar en la relación entre dos individuos humanos, cuando uno de ellos actúa con el objetivo de convertir al otro en un campo de beneficios para sí mismo.

Este colonizador no se va a presentar ante su posible colonia enseñándole sus cartas, su juego; más bien adoptará una apariencia de individuo servicial, incluso abnegado, nunca egoísta, para ir ganándose la confianza y la voluntad del otro. Y, efectivamente, sin prisa y sin pausa, irá adueñándose del terreno; o sea del otro individuo, hasta convertirlo en un ente al servicio de su colonizador.

Ahora bien, si el individuo colonizado, por un instinto de supervivencia que hace saltar en él la alarma antes de que todo esté perdido, tiene una reacción de rechazo del colonizador y de recuperación de sí mismo, la respuesta del colonizador puede ser de dos tipos: de mera sorpresa -de la que pronto se recuperará para ponerse a buscar otro huésped- o de arrasadora violencia: «Tú eres mío -o mía- y antes de permitir que seas de otro te destruyo.»

El que tiene tendencia a ser colonizador -seguramente lo lleva en los genes- no va a cambiar fácilmente. El que tiende a ser abierto y confiado puede verse en apuros.

Y tú, ¿cómo eres?

Pruebas de Madurez

Acabado el curso de 2º de Bachillerato, mi hija Hebe se dedica en estos días a estudiar para las pruebas de Selectividad. Y recuerdo que algo parecido me tocó realizar a mí hace casi medio siglo. Aunque aquellas tenían otro nombre: pruebas de Madurez; y el curso que las precedía se llamaba Preuniversitario (Preu).

Me examiné en septiembre…

Hace algún tiempo, conté en esta certepática ventana la experiencia de mi primer suspenso académico. El segundo de ellos fue la causa de que me examinara de Madurez en septiembre: en septiembre del curso anterior, alumno yo libre de 6º de Bachillerato, caí en Griego.

No conocía, lo cual es lógico, a la profesora que vigiló y corrigió. Y hoy, aparte del suspenso que me endiñó, nada recuerdo de ella. Mejor dicho, me acuerdo un único detalle de su persona: que llevaba las piernas sin depilar. Lucía unas cerdas montunas que no auguraban nada bueno. Y me suspendió. Supongo que no sería por mirarle indiscretamente las piernas, falta en la que yo, exseminarista y catetillo en ejercicio, bien (o mal) pude haber incurrido.

El caso es que ello me obligó a ser alumno oyente, no matriculado, del curso Preuniversitario, en el Instituto Padre Suárez de Granada. Compartí, por cierto, esta peculiaridad académica de «la libertad» con varios compañeros rebotados del Seminario Virgen de Gracia: por aquella época los seminarios españoles estaban sufriendo una severa desbandada.

De la profesora de Griego de aquel Preu, sí que me acuerdo: doña María Gracia Lazcano, competente, encantadora, norteña afincada en Granada, vocacional de la enseñanza, entusiasta de Homero y de los aqueos, de una elegancia inspirada en (o por) la mismísima Atenea.

No me tuve que volver a examinar del Griego de 6º: tenía un sobresaliente en el de Preu, que se haría oficial en septiembre. Y en septiembre sí: las pruebas de Madurez; acabadas con un éxito paradójico: porque yo seguía estando verde, verde, verde.

De berenjenas y sonetos

Mientras paso por delante de la entrada al supermercado, de este sale una señora llevando de la mano un niño como de cinco o seis años. Su otra mano acarrea un gran bolso repleto de provisiones. El niño farfulla algo en tono quejumbroso; y la señora, seguramente su madre, le contesta en tono seco, enfadado y tajante. Posiblemente el niño se lamente de que su madre no haya accedido a comprarle en el súper la golosina de sus amores; y la madre, ya cansada de oírlo, desea poner fin al tema.

Tienen el coche a pocos pasos, se detienen. Aun así, antes de rebasarlos, puedo ver, rebosando en su cesto, una bolsa con berenjenas. Y en ellas se centra mi pensamiento mientras sigo mi camino. Berenjenas, berengüenas, berembuenas. Pastel de berenjenas, qué delicia. ¿Recuerdo la receta, a pesar de que solo lo he preparado una vez hace algún tiempo? Compruebo que la recuerdo: podría volver a cocinarlo sin mirar mi cuaderno de recetas. La memoria me sigue funcionando, a veces por lo menos.

A renglón seguido, comienzo a sorprenderme de que haya sido una fórmula culinaria lo que me ha dado por repasar mentalmente. Y no, por ejemplo, el Soneto XIV de Garcilaso, del que solo recuerdo los primeros versos:

Como la tierna madre que el doliente

hijo con lágrimas le está pidiendo

alguna cosa de la cual comiendo…

Ya en casa, lo leo, lo releo una vez más. En el soneto, la madre accede a la petición del hijo, a pesar de que sabe que lo que le pide es nocivo para él. Accede para no verlo sufrir, porque el hijo tiene un cuelgue fortísimo con ‘la cosa’, está enganchado.

Lo que pasa es que la madre y el hijo del soneto no son reales, son solo un símil literario: «Como la madre»… Al llegar a los tercetos nos dirá Garcilaso cuál es la realidad de la que nos habla: «así mi enfermo y loco pensamiento»… El pensamiento del poeta solo quiere ocuparse en recordar a la amada cruel. Y el poeta se lo consiente, a pesar de que sabe que su piedad agravará la dolencia. Es un tema muy reiterado en la poesía del toledano, el «verme morir entre memorias tristes» del Soneto X.

Pero Garcilaso era un joven soldado. Moriría joven. Tenía derecho, antes de que el fatal día llegara, a mantenerse enganchado a sus recuerdos, por morbosos que fueran. La madre del súper, una madre real, no un símil poético, ha hecho bien al negar a su hijo la golosina perjudicial para la barriguita:

-No te la compro, que ya mismo es la hora del almuerzo.

-¿Qué vamos a comer?

-Una comida muy rica: pechuga de pollo a la plancha y algo parecido a las patatas fritas pero mucho más bueno, berenjenas fritas.