• Páginas

  • Archivos

  • febrero 2026
    L M X J V S D
     1
    2345678
    9101112131415
    16171819202122
    232425262728  

PA VEROS REUNIDOS

A los de mi pueblo nos dicen, o nos decían en aquellos tiempos, los paveros. Y, verdaderamente, no era raro entonces ver a alguna señora, seca, alta y enlutada, con su caña en la mano, arreando una recua de pavos camino de las eras, de algún barbecho o de algún rastrojo, donde las omnívoras aves de fatal destino fueran matando su hambre.

Creo que ahora en mi pueblo se crían menos pavos. Y además nadie los saca de paseo. Al contrario: los tienes encerrados con alambrada de triple malla, no sé si para evitar que se escapen o que se los lleven los ladrones. Quizá es consecuencia de tan pertinaz encierro que estos pobres bichos hayan ido cambiando el color de su plumaje: antes negro como el del cuervo, y hoy blanco como el de la paloma con la que representamos al Paráclito. Mirad el de la foto, ahí abajo: blanco, enmallado y haciendo el pavo para que se vea que cumple.

Hace un par de años se me ocurrió que mis amigos del pueblo y yo, que, con el paso –o el peso- del tiempo cada vez nos hemos ido viendo y reuniendo menos, podíamos constituirnos en asociación cultural y recreativa. Incluso redacté unos estatutos. Mi propuesta tuvo cero éxito.

El caso es que ahora, revisando y ordenando archivos, he encontrado los dichos estatutos. Y, ya a punto de borrarlos, he cambiado de idea y he decidido dejarlos aquí. Esta nota introductoria está destinada, principalmente, a los que no son del pueblo o no saben que paveros es el gentilicio familiar de los gojareños y, por tanto, no pueden captar el calambur del nombre.

¡Ah!, dejo incluso la fecha: el 12 de septiembre es el día de la Patrona, la Divina Pastora, aunque en los últimos años le han adelantado un par de semanas la celebración.

Y… quién sabe. Lo mismo ahora alguno de mis amigos lee estas líneas; y se hace eco, ahora sí, de esta proposición. A pesar del peso del tiempo.

 

ASOCIACIÓN CULTURAL, RECREATIVA Y GASTRONÓMICA

 

PA VEROS REUNIDOS

 

 

ESTATUTOS

 

  1. Todos los miembros de la Asociación son hijos naturales, adoptivos o putativos del muy antiguo y honrado pueblo de Gójar.
  2. Todos tienen una idea, remota o aproximada, del trato que Eulogio le había dado a la cabra cuando decía que le había hecho “un examen”.
  3. Todos hacen lo posible por acudir a las dos comidas anuales de la Asociación (días de San Lorenzo y de San Silvestre), que se celebrarán en Gójar o en algún lugar próximo a nuestra localidad (la Directiva de la Asociación informa del sitio concreto por e-mail, medio que, a su vez, emplean los asociados para hacer propuestas de cualquier índole a la Directiva; por lo que todos los asociados han hecho llegar su dirección electrónica a la Junta Directiva).
  4. En cada reunión y almuerzo de la Asociación, los socios honrarán con énfasis, solemnidad y algún regalo costeado entre todos, a uno de los socios, al que se le concederá, además, un título honorífico: Amigo Mayor, Socio Ilustre, Vetusto Inoxidable, Bebedor Pa Veros Dobles, Mujeriego Mugidor, etc.
  5. Los artículos vigentes de los Estatutos fundacionales  de la Asociación Pa Veros Reunidos, son solamente cuatro; por lo que, a quien quiera seguir leyendo artículos, se le recomienda que eche mano a un periódico.

 

Gójar, domingo 12 de septiembre de 2010

(¡Viva la Divina Pastora!)

Pavo Albo Gojarense

Un sustantivo

Una palabra de nuestro idioma que, en un momento dado, bastante reciente, perdió el brillo y el prestigio que tenía y se convirtió en escoria.

El sustantivo al que me refiero es caridad.

Lo pensé el otro día al pasar por la puerta de la parroquia, la próxima a mi vivienda, y leer en la puerta un cartelito: MERCADILLO SOLIDARIO.

En seguida pensé: ¿ni siquiera en la Iglesia Católica se ha mantenido el aura de la palabra caridad? Y me respondo: lo ha mantenido como nombre propio de una institución benéfica dentro de la Iglesia: Caritas; y, al mismo tiempo, se ha dejado ganar por el encumbramiento de la nueva palabra: solidaridad.

El sustantivo caridad tiene un alto y preclaro abolengo en la cultura grecolatina. En griego la jaris, genitivo járitos (castellanizamos y prescindimos del alfabeto) es la gracia, el encanto. Y las Járites, las tres Járites, eran tres diosas hijas de Zeus, asociadas a la belleza, tanto de la naturaleza como del espíritu. Recordemos, por ejemplo, El triunfo de la Primavera, de Botticelli, donde aparecen con sus manos entrelazadas, realizando una especie de danza lánguida y sensual.

El cristianismo, en sus comienzos, utilizaría el prestigio de este nombre griego. Se lo adjudicó a uno de sus elementos principales, la eucaristía, la “buena gracia”. Y la Virgen María, en la oración primordial que se le reza, sería llamada kejaritomene, llena de gracia.

La palabra latina caritas es la hermana de la griega jaris. Y el adjetivo, carus (querido, caro) ha permanecido bien arraigado en nuestra lengua, aunque con un significado reducido a ‘cosa de elevado precio’.

Por supuesto, también la doctrina y el culto cristianos echaron mano de la noble palabra latina caritas para predicar. Ubi caritas et amor, Deus ibi est, se cantaba en los templos. La palabra caridad representaba el mandato fundacional del cristianismo: “Amaos los unos a los otros”. San Pablo lo predica, con especial impacto, en una de sus cartas: Si no tengo caridad, si caritatem non habeam, todo lo demás es farfolla y ruido, viene a decir.

Así que podríamos decir que la palabra caridad se ha mantenido como la clave del mensaje cristiano, el amor fraternal, hasta que, en la segunda mitad del siglo XX, los dogmas marxistas se fueron adueñando de la cultura de la calle: La Lucha de Clases impondrá la Justicia. Es Justicia lo que el mundo necesita, y no las migajas de la caridad cristiana.

Así que la palabra caridad fue quedando relegada a los ámbitos catacúmbicos de un cristianismo en recesión, mientras iba ganando prestigio el sustantivo solidaridad. Porque al fin resultó que la palabra justicia sonaba demasiado fuerte. Ya sabemos lo que significa ajusticiar a alguien. La Justicia está bien para imponerla a los poderosos, que deben ser sustituidos por otros poderosos, por una nueva aristocracia. Pero si a quienes miramos es a los pobres, a los más necesitados, nos contentaremos con practicar la caridad, con repartirles algunas migajas solidarias.

Soy feliz

He llegado a la jubilación con un grado de salud aceptable.

Algunas veces, en la última década, imaginaba, como una pesadilla, lo contrario: que continuaba laborando en el instituto cuando ya se había adueñado de mi persona la decrepitud.

Nada de eso. Tengo salud. Y ahora me compadezco de los que siguen teniendo que ir cada mañana al instituto. Porque sé que es muy duro tanto para alumnos como para profesores. La culpa: de los que organizan el cotarro, que son unos completos ineptos.

Tengo salud, una pensión razonable y una familia envidiable: tres hijas maravillosas y una esposa que ni me merezco, ni me he merecido, ni me mereceré. No quisiera sobrevivirle ni cinco minutos, aunque no temo por ello: es de una débil salud de hierro. Me sobrevivirá ampliamente, como su madre está sobreviviendo a su padre.

Y tres hijas maravillosas. Sí, señor. Las dos mayores han acabado estudios universitarios y se buscan la vida, a pesar de lo difícil que se lo hemos puesto a toda su generación. Y la más nueva, estudiante de Bachillerato, es la niña de mis ojos, las campanillas de mi corazón.

Vivimos en una ciudad de perpetua primavera. Camino diez minutos desde la casa, y ya estoy en la playa, donde me descalzo y paseo por la caricia de las olas en la arena. Y si es octubre, mejor: apenas gente: una joven madre con su niñito de tres años, una mayor como yo, zapatillas en mano, alguna bella pareja que quizá apura la penúltima llamada vacacional, antes de que las obligaciones estudiantiles los separen.

Soy feliz. Pero a veces estoy cansado, o deprimido, o enfadado. Otros, en esas circunstancias, soltarían una palabrota, o una soez y rotunda blasfemia. Yo, en cambio, como soy de Letras, escribo un epitafio y lo cuelgo en este blog: porque es literatura decente y no merece ser destruido.

A algunos, o algunas, por el epitafio o por aludir al tema de la muerte, les parece que soy infeliz. Pero pensar que nuestro tiempo en la tierra es limitado no nos hace infelices ni desgraciados. Al contrario: nos urge a aprovecharlo, a buscar el amor que, empezando por el propio, nos hace echar raíces en la vida.