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Otra vez elogiamos a Muñoz Molina

A raíz de que le concedieran, hace tan poco tiempo, el Príncipe de Asturias de las Letras, algún otro escritor hacía bromas acerca de la metonimia aparecida en un titular periodístico: “Un premio a la moral de Muñoz Molina”, o algo muy parecido a eso. Un escritor está en su derecho a sentir envidia –los sentimientos son plantas espontáneas de cuyo nacimiento nadie tiene que sentirse culpable- a sentir envidia por el éxito de un colega. Gestionar ese sentimiento es lo que ya corresponde a la consciencia del envidioso; y, desde luego, hacer unas cuantas bromas basadas en un titular periodístico no parece una de las peores formas de gestionarlo.

Este país, a través de los miembros del jurado de dicho premio, ha tomado una sabia decisión al conceder el prestigioso galardón al jiennense: naturalmente, no solo por su valiente y equilibrada actitud ética, sino por la gran calidad de sus obras literarias.

Este país, perdón por la anáfora, está muy necesitado de aprender de la actitud ética de Muñoz Molina, así como de experimentar las vivencias estéticas –y enriquecerse con ellas- que suscita la lectura de sus obras.

Seguimos siendo gentes rudas, poco civilizadas, poco dadas a sutilezas artísticas, y poco dadas a sutilizas morales. Despotricamos contra los políticos corruptos, que tanto abundan, sin pensar que el resto de la sociedad es el caldo de cultivo que los propicia. La cresta del iceberg no está hecha de materia distinta a la del resto del ente. Lo que ocurre es que la mayoría, siempre pasa, somos gentes anónimas, a las que nadie mira sino los pocos que forman un entorno muy próximo, de los que es fácil zafarse cuando queremos cometer la acción que atenta contra nuestro propio sentido moral, al que acallamos con un “todos lo hacen, no voy a ser yo el tonto que no se aprovecha”. No atendemos a la voz de nuestra conciencia porque somos rudos, y somos rudos porque no atendemos a la voz de nuestra conciencia. Un círculo vicioso.

Está bien que de vez en cuando surja alguna figura notoria de la que podamos aprender una actitud distinta: no queramos ser buenos porque serlo es fácil o bonito, sino porque serlo es nuestra obligación. Y punto.

Adiós a las aulas

Cuando me examiné de la Prueba de Madurez (curso 69-70) había una parte oral en la asignatura de Francés.

-¿A qué trabajo te gustaría dedicarte cuando termines tus estudios? –me preguntó en francés un miembro del tribunal.

-Quiero ser profesor –le contesté.

-¿Por qué?

-Porque durante mis años de estudiante, estas son las dos cosas principales que yo he visto hacer: aprender y enseñar –le contesté en francés.

La verdad es que mis primeras experiencias docentes habían tenido lugar un par de trienios antes de dicha prueba, y no habían sido ni exitosas ni satisfactorias…

Resulta que en aquellos tiempos todavía era normal que a los niños –yo no era tan niño: comenzaba mis trece- se les exigiera alguna colaboración proporcional a lo que se hacía por ellos. Yo era un seminarista que había cursado 1º de Latín y Humanidades gracias al padrinazgo del cura párroco, don Ángel. Y él, en aquel verano, me encargó que correspondiera un poco a lo recibido dando clases de matemáticas a mis antiguos compañeros de acolitado, un año o dos más críos que yo.

Lugar: la cripta de los Villanova, contigua a la sacristía.

Material: una vieja y pequeña pizarra, sin duda procedente de algún derribo escolar.

Alumnos: los antes aludidos: José María el Pechereta, Miguel el Sabanillas, Jesús Bayo… y unas cuantas niñas entre las que destacaba por su silenciosa sagacidad sonriente mi prima Flori.

Aquella tropa no aprendió mucho. Hacía calor. Los muchachos lo que querían era darse un voltio por la vega, robar fruta y bañarse en el estanque de Mediaoreja. Y las niñas igualmente estaban ansiosas por escapar de aquel antro de muertos. Pepito Gatirre  era el más guasón, y pronto me los alborotaba a todos. Imposible explicar allí la raíz cuadrada o la regla de tres. Yo me cabreaba. Y echaba de menos una raíz de pino o una regla de tres cuartas para liarme a palos con unos cuantos.

Algunas de mis clases de este último curso, en los niveles bajos de la ESO, me han recordado aquellos comienzos: voy a terminar mi carrera docente como la empecé, me decía.

Con los mayores la cosa ha sido muy distinta, naturalmente.

Desde aquí a todos, a los mayores y a los pequeños también –qué culpa tienen los angelicos de que este país esté como está- les mando mi abrazo, mi bendición y mis mejores deseos para siempre.

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Hace unos cuantos años, ni muchos ni pocos, estando un servidor en la conserjería/portería/copistería del suo insti, se produjo ante mis ojos el encuentro y saludo de Maestra de 6º de Primaria Visitante (con su grupo de alumnos, que al curso siguiente pasarían al instituto) y Nuestra Orientadora.

-Hola, ¿qué tal estás…? ¿Cómo van estos niños?

-¡Ah! Ellos se lo pasan bien. Se tiran sus peíllos y se divierten.

Me quedé tupifasto. ¡Qué clase de primera respuesta, de primera frase del encuentro era aquella! Conste que yo conocía, conozco, soy amigo, sé de sobra la incuestionable calidad profesional de esta maestra. ¡Qué tiempos, señor, pensé! Y no olvidé.

Durante el presente curso, que ya, ¡por fin!, acaba, en alguno de mis segundos de la ESO (¡segundos fuera!), la frase que más he oído ha sido “¡Aquí güele a peo!”

Qué ambiente tan idílico, tan adecuado para la lectura entusiasta de un poema, “Avecedario” o “Vergüenza” de Miguel d’Ors, por ejemplo.

Hoy, en esta dicha y dichosa clase de 2º de ESO, un alumno de los más tímidos y respetuosos del grupo, ha padecido el percance de un escape, o escapedo, indisimulable ante mí y ante algunos de sus compañeros. Los cuales han hecho todo lo posible por zaherirlo y ridiculizarlo, mientras él pedía perdón y yo contraatacaba reprochándoles su “mala índole” –ahí los he dejado perplejos: “¿Qué nos está llamando el maestro?”-.

Angelicos, me digo, los escapantes, o los escapeantes, y sus persecutores. Es penoso perpetrar un pedo ante oídos inmisericordes, y más penoso perseguir un pedo escapado para volverlo a encerrar.

En fin, amigos míos, así están los institutos públicos de ustedes. Queremos mantener estabulados –enaulados, sí- a los niños durante muchas horas, con tapones en los bajos para evitar hediondas emisiones, y con los altos bien abiertos para que reciban la ciencia. Pero con no poca frecuencia los tapones cambian de posición: cierran la entrada a la ciencia mientras dejan el paso franco a la evacuación de la pestilencia.